Cambiando tu Destino Vol 1

12

Ese fin de semana, Sakuya acompañó a su padre a hacer las compras del mes. Él no solía querer quedarse solo en casa, y salir a caminar le servía como una buena excusa para hacer algo de ejercicio aparte de las aburridas clases de educación física de la secundaria.

El supermercado no estaba tan concurrido como habían imaginado. Una música suave y ambiental sonaba de fondo, relajando los oídos. Era sumamente fácil olvidarse del paso del tiempo en un lugar repleto de estantes interminables. Además, algunos productos expuestos eran tan extraños que resultaban atractivos por pura curiosidad.

«¿Jabón especial para las caderas? ¿Qué sentido tiene comprar algo así cuando puedes usar un solo jabón para todo el cuerpo?», pensó Sakuya, ladeando la cabeza con escepticismo.

Definitivamente, él prefería inclinarse por la sección de alimentos. Esos estantes sí que le traían verdadera alegría.

Mientras el divagaba distraídamente, su padre, Itou, iba metiendo una variedad de hortalizas y verduras dentro del carrito de compras. En esos momentos, el hombre portaba una expresión seria y meditativa, meticuloso con los precios. Al notar la mirada de su hijo, desvió los ojos hacia él con suavidad.

—¿No quieres llevar algo para ti, Sakuya?

—¡Chocolate! —respondió de inmediato, con los ojos iluminados.

—Ya tenemos en la despensa.

—Ugh. Entonces no quiero nada —Sakuya infló las mejillas, cruzándose de brazos.

—...

Itou lo observó detenidamente durante unos segundos, provocando la extrañeza de él.

En realidad, el hombre guardaba un secreto: días atrás, mientras limpiaba la habitación, había visto por casualidad los manuscritos de su hijo donde redactaba los principios de su novela de misterio. Los primeros capítulos le habían parecido un tanto burdos y simples, pero los siguientes habían tomado una profundidad y una resolución que lo dejaron impresionado. A su hijo realmente le apasionaba escribir. Incluso siendo incómodo redactar hojas enteras a mano, Sakuya jamás se había quejado ni le había exigido una computadora para facilitar su trabajo.

—Estaba pensando... que te vendría bien tener una laptop —soltó, retomando la marcha.

—¿Para quién? ¿Para ti, papá?

—No, para ti.

—¿¡Ah!? —Sakuya parpadeó, deteniéndose en seco. ¿Una laptop para él?—. ¿P-Por qué de repente? Yo no he hecho nada especial para merecer un regalo tan grande... Además... ¿estás completamente seguro? Podría ser peligroso.

—¿Peligroso? —Itou alzó una ceja, divertido por el drástico cambio de enfoque.

—Sí. En las redes sociales y en internet están al acecho un montón de violadores, estafadores y secuestradores buscando a adolescentes susceptibles para engañarlos. Podría terminar cayendo en la trampa de alguno de ellos...

Itou contuvo una sonrisa. ¿Qué clase de chico de quince años planteaba esos peligros de forma tan abierta y madura? Sakuya mostraba más preocupación por su propia seguridad que la mayoría de los adultos. Le conmovía y, a la vez, le asombraba que fuera tan consciente del peligro del mundo exterior debido a su pasado.

—Además, dicen que existe la posibilidad real de que piratas informáticos te espíen a través de la cámara web... —añadió en un susurro paranoico.

—¿Y cómo es que sabes tanto sobre el tema si nunca has tenido un teléfono inteligente ni una computadora propia?

—Investigué en la laptop de Ryouhei —confesó, desviando la mirada con un leve tinte rosa en las mejillas.

—Ya veo. Así que te informaste gracias a él —Itou asintió, comprendiendo el origen de tanta madurez—. De todos modos, quiero que tengas una. También te ayudará con los proyectos de la escuela ahora que estás en la secundaria.

—Hmm... Está bien —cedió Sakuya, aunque entornó los ojos con severidad—. Pero con una condición: debes supervisar mi historial y el equipo cada cierto tiempo. No sea que termine comunicándome por error con alguien peligroso en la red.

—Hecho.

«Qué hijo más paranoico tengo», pensó el hombre, con el pecho lleno de calidez. —Por ahora, ¿podrías ir al pasillo central y buscarme una botella de aceite de oliva? Después de pagar esto iremos directo a la tienda de tecnología.

Sakuya asintió con entusiasmo, marchando a paso rápido en busca del aceite favorito de su padre. No le fue difícil encontrarlo; venir a este supermercado se había convertido, con los años, en una especie de ritual íntimo de cercanía entre ambos.

Minutos después, cuando el peliazul regresó cargando la botella entre sus manos, se detuvo abruptamente al notar que su padre ya no estaba solo.

Se encontraba en compañía de Karen. Su madre sostenía una pequeña canasta con compras mínimas. El rostro de su padre reflejaba una tensión absoluta; su ceño estaba fruncido y sus hombros lucían rígidos, mostrando un estrés destructivo que jamás exhibía cuando estaba a solas con él.

—Veo que sigues desperdiciando el dinero en tonterías innecesarias... —alegó ella, barriendo con una mirada petulante los dulces y botanas que descansaban dentro del carrito.

—Son para Sakuya —replicó él, manteniendo la voz baja pero firme—. Es un chico activo y le gusta picar algo de comer mientras escribe.

—No me parece en absoluto saludable. Como su padre, deberías prohibirle el consumo de azúcar de forma inmediata.

—¿No crees que sería demasiado injusto prohibírselo de la nada? Sakuya es un hijo bastante obediente, ayuda con los quehaceres de la casa y siempre saca excelentes notas en el colegio.

—¿Acaso ese no es su estricto deber como estudiante? —escupió Karen, cruzándose de brazos—. Es obvio que debe sacar buenas calificaciones. ¿O es que pretendes premiarlo por cumplir con lo mínimo?

—...

—Eres demasiado condescendiente, Itou. Con esa actitud blanda vas a terminar arruinando el futuro de ese niño.

—¿De verdad te atreves a hablarme sobre arruinar al niño que dejaste tirado en mis manos sin pensarlo dos veces? —el tono se volvió peligrosamente frío—. Recuerdo perfectamente aquel día, Karen. Cuando tú y el resto de tu familia me dieron la espalda por completo.




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