Camila - Las voces del mar

Las Voces Del Mar

CAMILA - LAS VOCES DEL MAR

AGAMAGARDEN

2014

EL SENDERO

Otra vez nadie se acordó de decirme buenas noches.

Una voz me despertó en la madrugada. La seguí por el pasillo, acompañada por la luz del bombillo que se debilitaba con cada paso. Las goteras que chocaban contra el suelo me erizaban y, al acercarme al cuarto de mis papás, dudé antes de abrir la puerta.

Me asomé apenas.

El aire del ventilador movía el cabello de mami, cubriéndole el rostro. Reclinó la cabeza sobre su mano y la apretó con tanta fuerza que sentí el tirón en mis propios dedos.
Papi la abrazaba y le decía que todo estaría bien, que podrían seguir adelante.

Las palabras se me atoraron en la garganta, mami sostenía temblorosa nuestra foto familiar de hace un año... aquella donde todavía estaba viva mi hermanita Nora.

La luz de la mañana entraba por la ventana y brillaba en el piso del comedor. Afuera, el megáfono de los vendedores rompía el silencio de la casa. Jugaba con mi cabello mientras mami me ponía el plato enfrente, y el olor de los huevos revueltos con mantequilla me hizo agua la boca.

Sonrió un poco al mirarme, pero se le humedecieron los ojos al bajar la cabeza.

—¿Cómo amaneciste? —susurró. Apenas probó la comida antes de añadir—: Espero te guste.

Asentí, tomé el tenedor y di un bocado. Se me deshizo en la lengua, pero fruncí la nariz: no tenía sabor. Probé el pan. Tampoco sabía a nada.

Las manchas oscuras bajo sus ojos crecían con el pasar de los días desde la partida de Nora. Enderezó la espalda y movió los hombros; la ropa holgada se pegaba a su cuerpo, más lleno, más pesado. Comía muchísimo últimamente... incluso el espagueti, que siempre la hace arrugar los labios. La imagen de sus lágrimas pasó por mi mente y tragué sin quejarme.

—Está rica, mami —dije, aunque el gusto no me llegara.

Papi terminó y se colocó detrás de ella. Tomó sus hombros y su pulgar se movió sobre su piel, despacio.

Mami cerró los ojos, inquieta.

—Debemos hacerlo, cariño —susurró él en su oído. Ella lo miró y se mordió el labio—. Debemos ir al mar.

Los rayos del sol me alcanzaron al escuchar sus palabras. Pensé en Nora, en cómo su sonrisa me acompañaba al colegio. Siempre más rápida que yo. El recuerdo me apretó el pecho y suspiré sin querer.

Un zumbido me golpeó la cabeza. Me llamaba desde lejos y un sabor dulce se me quedó en la boca. Lo seguí hasta la habitación de mis papás. Al entrar, el aire caliente me apretó el estómago. La foto familiar estaba en la cama, y un murmullo salió de ella; aves sobre la playa. Me acerqué despacio y la agarré.

Todo seguía igual... menos Nora. Su cara no estaba; una mancha oscura la tapaba.

Pasaron los días.
El olor a sal ya era parte del aire, y las olas chocaban tan cerca que parecían respirar conmigo. En el horizonte, el cielo y el mar se tocaban, cálidos, cual uno solo.

Apenas me hundía en la arena, aunque se colara entre mis sandalias.
El camino a la casa de mis abuelitos se cubría de árboles, palmeras y raíces húmedas.
Papi cargaba el equipaje y mantenía la mirada elevada al cielo.
La distancia entre nosotros era obvia; desde lo de Nora, evita tocarme.

Hace un año nos bañábamos juntas en la playa. Al recordar, los pulmones me ardieron. Un picor me recorrió, justo donde Nora me abrazó por última vez.

Nunca debí soltarla.

Mi mundo se vuelve borroso cada vez que intento traerla a mi mente; por más que lo haga, su imagen no vuelve.

El viento me rozó las orejas y, por un instante, miré el agua. Creí escuchar mi nombre con una voz que me era familiar.

—Camí...

Me quedé quieta. Busqué a mi alrededor, pero nadie me llamaba.

Un colibrí cruzó a nuestro lado; un ligero sabor a miel me rozó los labios. Pasó tan cerca que sus alas me rozaron. Sus plumas verdes y azules brillaban bajo el sol, y al parpadear juré, por un momento, que me observaba.

Frente a mí, un pequeño puente de madera oscura crujía con cada paso de mis papás. Quise que crujiera conmigo, pero era tan ligera que no provocaba ruido. Apreté los puños; el rubor trepó por mi cabeza. Las hojas que caían sobre el arroyo quedaban suspendidas antes de tocar el agua donde nadaban peces en círculos, uno detrás del otro. Me acerqué a papi con la mirada baja y sujeté el borde de su camisa de cuadros.
Una vez le dije que me gustaba cómo se le veía, porque el morado era mi color favorito. Me llena de felicidad que lo recuerde.

Volvimos a la arena y caminamos por la orilla.

Mami sostenía algo envuelto en una toalla blanca, acunándolo con delicadeza.

En cierto momento apoyó la frente sobre la tela, y el viento volvió a pronunciar mi nombre.

Mis dientes temblaron y apreté la camisa de papi.

—Llegamos —dijo él, desviando la mirada.

UNA CASA EN LA PLAYA

Levanté la vista y la casa se veía envuelta en una niebla espesa. Las primeras gotas empezaron a caer, un rocío suave que mojaba las materas colgantes del techo grisáceo. Antes solía jugar con Nora en la terraza, asomarnos entre el marrón de la cerca para mirar el mar. Pero un día, abuelito dijo que caerse del balcón era una muerte segura. Desde entonces, me sudaban las manos cada vez que me acercaba.

El brillo en los ojos de papi se apagaba; en ellos se veía el color claro de las paredes de madera. Miró la arena y se detuvo frente a las escaleras rodeadas de matas y musgo. Mami lo observaba desde atrás en silencio, pero su mirada se desviaba hacia el camino de regreso, deseando devolverse y correr. Desde que Nora no está, no han tenido contacto con ellos, y cada vez que hablaban de venir discutían toda la noche.

Los mechones de cabello de papi bailaban, lo hacían ver chistoso, y me tapé la boca para no sonreír. Tomó aire y subió un primer escalón, luego el otro. Sus nudillos se ponían blancos mientras se aferraba al barandal. Yo lo seguí, pero el aire se volvía más frío y mis ojos más nublados. Tenía náuseas, pero no podía vomitar.




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