"Cambiar por Ti"

Prólogo

Una mujer y un hombre fueron obligados a casarse. Él, hijo de un hombre poderoso, su padre dejaba el mando que perduró por más de cincuenta años. Pero para poder cederle al todo su poder, debía casarse... y así fue.
Ella, hija de un hombre poderoso perteneciente de otra parte, era muy querida en su grupo pero la noticia de que su padre la puso en compromiso con un hombre que no conocía, hizo que cambiara de la noche a la mañana, ya nadie la veía igual y eso les asustaba. Debía cumplir le gustara o no, en ese tiempo las mujeres de los grupos no tenían ni voz ni voto, así que lo hizo, se casó con aquel muchacho que no conocía y que la obligaban a unirse a él. 

Ella ya no sonreía, ya no portaba esa alegría que siempre mostraba, todo eso se había apagado gracias a lo que le hicieron.
A él ya nada le importaba. Se enamoró de una de las empleadas mucho menor que él, la quería pero si su padre se enteraba no sólo eliminaba a la chica que ama sino a él también. Tuvo que aceptarlo por salvar a los dos.

Cuando el día llegó, la chica que se casaría lloraba de impotencia al tal extremo en el que estaba, la empleada también lloraba en el jardín de la mansión su gran amor se casaba... y no era con ella. Él estaba parado en el altar, sin ningún sentimiento más que desprecio por su padre y por la nueva chica que pronto sería su mujer. 
Todo ocurrió como se esperaba.

Tiempo después la mujer quedó embarazada, ya casi cumplía los nueve meses. Estaba en su habitación descansando cuando de la nada siente más oscuro el lugar, se sentía como adormecida, un escalofrío recorrió su espalda y fue tarde para abrir los ojos ya que la habían vendado. Sin esperar, enterraron un gran cuchillo en el lado de su corazón. No podía gritar, no tenía voz, a los pocos segundos ella ya estaba muerta. Quitaron el cuchillo y ahora iba para su estómago donde se encontraba el bebé aún no nacido, estuvo por hacerlo pero le fue tarde ya que se escuchaban pisadas apresuradas por el pasillo. Sigilosamente el asesino salió de la habitación saltando por el balcón y ocultándose en los grandes arbustos entre el medio de toda la oscuridad que reinaba la noche.

Al entrar, el hombre con sus guardaespaldas, no pudo creer lo que había delante de él. Su mujer yacía muerta. Urgente pidieron ayuda para que la atendiera.
Creyó que había perdido al todo pero la esperanza creció cuando le avisaron que el bebé aún seguía vivo. Un milagro que nadie creía. 

Todo pasó muy rápido. El ajetreo del médico y algunas enfermeras, su desesperación por lo sucedido... hasta que el llanto de un bebé lo sacó de su trance. Le entregaron a su bebé. 

—Es niña, felicidades —dijo el médico.

Niña...

Su pequeña hija lloraba desconsoladamente haciendo que despertara un lado de él que nunca creyó tener: el sentimiento de ser padre, cuidar lo suyo.
Sonriendo con lágrimas dio un pequeño y delicado beso en su cabecita. No le importó si se manchaba el rostro o la cara ropa que vestía, no le importaba nada más que a ella.

Luego de estar preparada se la volvieron a entregar.

—¿Seguro que podrás cuidarla? —frunciendo el ceño mirando a la bebé disconforme.

—Es lo más preciado que tengo, padre —lo miró a los ojos—, y nadie me la va arrebatar...


Había pasado casi dos años desde aquel trágico día. 
Por segunda vez se casó. Su nueva mujer traía una sorpresa: un hijo de ella con su ex pareja. Los cuatro parecían una verdadera familia ante los ojos de los demás. 
Ninguno tenía problema con su vida... o mejor dicho, sí.

El día de la entrega de poder había llegado. Por fin él consiguió lo que quería. Marchaba bien las cosas. De un momento a otro, vino el ataque.

Todo era un caos. Él le ordenó a su mujer que se llevaran a sus dos hijos lejos del lugar mientras luchaba también y defendía lo suyo. 

Disparos, cuchillos, gritos, sangre, desesperación, era lo único que el lugar estaba lleno. Su objetivo era eliminar a los enemigos y dejar a todos tranquilos.

No pudo cumplir su objetivo, el grupo enemigo se fue pero prometieron volver, para ese entonces, ya estaría listo y más para el mando en manos de sus dos hijos, él se encargaría de prepararlos para que el día de mañana sean mucho más de lo que él era.

Desesperado buscó a su familia. Los guardaespaldas le dieron la mala noticia de que a su padre lo habían matado, un gran dolor se instaló en su pecho.

—¿Mi mujer y mis hijos? —preguntó con voz rasposa.

—Los atacaron —las alarmas en su cabeza empezaron a sonar, nada bueno venía—. Su mujer e hijo están bien.

Entonces no había salido todo mal aunque las alarmas seguían sonando.

Otro guardia apareció, venía agitado y se lo veía que también tuvo que salir a pelear ya que presentaba en su ropa algunas manchas de sangre.

—Señor, su hija no aparece, se la llevaron.

Se la llevaron...

¡Safira! 




 



María Carrizo

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En el texto hay: decisiones, amor, dolor

Editado: 06.12.2019

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