Itou sudaba. Sakuya, sentado frente a él, también. Sobre la mesa, el café se enfriaba, ignorado; aunque el aroma era agradable, la atmósfera en el comedor estaba tan cargada que ni siquiera el pensamiento de beber resultó natural.
Apenas Itou había puesto un pie en casa tras el trabajo, Sakuya lo llamó. No hubo preámbulos. Pero ahora que se tenían frente a frente, el silencio se volvió un muro infranqueable. Sakuya se sentía al borde de la locura: ¿por dónde empezar? ¿Qué palabras no destruirían lo poco que quedaba de su vínculo? Una parte de él quería huir, tirar la toalla y dejar que el olvido hiciera su trabajo, pero la otra... la otra parte, la que recordaba los años de sacrificios de su padre, quería salvar lo que aún palpitaba entre ellos.
Su padre, por su parte, tenía la mirada perdida en las vetas de la mesa, igualmente paralizado.
Si Ryouhei estuviera aquí, sabría qué decir, pensó Sakuya. Y entonces, la idea le golpeó como un rayo. Se puso en pie, asustando a su padre, y corrió hacia el teléfono de la casa para marcar el número que ya conocía de memoria.
—¿Cómo te fue la conversación con tu papá? —contestó Ryouhei al instante, como si hubiera estado esperando la llamada.
—¡Aún no ha empezado! —exclamó Sakuya en un susurro urgente—. ¡Necesito tu ayuda! ¿Qué debo decir? ¿Qué debo evitar?
—Sakuya... —la voz de Ryouhei sonó con una calma absoluta—. Deja de ahogarte en un vaso de agua. La respuesta es más sencilla de lo que crees. Solo tienes que decir esto...
Ryouhei le dictó unas cuantas palabras. Sakuya se quedó un instante en silencio, atónito. ¿Eso era todo? ¿Algo tan simple funcionaría realmente?
—Créeme —sentenció Ryouhei—, lo hará.
Sakuya colgó. Respiró hondo, con la instrucción grabada a fuego en su mente, y regresó a la mesa. Se sentó y buscó la mirada de su padre. Los ojos de Itou no eran azules como los suyos, eran más apagados, cansados por los años y las mentiras, pero eran, después de todo, los mismos ojos que lo habían cuidado siempre.
—Papá...
—¿S-sí, Sakuya?
Sakuya se armó de valor. Las palabras eran cortas, simples, desnudas, pero el peso que cargaban era inmenso.
—Te amo.
El silencio fue absoluto.
—Te amo, papá —repitió, con una firmeza que él mismo no sabía que poseía.
Itou bajó la mirada, visiblemente descolocado. Las palabras lo habían golpeado en un punto que no esperaba.
—¿Aún... después de saberlo todo? —preguntó Itou, con la voz quebrándose—. ¿Aún después de saber que te mentí durante tanto tiempo?
—Sí.
—...
Los ojos de Itou se tornaron orbes aguados, brillantes de una gratitud que dolía ver.
—Yo también te amo, Sakuya... —balbuceó Itou—. Yo... a decir verdad, no quería que pensaras que eras un error... Temía que, si te decía la verdad, me terminarías odiando.
—No lo hago —respondió Sakuya, sintiendo cómo el nudo en su garganta finalmente se soltaba.
Itou sonrió, una sonrisa genuina a pesar de las lágrimas que empezaban a surcar sus mejillas.
—¿De verdad?
—Estoy enojado, sí. Pero entiendo que todo viene del pasado. El tú de ahora me ama, y eso... eso es suficiente —concluyó Sakuya para ambos.
Irónicamente, Sakuya no tenía lágrimas. No por falta de sentimiento, sino porque, por primera vez en días, se sentía liberado. Tras aquellas palabras, el resto de la conversación fluyó con una facilidad asombrosa. Los secretos, antes insoportables, se convirtieron en palabras compartidas.
“Solo dile “Te amo”, eso bastará”.
Ryouhei tuvo razón. Como siempre, Ryouhei sabía exactamente qué decir para que las piezas encajaran.
(…)
—Lo siento mucho, Sakuya, pero hoy no podré volver a casa. Algo de lo que estaba a cargo se ha complicado y necesito resolverlo, espero entiendas...
Sakuya colgó el teléfono, aceptando con resignación que pasaría la noche solo, puesto que su padre seguiría trabajando un poco más. El silencio se instaló rápidamente en la casa, volviéndose casi pesado. ¿Qué debería hacer? ¿Invitar a Ryouhei?
No, pensó al recordar sus ojeras. Se ha sentido mal estos días. Era extraño; Ryouhei se deshacía haciendo favores a todo el mundo sin pedir nada a cambio, agotando sus últimas reservas de energía. ¿Qué buscaba? ¿Popularidad? Fuera lo que fuera, estaba funcionando demasiado bien.
El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo sus cavilaciones. ¿Su padre? Contestó con dudas.
—¡Sakuya!
El grito casi le revienta el tímpano. Sakuya se alejó del auricular, boquiabierto. ¿Esa era la voz de Ryouhei? ¿Ryouhei, el chico que siempre mantenía el control, estaba gritando?
—¿Ryou...hei? —atinó a decir.
—Ah, lo siento —se disculpó Ryouhei, aunque su respiración seguía agitada—. No me di cuenta de lo fuerte que hablé.
—¿Qué pasa? ¿No te sentías agotado hace un rato?
—Ciertamente, tengo muchas ganas de dormir, ¡pero antes tengo que darte una noticia increíble!
—¿Noticia? ¿Cuál?
—¡Mi madre está... no, mi padre logró... yo seré hermano! ¡Voy a tener un hermano!
Sakuya se quedó helado. ¿Ryouhei... tendría un hermano?
—¿Qué? ¿¡QUÉ!? ¿De Ren-san? —exclamó Sakuya, contagiándose de repente de su energía.
—¡Sí!
—¡Es una noticia maravillosa! ¿Cuándo te lo dijeron?
—Hace muy poco. Ya hice los cálculos; nacerá el próximo año, ¡casi en la fecha que nos dio Iván-san!
—Oh, Dios... ¿Es niño o niña?
—Aún no se sabe. Es muy reciente, pero ya estoy contando los días para conocerlo.
Ryouhei no era de los que perdían la compostura. Sakuya nunca lo había escuchado tan eufórico, tan despojado de sus máscaras habituales. Era una felicidad cruda.
—Bueno, ya pasaron varios meses desde que Ren-san y Ameri-san se casaron, realmente no perdieron el tiempo —bromeó Sakuya.
—Siempre quise un hermano, así que estoy feliz. Sea niño o niña, haré todo lo posible por amarlo y protegerlo. Me habría gustado que la diferencia de edad no fuera tan marcada, pero qué se puede hacer; al final, antes no conocíamos a papá.
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Editado: 16.07.2026