Cambiando tu Destino Vol 1

14

El viento fresco de la azotea alivió de inmediato la rigidez de sus facciones. El humor de Sakuya había mejorado notablemente, en especial tras saborear la pequeña victoria que acababa de anotarse en el salón de abajo.

—Pareces estar de muy buen humor.

Comentó Ryouhei, observándolo con curiosidad mientras abría su propio contenedor de almuerzo.

—¿De verdad? —Sakuya intentó componer una expresión neutra, pinchando un trozo de carne.

—No has parado de sonreír desde que subimos. ¿Te pasó algo interesante últimamente?

—No precisamente...

Sakuya desvió la mirada. Jamás le admitiría que su repentina alegría se debía al retorcido placer de haber aplastado las ilusiones de Tsurugi. Decidió que lo mejor era cambiar drásticamente de tema antes de que su amigo indagara de más.

—¿Qué trajiste hoy de comer?

—Pollo frito.

Sakuya contuvo un bufido. ¿Otra vez? Realmente ese tipo tenía una fijación seria.

—De verdad te fascina, ¿eh?

—Supongo que sí —Ryouhei sonrió con ligereza, juntando sus manos antes de empezar—. Mi madre lo prepara exactamente como me gusta.

—Bien por ti.

Sakuya dio un mordisco a su sándwich. Recordó los primeros años de su crianza, cuando su padre ni siquiera sabía encender la estufa sin provocar un desastre. Le había tomado incontables intentos e ingredientes completamente carbonizados aprender a dominar un par de recetas decentes.

—Por cierto, ponme al tanto —pidió Sakuya, masticando—. ¿Qué pasó con lo de Ren-san?

—Ah, cierto... Según me contó mamá anoche, están planeando casarse lo antes posible.

—¿Entonces habrá boda? —Los ojos de Sakuya se iluminaron un poco. Eso era algo que genuinamente le causaba curiosidad; se imaginaba una ceremonia de película, llena de pompa y elegancia, donde el novio cargaría a la novia en el altar bajo una lluvia de confeti brillante.

—No de inmediato. Dicen que primero formalizarán todo por el registro civil y, más adelante, cuando la situación financiera esté más estable, harán la gran fiesta de bodas.

Sakuya frunció los labios en un mohín. ¿O sea que no habría fiesta por ahora? Qué decepción.

—Entonces... para cuando empiece el próximo trimestre, él ya estará viviendo contigo.

—Sí.

A Sakuya le recorrió un súbito escalofrío por la espalda al imaginarse a sí mismo en una situación familiar similar. Qué incómodo tener a un extraño metido en tu casa de la noche a la mañana.

—¿No crees que va a ser muy raro? —preguntó, atacando de nuevo su comida. Diablos, su padre le había vuelto a poner rodajas de tomate. Con total naturalidad, Sakuya abrió el pan, retiró los tomates y los depositó directo en el envase de Ryouhei.

El rubio ni siquiera se inmutó ante el gesto; se limitó a pinchar uno de los tomates desechados para comérselo junto a su pollo.

—Al principio supongo que sí será un poco extraño —respondió Ryouhei con calma—, pero no es nada a lo que no pueda adaptarme con el tiempo. Tampoco es que me desagrade su compañía.

—Dada la edad de Ren-san... ¿él ya ha estado casado antes?

—Solo una vez. Pero su esposa falleció hace un par de años debido a una enfermedad. No tuvieron hijos.

—Ya veo... ¿Y Briss se mudará con ustedes también?

—Claro, es su compañera de trabajo, no puede dejarla atrás —Ryouhei rió levemente.

Aquello sí que era una excelente noticia. Sakuya le tenía un aprecio enorme a la enorme pastor alemán desde el día en que lo había salvado; para él, Briss era la mejor perra del mundo.

—¿Seguro que no tendrás problemas con eso? —inquirió Sakuya, mirándolo de reojo—. Ya sabes, por tu fobia.

—Para nada. Ya no me afecta tanto como cuando éramos niños, y Briss es sumamente dócil.

—Hmm...

A decir verdad, Ryouhei todavía tendía a ponerse un poco rígido cuando se topaba de frente con caninos grandes o de aspecto intimidante en la calle, pero ya no perdía la compostura ni se echaba a llorar como en el pasado.

—¿Puedo ir a visitarla después de clases?

—Por supuesto. Sabes que puedes venir a mi casa cuando quieras —Ryouhei lo miró fijamente, con esa calidez tan suya—. De hecho, podríamos invitar al resto del grupo. Seguro se pondrán felices de verla.

Y hablando de dinámicas familiares... Una chispa de escondida curiosidad se encendió en la mente de Ryouhei.

—Y bien... ¿has tenido alguna noticia de tu madre?

—No quiero hablar de ella.

—...

Ryouhei se quedó helado. La respuesta de Sakuya había sido inmediata, cortante y envuelta en una severidad defensiva que no admitía réplicas. El rubio parpadeó, completamente descolocado por la brusquedad.

Sabía que Sakuya tenía sus asperezas con Karen, pero esto se sentía diferente; no era simple indiferencia, era un rechazo cargado de dolor. El rostro del peliazul se había crispado como si acabara de morder un limón agrio. Algo no iba bien.

—Sakuya... ¿pasó algo malo entre ustedes?

—Dije que nada importante.

Sakuya clavó la vista en su sándwich, dándole otro mordisco brusco. Sin embargo, Ryouhei se negó a dejar morir el tema. Había algo en la postura encorvada de su amigo que encendió todas sus alarmas.

—Sakuya...

—He dicho que no quiero hablar de eso. ¿Es que no me entendiste?

—Sakuya, esto es serio. Si ella te hizo algo, tienes que—

—¡Maldición, Ryouhei, dije que no! ¡No voy a hablar de eso!

La frustración que Sakuya llevaba atorada en el pecho estalló en forma de un grito seco que resonó con fuerza en la azotea. El rubio se quedó sin habla; abrió los ojos de par en par y retrocedió un par de centímetros, impactado por la violencia del arrebato.

—...

El silencio que siguió fue sepulcral.

Los hombros de Sakuya temblaron y sus mejillas se tiñeron de un rojo tan intenso como los tomates que le había regalado a su amigo. ¿Acababa de perder los estribos de esa manera tan patética? Bajó la cabeza de golpe, deseando que el suelo de concreto se tragara su vergüenza. Podía sentir el calor subiéndole a las orejas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.