CAMILLE MONTFORT
Capítulo I — La última velada de la seda
El calor de Belém no era como la niebla de Londres; era un abrazo húmedo, una exhalación de la selva que se filtraba incluso a través de las paredes de piedra de la mansión neoclásica. Dentro, los candelabros de cristal de Bohemia proyectaban destellos dorados sobre una élite que se creía inmune a la decadencia.
Camille Montfort se movía entre ellos como si fuera la dueña de la luz. Su vestido de seda azul, traído directamente de París, se adhería a su piel con la misma lascivia con la que las miradas de los hombres seguían sus pasos. Había dejado atrás el frío de las óperas europeas para convertirse en la joya de este rincón del Amazonas, protegida por la fortuna de un magnate que, esa noche, la miraba desde la otra punta del salón con una mezcla de orgullo y posesión.
Pero Camille no buscaba la protección. Buscaba la atención. Además esa noche, ese protagonismo era un animal peligroso.
El hombre se le acercó sin que ella lo escuchara venir. Era una de esas figuras que en Belém nadie nombraba en voz alta, cuya influencia se extendía por los puertos y los salones de poder con la misma invisibilidad del veneno. Tenía la piel pálida, un contraste ofensivo contra el sudor y el bochorno de la sala.
—La música es demasiado ruidosa para lo que tengo que deciros, mademoiselle —murmuró. Su voz era seca, carente de la calidez que el clima exigía.
Camille sonrió, un gesto ensayado frente a cientos de espejos.
—Entonces, caballero, busquemos un sitio donde el silencio sea más elocuente.
Lo siguió, no por sumisión, sino por la curiosidad de quien se siente intocable. Se apartaron del bullicio, cruzando un arco hacia una zona de la mansión donde las velas no habían sido encendidas. El aire se volvió de repente gélido. La opulencia de la fiesta quedó atrás, convertida en un murmullo lejano que perdía significado.
Él se detuvo en las sombras de un pasillo flanqueado por retratos familiares cuyos ojos parecían observar con una severidad anticuada. No hubo palabras de cortejo ni preámbulos.
—Tenéis una belleza que no pertenece a este siglo —dijo él, y su mano, increíblemente fría, se cerró sobre la nuca de Camille.
Ella intentó retroceder, pero el tacto de aquella piel —tan gélida que quemaba— la inmovilizó. El magnetismo que siempre había usado como arma se volvió contra sí misma. El hombre se inclinó antes de que pudiera gritar, y de que el aire de la mansión pudiera transportar su pánico.
No fue un beso. Fue un impacto.
Los dientes, afilados con una geometría que no debería existir en un ser humano, se hundieron en la piel de su cuello. Camille sintió un dolor agudo, punzante, seguido de una oleada de frío que le recorrió la columna vertebral como si le inyectaran hielo fundido. Sus manos buscaron aferrarse a la solapa del atacante, pero sus dedos solo encontraron una tela que se parecía a seda antigua y seca.
La sangre, la suya propia, emanó con un calor febril, el último vestigio de su humanidad abandonando su cuerpo en un pulso rítmico. Por un instante, el ruido de la fiesta volvió a entrar en la habitación, distorsionado, lento, como si ella estuviera escuchando a través de una capa de agua profunda.
El atacante se separó. Su rostro, antes una máscara de elegancia, lucía ahora una mancha escarlata que no se extendía, sino que parecía ser absorbida por su propia piel.
—No habéis muerto —susurró él, con una voz que era el sonido de las hojas secas siendo aplastadas—. Habéis sido reclamada.
Camille cayó al suelo, el mundo girando en una espiral de sombras. Sus dedos buscaron la herida en el cuello, sintiendo la carne desgarrada, abierta, un cráter de dolor donde antes residía su pulso. El pañuelo de seda que portaba en la muñeca quedó empapado, un trozo de tela blanca convertida en un recordatorio de lo que acababa de perder.
El alarido de agonía cortó la música del salón principal como un cuchillo, dejando a los invitados en un silencio de piedra. Por un segundo, el magnate dio un paso al frente, con el rostro endurecido por la contrariedad; más que preocupación, en sus ojos brillaba el miedo a un escándalo que desluciera su velada perfecta. Hizo una seña imperativa a los músicos para que retomaran la melodía, ordenando con un gesto seco que nadie se moviera, mientras la curiosidad mórbida de la élite chocaba contra el peso de su autoridad. Solo cuando la calma volvió a instalarse, más denso que antes, permitió que un par de sirvientes, los únicos lo suficientemente invisibles para ser prescindibles, corrieran hacia la zona de las sombras.
Cuando los sirvientes llegaron, ella permanecía acurrucada en la oscuridad, temblando con una fiebre que no venía del clima tropical, sino del abismo. El hombre ya no se encontraba en el lugar. Solo quedaba el rastro de un perfume amargo y el horror, uno que, días después, los médicos llamarían "fiebre pulmonar" para ocultar la realidad: que Camille Montfort ya no estaba enferma.
Estaba naciendo.
Mientras la penumbra de la habitación se volvía extrañamente nítida, Camille observaba el polvo suspendido en el aire no en forma de partículas inertes, sino como una danza de vida que ella ya no compartía. El aroma de los lirios del salón principal, que antes le resultaba embriagador, ahora le llegaba igual que una descarga eléctrica, punzante y excesiva, al tiempo que sus oídos captaban, con una precisión dolorosa, el latido del corazón de un sirviente que se acercaba al umbral, ruidoso y desesperante como un tambor lejano. El hambre no era en su estómago, más bien en su sangre, una sed insaciable que reclamaba un tributo que la cantante aún no comprendía, pero que su cuerpo ya empezaba a exigir.