Cambiando tu Destino Vol 1

17

Lo echó a perder... y de la peor manera posible.

«Estoy maldita. Estoy completamente perdida... ¡Ahora me va a odiar para siempre!», se lamentaba Tsurugi una y otra vez en su mente, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta.

Resultaba ridículo e irónico que todo este desastre hubiera sido provocado por un simple juguete de goma de cinco yenes. Un trozo de plástico. Y sin embargo, había tenido un impacto tan devastador en la psique de Sakuya. Ella nunca esperó que él se lo tomara en serio; bueno, en parte sí, pero jamás a un nivel tan extremo y perturbador.

«Tengo... tengo que hablar con él...», se repetía, con las manos temblando sobre su pupitre.

Los acontecimientos del día anterior seguían dolorosamente frescos en su memoria. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas, pero el peso de su conciencia ya se sentía como una losa de concreto. Su hermano mayor, Rito, se encontraba en un estado de culpa similar en casa, incapaz de sacarse de la cabeza los gritos de pánico de aquel chico peliazul.

Kae desvió la mirada hacia el frente del salón y clavó los ojos en la espalda de Ryouhei. Él, a diferencia de ella, parecía escuchar con absoluta atención la explicación del profesor. ¿Era la clase de matemáticas o la de física? A ella no le importaba en lo más mínimo. Toda su atención estaba fija en el rubio.

Sí, tenía que hablar con él a como diera lugar y aclarar este malentendido. ¡Al menos debía tener la oportunidad de explicarle que nunca hubo una mala intención detrás de sus actos!

Durante el resto de la tutoría, Kae no hizo más que maquinar estrategias sobre cómo abordarlo de una manera que resultara natural y amistosa. Estaba tan absorta en sus pensamientos que ignoró por completo las miradas incómodas de sus compañeros de banca; nadie en el aula lograba comprender por qué la usualmente tranquila Tsurugi cargaba una expresión tan sombría el día de hoy.

En cuanto el profesor dio por terminada la sesión y les otorgó el habitual tiempo libre antes del siguiente bloque, Kae tomó aire, dispuesta a levantarse de su asiento para ir tras él.

Sin embargo, fue Ryouhei quien se le adelantó.

—Ah...

El aire se congeló en sus pulmones. Ryouhei se había plantado justo frente a su pupitre, mirándola desde arriba con una postura imponente. Sus ojos dorados, habitualmente cálidos, la taladraron de lleno con una fijeza insoportable.

Aquella mirada no guardaba el menor parecido con la que él distribuía diariamente por los pasillos. Ya no era la expresión amable y reconfortante de un príncipe de preparatoria. Esta era la mirada gélida y desprovista de empatía de un juez dictando sentencia contra un criminal.

—Tsurugi.

—¿S-Sí...? —El tono de Kae salió en un hilo de voz.

Le había quitado el honorífico. Ya no era Tsurugi-san. Escuchar su apellido seco, plano y carente de educación la hizo estremecer.

En un instante, varios estudiantes de los pupitres contiguos aguzaron el oído discretamente hacia ellos; el ambiente en esa esquina del salón se había vuelto tan denso y cargado de hostilidad que resultaba imposible de ignorar. El aura de Ryouhei no era normal.

Kae comenzó a temblar de forma visible, desviando los ojos hacia sus propios cuadernos en un intento desesperado por encontrar un descanso visual. Sostenerle la mirada a Ryouhei de frente ya no era una opción para su sistema nervioso. El mismo rostro que tanto la había cautivado semanas atrás, ahora le inspiraba un pavor absoluto.

A Ryouhei, por supuesto, le importó un demonio el terror que estaba infundiendo en ella. La única estabilidad emocional por la que él pretendía preocuparse era la de Sakuya.

—Ven esta tarde a la cafetería Street Coffee a las tres y media —sentenció en voz baja, pero con una firmeza que no admitía réplicas—. Trae contigo al chico de ayer. Sin excusas.

—...

—¿Entendido?

—... Sí —atinó a responder ella, tragando saliva.

El motivo de la cita era evidente incluso para alguien tan abrumada como ella. Ryouhei estaba orquestando un escenario formal para que ambos se disculparan cara a cara con Sakuya, el único y verdadero afectado por la broma del callejón.

—No falten.

Ryouhei dio media vuelta y se marchó del aula sin dedicarle una sola mirada atrás. Su partida permitió que la marea de chismosos regresara apresuradamente a sus propios asuntos, fingiendo que no habían estado espiando. El Shibari Ryouhei de hoy daba demasiado miedo; nadie en el salón de clases tenía el valor suficiente como para dirigirle la palabra durante el resto de la jornada.

El ambiente estudiantil quedó sumido en un escalofrío generalizado.

(...)

3:00 PM.

Dos jóvenes yacían sentados en una de las mesas laterales de la cafetería, rodeados por el murmullo lejano de otros clientes.

—Eh... Ryouhei...

—No.

—P-Pero... hacerlos venir hasta aquí solo para disculparse, es...

—No.

—¿No crees que estás exagerando demasiado? —insistió Sakuya en un susurro desesperado—. Ni siquiera me pusieron en peligro real, fue una—

—No me importa si el peligro no era real —lo cortó, sin mirarlo—. Tú pensaste que lo era.

—Ah, eso fue porque... bueno, no estaba prestando atención, me tomaron por sorpresa y—

—No voy a cambiar de opinión, Sakuya. Deja de insistir.

—...

Sakuya se hundió en su asiento, cruzándose de brazos con un mohín de frustración. Cuando Ryouhei se ponía obstinado, era más inamovible que una montaña de granito.

La cafetería era un punto de encuentro muy frecuentado por estudiantes de los alrededores, razón por la cual Ryouhei la había elegido estratégicamente: un lugar público donde los culpables no tendrían escapatoria. Ayer, mientras regresaban en tren a casa, el rubio le había asegurado con una calma aterradora que haría que los responsables se arrodillaran si era necesario para pedirle perdón. En su momento, Sakuya estaba tan aturdido que no lo analizó bien. Fue recién a la mañana siguiente, mientras caminaban hacia la estación bajo el frío matutino, cuando cayó en la cuenta de las verdaderas —y humillantes— implicaciones de sus palabras.




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