—El festival escolar está prácticamente a la vuelta de la esquina... ¿Alguien tiene alguna idea para el evento de nuestro pabellón?
El delegado de la clase pasó al frente y escribió en letras grandes y descuidadas “FESTIVAL ESCOLAR” justo en medio del pizarrón.
Las sugerencias no tardaron en llover una tras otra, cargadas del entusiasmo y la energía propios de la adolescencia. Los estudiantes comenzaron a amotinarse en pequeños grupos, discutiendo acaloradamente en busca de una propuesta que lograra complacer a la mayoría.
—¿Qué tal si ponemos un café temático?
—¿Un café? ¿No es eso demasiado cliché?
—¡Pues aporta una mejor idea si tanto vas a criticar!
—¿Y una casa embrujada?
—Pienso que sería mejor buscar algo más original. Lo más seguro es que el resto de los salones terminen tomando esas ideas de cajón...
—Cierto, es verdad...
Sakuya no prestó la más mínima atención a ninguna de las ruidosas voces que inundaban el aula. Su mente se encontraba atrapada en otro lugar, caminando por senderos sombríos y páramos mentales que no hacían más que confundir y lastimar su corazón.
A decir verdad, una parte de él seguía completamente estancada en la discusión del supermercado y en aquellas hirientes palabras que había pronunciado su madre.
«Al final... realmente soy inferior a él».
Aunque Sakuya jamás esperó construir una relación estrecha o afectuosa con esa mujer, escucharla verbalizar aquella comparación dolió muchísimo más de lo que estuvo dispuesto a admitir. El golpe había sido certero y tenaz; había destruido varias de sus capas de seguridad, dejando a su paso un túnel sangrante de pura agonía interna.
Ryouhei poseía más talento que él. Ryouhei también era mucho más sociable, además de inteligente y físicamente atractivo. Todo eso era un hecho innegable.
—...
Pero, ¿por qué los adultos siempre tenían que culparlo por no ser como su amigo? Él no era Ryouhei ni pretendía ser nadie más; él era simplemente Sakuya. Y sin embargo, su propia madre lo había tasado y rechazado usando a su mejor amigo como vara de medir.
Sakuya se repitió que no debería afectarle. No tenía sentido que le importara la opinión de una extraña. Pero... una parte muy íntima y oscura de su ser sabía que tenía razón. Era inferior. De no haber sido por la terca e insistente intervención de Ryouhei en su infancia, él todavía seguiría siendo ese chico sombrío, invisible y aislado de la primaria.
Movido por la amargura, alzó la vista y miró a su alrededor. Aquellos compañeros de clase con los que llegó a cruzar la mirada la desviaron de inmediato hacia otro lado, evitándolo con sutil incomodidad.
Sakuya esbozó una sonrisa autocrítica y silenciosa.
«Al final, nada ha cambiado. Todo sigue exactamente igual».
En ese salón no tenía amigos. No tenía a nadie. Y lo que más le enfurecía de la situación era saber que la simple presencia de Ryouhei habría resuelto ese aislamiento en un abrir y cerrar de ojos, amasando a la gente a su alrededor como si fueran ganado buscando un líder.
«Ugh... ¿Qué demonios estás haciendo, Sakuya?», se recriminó a sí mismo, apretando los dientes. Sentir celos de las capacidades de Ryouhei no iba a hacer que esa mujer lo aprobara. Era una actitud patética. Además, él no necesitaba la aprobación de Karen; estaba más que satisfecho con el amor sincero de su padre. Debía arrancar de raíz esos pensamientos insalubres antes de que terminaran por consumir lo poco que le quedaba de estabilidad.
—¡Ya lo tengo, ya lo tengo! ¡Un café de temática vikinga!
—¡Que no, idiota! ¡Ya te dijimos que los cafés están vetados!
Al llegar la hora del almuerzo, Sakuya sacó su lonchera y contempló el interior con desgano. En el aula, todos se reunieron rápidamente con sus respectivos círculos, compartiendo la comida en medio de risas y voces animadas, mientras otros salían en parejas directamente hacia la cafetería.
Él se quedó solo, estático en medio del bullicio ajeno.
Afortunadamente, Ryouhei le había prometido a primera hora que almorzarían juntos en la azotea para ponerlo al tanto de los últimos avances entre su madre y el oficial Ren.
Sakuya se puso de pie y desfiló fuera del salón, provocando un visible suspiro de alivio en un par de estudiantes cercanos. Para nadie en el aula era un secreto que el peliazul cargaba un humor de perros el día de hoy; la expresión severa y la mirada ensombrecida que portaba eran evidencia más que suficiente.
Caminó por los pasillos hasta llegar al salón de clases de Ryouhei. Ese pabellón era un poco más ordenado que el suyo, con varios alumnos abandonando el lugar en grupos para buscar comida. Sakuya se asomó tímidamente por el marco de la entrada, encogiéndose de hombros para no destacar más de lo estrictamente necesario.
Comenzó a buscar esa distintiva cabellera rubia entre la pequeña multitud de chicos y chicas que quedaban en el aula.
«Ah, ahí está».
Al fondo, cerca de la ventana, Ryouhei se encontraba guardando sus pertenencias dentro del maletín escolar. La luz del mediodía se filtraba con fuerza, reflejándose directamente sobre su rostro y su cabello, dotándolo de un aura casi idílica; el aspecto exacto de un protagonista de novela ligera a punto de embarcarse en una aventura extraordinaria. Sakuya arrugó la nariz, anotando mentalmente el detalle para burlarse despiadadamente de él en cuanto estuvieran a solas.
Ryouhei parecía estar libre, así que consideró que era el momento perfecto para llamarlo.
—Ryou—
—¡Shibari-kun!
—¡...!
Las palabras se le atoraron en la garganta. Alguien se le había adelantado.
Una chica de coletas altas y cabello casi tan claro como el de Ryouhei se había plantado frente a su pupitre. Era una estudiante especialmente linda; de esas cuya sola presencia bastaba para deducir que era sumamente popular tanto con los chicos como con las chicas de su año.
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Editado: 16.07.2026