Al día siguiente, Sakuya ni siquiera consideró levantarse. No necesitó dar más explicaciones que un escueto “No quiero ir” para convencer a su padre, quien, tras la noche anterior, tampoco estaba de humor para forzar nada. Se marchó a trabajar muy temprano, enviándole a su hijo miradas furtivas cargadas de una culpa que Sakuya prefirió ignorar.
En cuanto la puerta se cerró, Sakuya usó el teléfono de casa. Sus dedos marcaban el número de la madre de Ryouhei por pura inercia.
—¿Aló? —respondió la mujer con su amabilidad habitual.
—Hola, soy Sakuya.
—¡Sakuya-kun! ¿Qué tal todo? ¿Sucede algo?
—Nada, solo... quería avisarle que Ryouhei no me espere. Hoy no iré a la escuela.
—Oh... qué coincidencia —respondió ella con un tono extraño.
—¿Eh?
—Iba a llamarte justo ahora para decirte lo mismo. Ryouhei amaneció con fiebre alta y mareos. Quería pedirte que no lo esperaras.
Sakuya sintió un vacío en el estómago. La escuela era lo último que le importaba, pero la idea de Ryouhei, el chico que siempre estaba en control, postrado en cama, le dio un impulso urgente.
—¿Puedo... —la voz le tembló apenas un instante— ...puedo ir a visitarlo?
No recibió negativa de ella.
(…)
Subió las escaleras hasta la habitación de Ryouhei con el corazón en un puño. Senior, el perro, lo seguía a paso lento, golpeando su cabeza contra las piernas de Sakuya como si compartiera su ansiedad. Conocía el camino de memoria, así que llamó una vez y entró sin esperar respuesta.
La habitación estaba impecable, un orden que rozaba lo maníaco. Sakuya sintió una punzada de celos; él necesitaba un esfuerzo sobrehumano solo para mantener su escritorio despejado, mientras que Ryouhei parecía vivir en un estado de pulcritud constante.
Se acercó a la cama. Ryouhei estaba ahí, sepultado bajo un mar de sábanas. Tenía el rostro sonrosado por la fiebre y la piel brillante por el sudor. Se veía vulnerable, una imagen tan lejana al "león" que el resto del mundo conocía.
—Ryouhei... —lo llamó, tocando su hombro con suavidad.
Le vinieron recuerdos de la infancia: aquel idiota sobrecargándose de tareas y terminando dormido sobre el pupitre.
—¿Uh? ¿Sakuya? —Ryouhei entreabrió los ojos, con la mirada perdida y borrosa.
—Hola. Vine a ayudarte a escribir tu testamento —bromeó Sakuya con una sonrisa cansada—. ¿Me puedo quedar tu colección de libros de misterio?
—Con gusto te donaría mis órganos —musitó Ryouhei, arrastrando las palabras—, pero mis libros... eso nunca te los daré.
Sakuya rio levemente y se sentó en la silla junto a la cama. Ryouhei parpadeó, intentando enfocarlo.
—¿Sucede algo? —preguntó el rubio, analítico incluso en la enfermedad.
—¿Qué? —Sakuya se tensó. ¿Tan obvio era?
—No estás en la escuela.
—Ah... es que ayer cené con mi madre y volvimos muy tarde. Decidí descansar.
La mitad era una mentira, pero la había practicado frente al espejo hasta que le salió natural. No podía dejar que Ryouhei viera su lado débil... aunque ya era tarde para eso.
—A todas estas, ¿qué onda contigo? —preguntó Sakuya, cambiando de tema—. Ayer estabas totalmente bien.
—Bueno... no tan bien —admitió Ryouhei—. Me he sentido mal desde hace una semana.
—¡¿Qué?! ¡Si jugaste fútbol, baloncesto y béisbol!
—Me pidieron ayuda... no podía rechazarlos. Algunos eran de tu clase, Sakuya.
Sakuya se rascó el cabello, irritado.
—Eres un idiota. ¿No sabes lo importante que es cuidarte?
—Tampoco es tan grave... —respondió Ryouhei, aunque su propio cuerpo lo traicionaba; al intentar incorporarse, el mareo lo obligó a desplomarse de nuevo sobre la almohada.
—Tu madre me dijo que te vas de lado al ponerte de pie. No me engañas.
—...Supongo que sí —suspiró Ryouhei, cerrando los ojos—. Aunque Sakuya rara vez se enferma...
—Jaja, ¿qué puedo decir? Soy alguien muy sano. Aunque nunca tuve los cuidados de una mamá como tú...
La sonrisa de Sakuya se congeló en el aire, volviéndose una mueca de dolor. Sus palabras quedaron suspendidas en el silencio.
—¿Sakuya? —la voz de Ryouhei sonó, por fin, alerta.
Lágrimas espesas, calientes y traicioneras, se desbordaron de sus ojos azules. No hubo un sollozo previo, solo la humedad repentina empapando su rostro.
—¿Q-Qué pasa? —Ryouhei intentó moverse, ignorando su propia debilidad.
Sakuya bajó la cabeza, tratando en vano de mantener la sonrisa que ya se había deshecho.
—En realidad... ¿quieres que te cuente algo? Lo descubrí recién ayer.
Había ido a buscarlo para cuidar de él, pero en el fondo, sabía la verdad: estaba ahí porque ya no podía cargar el peso de la mentira de su padre a solas.
(...)
—Y eso pasó —concluyó Sakuya. Su voz, rota por el peso de la confesión, se perdió en el silencio de la habitación.
Ryouhei se sentía fatal. No era solo la fiebre, que le hacía ver figuras borrosas y le martilleaba las sienes con cada latido; era la propia historia de Sakuya la que le provocaba una náusea profunda. El chico, en un estado de abandono emocional absoluto, abrazaba a Briss, su mascota, como si fuera el único ancla que le quedaba en un mar de decepciones.
—Lamento oír eso... —logró articular Ryouhei, luchando contra el sueño que intentaba vencerlo.
—Créeme, yo también —susurró Sakuya—. Habría sido mejor nunca oírlo. Pensé que, al menos, mi padre estaba de mi lado, pero él... nunca me quiso. Ni él, ni esa mujer. Fui un estorbo que planearon desechar como basura.
Ryouhei tragó saliva, sintiendo el ardor de la fiebre mezclarse con la impotencia.
—Sakuya... puede que antes fuera así, pero ahora...
—Lo sé —lo interrumpió—. Sé que mi padre no es el mismo. Puedo diferenciarlos. Pero me duele saber que alguna vez le pasó por la cabeza abandonarme. Me hace pensar... ¿en qué otros momentos he sido una molestia? ¿Cuántas veces mi sola existencia ha arruinado sus planes?
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Editado: 16.07.2026