Habían pasado tres semanas desde el incidente en el Street Coffee. Para los ojos de cualquier estudiante del instituto, la vida había vuelto a la normalidad. Shibari Ryouhei seguía siendo el delegado impecable, el chico de la sonrisa de oro, y Sakuya seguía siendo el chico arisco y callado que caminaba a su lado.
Pero, desde la perspectiva de Tsurugi Kae, la "normalidad" tenía un matiz distinto.
Ella los observaba desde la esquina de la biblioteca, fingiendo leer un libro de texto. Ryouhei estaba sentado al lado de Sakuya, ayudándole a repasar unos apuntes. Era una imagen idílica, digna de un manga romántico: la luz de la tarde filtrándose por la ventana, el chico aplicado guiando al otro con paciencia infinita. Sin embargo, Tsurugi notó el detalle que nadie más veía: la forma en que el brazo de Ryouhei, aunque no tocaba a Sakuya, rodeaba el espacio personal del peliazul como una cerca electrificada.
Cada vez que Sakuya se movía para estirarse o mirar hacia otro lado, los ojos de Ryouhei abandonaban el papel y se fijaban en él. No era una mirada de estudio, ni de afecto simple; era una mirada de vigilancia. Ryouhei no estaba estudiando, estaba asegurándose de que su entorno fuera seguro... o más bien, de que Sakuya no tuviera razones para mirar más allá de él.
Tsurugi vio cómo Sakuya, aparentemente asfixiado por el silencio o el espacio reducido, intentó levantarse para ir a buscar un libro al otro lado de la estantería. Antes de que Sakuya pudiera dar un paso, Ryouhei simplemente extendió la mano y lo volvió a sentar al bajarlo del hombro, alegando que él iría por el libro.
Sakuya suspiró resignado, haciendo pucheros.
Tsurugi sintió un frío recorrerle la espalda. Ella había deseado desesperadamente ser el centro del mundo de Ryouhei, pero al ver esto, comprendió que ella nunca habría soportado ser el objeto de esa atención.
Más tarde, ese mismo día, Tsurugi tuvo que entregar un trabajo en la sala de profesores. Al salir, se cruzó con ellos en el pasillo vacío. Ryouhei la miró. No había odio en sus ojos, lo cual era mucho peor: había una indiferencia absoluta, como si ella fuera un mueble viejo que ya no necesitaba mover. Sakuya si se dignó a mostrar un ligero asentimiento nervioso al verla.
—Sakuya, ve adelantándote al salón —dijo Ryouhei—. Olvidé mi libreta de registros en la oficina. Iré por ella y te alcanzaré.
Sakuya asintió, le dedicó una sonrisa pequeña y se marchó. Tsurugi se quedó allí, atrapada en el pasillo, sin querer moverse. Pero Ryouhei no se fue de inmediato. Esperó a que Sakuya doblara la esquina y desapareciera de su vista.
—¿Sigues observando, Tsurugi? Es una mala costumbre. La curiosidad es un rasgo que suele traer problemas innecesarios.
Tsurugi tragó saliva, sintiendo que su pulso se disparaba. ¡Eso sonaba a algo que iría un matón!
—Solo... solo pasaba por aquí —mintió, aunque su voz sonó inestable.
Ryouhei dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. No estaba enojado, pero su presencia era tan masiva, tan cargada de una voluntad absoluta, que ella sintió que el suelo se movía.
—Sakuya es una persona sensible —dijo Ryouhei, enfatizando cada palabra con una calma que aterraba—. Él ha tenido una vida complicada. Lo que él necesita no es más ruido, ni más intrusos, ni más "bromas". Lo que él necesita es paz. Y yo soy el único encargado de dársela. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Lo entiendo —respondió ella, con la mirada clavada en el suelo, incapaz de sostener esos ojos dorados que ahora le parecían abismos—. No me acercaré.
—Me alegra escuchar eso —Ryouhei recuperó su sonrisa de príncipe en un segundo, una transición tan perfecta que resultaba antinatural—. Eres una chica inteligente, Tsurugi. Sería una lástima que tuvieras que aprender lecciones de la forma difícil dos veces.
Cuando él se marchó, caminando con paso firme y despreocupado hacia la oficina, Tsurugi se quedó apoyada contra la pared del pasillo, intentando recuperar el aliento.
Tsurugi miró hacia el final del pasillo, hacia donde Sakuya se había ido.
(…)
La tarde en la habitación de Ryouhei era un santuario de silencio y luz filtrada por las persianas a medio cerrar. El televisor emitía los pitidos electrónicos de un juego de lucha, un ruido rítmico que apenas interrumpía la calma.
Sakuya, sin embargo, dejó el mando sobre la alfombra. El juego continuó un par de segundos hasta que el personaje de Ryouhei lo derrotó, pero ni siquiera eso llamó su atención.
—Te gané de nuevo —dijo Ryouhei, dejando su mando a un lado—. ¿Quieres intentar otro nivel o prefieres descansar?
Sakuya no respondió. En lugar de eso, se movió con una lentitud deliberada. Se arrastró sobre la alfombra hasta quedar frente a Ryouhei, quien estaba sentado con la espalda apoyada en la cama. Sakuya avanzó hasta que sus rodillas quedaron entre las de Ryouhei, acorralándolo contra el colchón.
Ryouhei parpadeó, confundido. Sus ojos dorados perdieron su foco habitual.
—Sakuya, ¿pasa algo? —preguntó Ryouhei, manteniendo la compostura, aunque sus manos, apoyadas en el suelo, se cerraron levemente sobre la tela de la alfombra.
—Te pasas el día cuidándome —susurró Sakuya—. Miras quién me habla, miras dónde camino, controlas incluso el aire que respiro a tu lado. ¿Tan poco confías en mí, Ryouhei?
La sonrisa de Ryouhei flaqueó. La intensidad que solía mostrar a los demás fue reemplazada por una confusión genuina, casi infantil.
—No es falta de confianza. Es... el mundo no es amable contigo. Yo solo...
—Pues estás pasándote de asfixiante últimamente.
El silencio que siguió fue absoluto. Ryouhei, el chico que podía intimidar a universitarios con una mirada, se quedó paralizado. Ante la confrontación directa y desarmada de Sakuya, toda su faceta dominante se desmoronó. Se sentía, literalmente, desnudo ante la mirada que lo escaneaba.
—Perdón... —susurró Ryouhei. Bajó la cabeza, ocultando sus ojos—. Lo siento mucho, Sakuya. No... no sé cómo hacerlo de otra forma.
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Editado: 16.07.2026