Un alegre coro de ladridos recibió a los jóvenes visitantes.
—¡Briiiiiis!
La horda de adolescentes cayó en masa sobre el lomo de la pastor alemán. Desde la sala, Ren observó con una sonrisa divertida a su compañera canina ser abrazada y estrujada como si fuera un peluche gigante. Su ahora esposa, sentada a su lado, también miraba con ternura al grupo de chicos, quienes no paraban de parlotear sobre lo hermosa y enorme que estaba la perra.
Tampoco se olvidaron del pequeño chihuahua de la casa, Senior. El pequeño animal daba vueltas frenéticas alrededor de sus piernas, agitando la cola de un lado a otro y exigiendo su cuota de atención con ladridos agudos.
—¡Vamos a jugar a los policías en el patio! ¡Briss será mi compañera de patrulla! —exclamó Hiro, entusiasmado.
—¿No estamos ya un poco grandes para eso? —lo cortó Haru con escepticismo.
—¡Por supuesto que no! No existe una edad límite para divertirse.
Ryouhei se rió con suavidad mientras entraba a la habitación cargando una bandeja de madera.
—Traje limonada para todos.
La pandilla terminó amontonándose en el cuarto de Ryouhei. Hiro seguía tirado en el suelo boca arriba, usando el pelaje de Briss como almohada, mientras Yashiro examinaba los estantes de libros del rubio. Sakuya, por su parte, se había sentado en el borde de la cama y dio un generoso sorbo a su vaso. Estaba notablemente dulce, exactamente como a él le gustaba. Sabía que Ryouhei le había echado azúcar extra a su porción sin que nadie se lo pidiera.
Ryouhei tomó asiento justo a su lado. De inmediato, Senior ocupó el pequeño espacio vacío entre sus muslos, reclamándolo como su territorio legítimo.
—Y bien, Ryouhei... ¿cómo es eso de vivir con un policía en casa? —preguntó Sakuya en voz baja.
—Bueno, es bastante diferente a lo que estaba acostumbrado —admitió Ryouhei, acariciando las orejas del chihuahua—. A Ren-san le gusta el café ridículamente fuerte. Una vez dejamos que preparara el desayuno por pura curiosidad y fue un error terrible; estaba tan amargo que tuvimos que escupirlo en el fregadero. Creo que conservé ese sabor amargo en la lengua durante tres días.
Sakuya soltó una risita baja, imaginándose la escena.
—Además, tiene un sueño extremadamente ligero —continuó, mirándolo de reojo con una sonrisa cómplice—. Cualquier ruido en la casa lo altera. Hace unas noches me levanté al baño a mitad de la madrugada y terminó inmovilizándome contra el suelo en el pasillo porque me confundió con un intruso.
La habitación estalló en risas colectivas al escuchar aquello.
—¡Un policía de verdad! —Hiro se incorporó de un salto—. Oye, ¿y tiene su arma reglamentaria aquí? ¿Una de esas que disparan balas de verdad?
—Sí, la guarda bajo llave en un estante alto sobre el refrigerador —explicó Ryouhei con tranquilidad—. Pero las municiones están en otro sitio. Tanto mi madre como yo tenemos estrictamente prohibido acercarnos a esa zona.
—¿Por qué no le pides que te enseñe a disparar? Sería genial.
—Eso es ilegal, idiota —intervino Haru, dándole un codazo limpio en las costillas a Hiro—. Un oficial de la ley no puede prestarle su arma a un civil, y mucho menos a un estudiante. Es peligroso.
—Ren-san confía en que soy lo suficientemente sensato como para no tocarla —añadió Ryouhei—. De todos modos, Briss jamás me dejaría hacerlo. Si me ve curioseando cerca de la cocina, se me queda viendo fijamente y tira de mi uniforme con los dientes.
Sakuya arqueó una ceja, clavando sus ojos azules en Ryouhei.
—Briss es sumamente inteligente. A diferencia de Senior, que solo alberga malicia pura en ese cuerpo minúsculo —comentó Sakuya, ganándose un gruñido de advertencia por parte del chihuahua.
—¿Malicia? ¿Cómo la vez que Senior se metió a mi mochila y se masticó mi tarea de matemáticas? —recordó Hiro, indignado—. El profesor nunca me creyó y me dejó fuera del salón toda la clase.
—Yo sigo pensando que fue una genialidad de su parte —bromeó Haru, ganándose otra oleada de risas.
La conversación continuó fluyendo entre chistes locales y quejas sobre los próximos exámenes, pero Yashiro, que había estado inusualmente callada, decidió que era el momento perfecto para soltar una bomba. Con una sonrisa misteriosa, la castaña se acercó a la cama y, de un solo movimiento, tomó a Ryouhei y a Sakuya por los hombros, obligándolos a juntarse.
—A ver, chicos... ¿Quieren enterarse de algo increíble que me pasó ayer? —susurró Yashiro con los ojos brillando de emoción.
—¿Qué cosa?
—Alguien... se me declaró en el pasillo de la escuela.
—¿¡Qué!? —Hiro y Haru se arrastraron por el suelo para quedar más cerca.
—¿Quién fue el valiente? —preguntó Haru con una sonrisa burlona.
—Un chico de primer año llamado Toru —Yashiro se sonrojó levemente, disfrutando de la atención—. Fue muy tierno, pero como no quería romperle el corazón con un "no" seco, decidí ser sutil. Le dije que si realmente quería salir conmigo, primero debía convertirse en un hombre de negocios exitoso con los bolsillos desbordando dinero.
—...
Un silencio sepulcral inundó la habitación. Sakuya miró a la chica con una mezcla de horror y respeto.
—Qué criatura tan diabólica —murmuró Sakuya, dando un sorbo lento a su limonada—. Hubiera sido mucho más piadoso que solo le dijeras que no. ¿Qué pasa si el pobre diablo realmente se vuelve millonario en diez años?
—Entonces... supongo que podría llegar a considerarlo —Yashiro se encogió de hombros con una sonrisa maliciosa, para luego barrer la habitación con la mirada—. En fin, ya que abrí el baúl de los secretos... ¿alguno de ustedes ha recibido una confesión últimamente? Y no mientan.
Nadie respondió. Hiro y Haru desviaron la vista de inmediato, silbando con fingida inocencia.
Sin embargo, Sakuya, sintiendo una repentina oleada de picardía y un persistente residuo de los celos que lo habían atormentado en la azotea, dejó correr una sonrisa ladina en sus labios. Miró fijamente a Ryouhei de reojo y dejó caer la bomba con total deliberación:
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Editado: 16.07.2026