Ryouhei metió la última de sus libretas dentro del maletín escolar. Como era su costumbre, no olvidó ordenar cada artículo de manera meticulosa, encajándolos como las piezas de un rompecabezas cuidadosamente armado.
Se había retrasado casi quince minutos por culpa de la última reunión de delegados. La planificación del próximo trabajo en grupo del festival terminó tomando mucho más tiempo de lo que había previsto en un principio. Al ser el líder de la clase, no le quedaba más remedio que ser responsable y repartir las tareas correspondientes a cada participante, por más aburrido y tedioso que le resultara el proceso.
Una vez que tuvo todo en perfecto orden, se preparó para marcharse. Sabía de sobra que Sakuya debía estar esperándolo afuera del pabellón. Conociendo su temperamento arisco, seguro estaría de un humor terrible por quedarse varado tanto tiempo.
«¿Debería comprarle un jugo o algún dulce en la máquina expendedora antes de ir a buscarlo?», pensó Ryouhei, sopesando opciones para calmar el berrinche de su amigo.
Justo cuando levantó el maletín, listo para salir, alguien se plantó rígidamente en medio de su camino. Era Takashi, un compañero de clase del montón.
—¿Takashi-san? —Ryouhei alzó la vista, activando de inmediato su impecable sonrisa de político en campaña electoral—. ¿Sucede algo?
Takashi sonrió de vuelta, rascándose la nuca de manera un tanto incómoda.
—Ah, Shibari... Necesito hablar contigo un momento sobre un asunto de la clase. ¿Me darías un segundo?
«¿Justo ahora?», se quejó Ryouhei internamente. Sin embargo, no podía permitirse que el menor rastro de su malestar se filtrara a través de su máscara social. Se limitó a ensanchar su sonrisa con más ahínco.
—Uh, claro... Siempre y cuando no nos tome demasiado tiempo.
Ryouhei esperó a que el chico hablara, pero Takashi comenzó a mirar nerviosamente hacia los lados del salón, visiblemente confundido o dubitativo.
—Ah... Es que es algo un poco delicado —murmuró Takashi, señalando la salida—. Me gustaría que lo discutiéramos afuera del salón, si no te molesta.
—¿De acuerdo?
Ryouhei arqueó una ceja. ¿Qué clase de asunto escolar requería tanto misterio? Sin más opción, lo siguió fuera del aula.
Minutos más tarde, Sakuya se asomó tímidamente al interior del salón de clases de Ryouhei. El lugar se encontraba prácticamente vacío ante la total ausencia de estudiantes.
Su ceño, ligeramente tenso, evidenció de inmediato su profundo disgusto.
«¿Qué rayos está haciendo ese idiota que se tarda tanto?», se quejó para sus adentros, cruzándose de brazos. «He estado esperando afuera veinte minutos y ni siquiera se ha dignado a aparecer...».
Además, Ryouhei tampoco estaba en su pupitre. ¿A dónde demonios se había metido?
—Ah... Oye, tú...
—¿Uh?
Sakuya parpadeó al escuchar una voz a sus espaldas. ¿Alguien lo estaba llamando a él? Giró la cabeza y se topó con una chica de coletas bajas que se había aproximado por su flanco derecho. Tenía una expresión tan simple y desprovista de gracia que casi resultaba cómica. La joven se movió de manera un tanto mecánica hacia él.
Pero, más allá de su aspecto, el pecho de Sakuya se apretó de golpe. ¿Por qué una chica desconocida venía a dirigirle la palabra? Diablos, el pánico social comenzó a jugarle una mala pasada y sus músculos se tensaron. Incluso si la estudiante lucía inofensiva, seguía siendo una extraña.
«Finge normalidad, Sakuya... Finge normalidad y lárgate de aquí», se ordenó mentalmente.
—Eh... Tú eres el amigo de Shibari-kun, ¿verdad?
—...
—L-Lo eres... ¿cierto?
—...
—¿Chico...?
Maldición. Sakuya se había paralizado por completo debido a la ansiedad. Ni siquiera era capaz de articular una sola palabra o mover la boca para responder. Necesitaba decir algo, lo que fuera, pero emitir sonido en ese momento le parecía un reto de proporciones titánicas.
—...
Al final, se limitó a asentar mecánicamente con la cabeza, imitando el tosco movimiento de un robot al que le faltaba una buena dosis de aceite. La chica arrugó un poco la nariz, extrañada por su actitud huraña, pero decidió dejarlo pasar para cumplir con su cometido.
—Bueno... Shibari-san me pidió que te diera un mensaje. Dijo que lo buscaras directamente en la parte trasera de la escuela.
O al menos, eso era lo que a ella le habían ordenado transmitir.
Sakuya inclinó la cabeza hacia un lado, emulando el gesto confuso de un gato. ¿En la parte trasera del edificio? ¿Para qué querría Ryouhei citarlo en un callejón desierto a estas horas?
—Yo tampoco lo sé. No me dio ninguna razón —añadió la chica antes de que él pudiera gesticular una pregunta.
—...
Sakuya volvió a asentir, intentando mostrarse agradecido sin tener que forzar la voz. La estudiante se despidió con un ligero ademán y se marchó por el pasillo, dando por concluido su encargo.
Sin más opciones, el peliazul terminó encaminándose hacia la parte trasera del edificio escolar. La silueta masiva de la estructura proyectaba una sombra densa y fría sobre el suelo. El lugar lucía completamente desierto, envuelto en un silencio sepulcral, y la figura de Ryouhei no se divisaba por ningún lado. ¿Acaso se había escondido detrás de los contenedores para jugarle una mala pasada?
Una extraña y desagradable mala espina comenzó a instalarse en la boca de su estómago.
—Oye, Ryouhei... ¿dónde estás? Ya llegué...
Lo llamó en voz alta, esperando que su amigo saliera de algún rincón. Personalmente, Sakuya detestaba los lugares oscuros, estrechos y deshabitados. Despertaban memorias que prefería mantener bajo llave.
Tsurugi Kae se mordió el labio inferior con rabia.
«Usa su nombre de pila con tanta maldita soltura... ¡Qué envidia!», bufó internamente, sintiendo una punzada de celos venenosos. Ella todavía tenía que conformarse con llamarlo "Shibari-kun" debido a la distancia formal.
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Editado: 16.07.2026