Capítulo 3 - La mecánica del depredador
El puerto de Belém olía a caucho crudo, a pescado en descomposición y a una codicia tan espesa
que parecía física. Para la antigua Camille, aquellos aromas habrían sido una ofensa imperdonable,
motivo suficiente para cubrirse el rostro con un pañuelo. Para la nueva versión de sí misma, no
eran más que variables: un mapa de datos que le permitía navegar la oscuridad con la precisión de
un geómetra.
Caminó por las calles adoquinadas sin emitir sonido alguno. Sus pies descalzos, manchados con
la tierra roja del cementerio de La Soledad, ignoraban los cortes de las piedras y el fango ardiente
de la madrugada. Se movía con una fluidez inquietante; la gravedad parecía apenas rozar sus huesos.
La sed no era una garganta seca. Era un zumbido eléctrico en la base del cráneo, una alerta crítica
que demandaba combustible. Se detuvo en la esquina de un burdel de lujo, donde la luz de los faroles
de gas titilaba contra la niebla ribereña. A través de la madera de caoba, discernía el interior mediante
la vibración: el roce de la seda, el jadeo asmático de un anciano, el palpitar acelerado de un corazón
joven y aterrado. Descartó esa presa; el miedo, lo sabía, alteraba la química de la sangre, infundiéndola
con una descarga de cortisol que arruinaría la pureza del nutriente.
Entonces, lo detectó. Un comerciante de caucho emergió de una taberna cercana, luciendo un traje de
lino blanco ahora salpicado de vino y empapado de sudor. Para Camille, no era un ser humano, sino
una firma térmica. El alcohol había dilatado sus vasos sanguíneos, impulsando la sangre caliente hacia
la superficie de una piel gruesa y enrojecida: un contenedor rebosante, torpe y vulnerable.
Emergió de las sombras y se interpuso en su camino. El hombre se detuvo, parpadeando con
dificultad. Su cerebro, enturbiado por el ron, tardó en registrar la amenaza, reemplazando la lógica por
una arrogancia predatoria.
—Vaya —masculló el sujeto, barriéndola con la mirada mientras extendía una mano enguantada—.
¿Qué hace una cría como tú merodeando sola en el fango? Si buscas algo de valor, ya me encargaré yo
de encontrártelo.
Camille no retrocedió. Dejó que la tocase. Al instante, los dedos del hombre se crisparon al contacto
con su piel gélida.
—Dios santo, estás helada... —comenzó él, pero el desconcierto fue lo último que articuló.
No le concedió tiempo para terminar. Se abalanzó con la celeridad de un obturador al cerrarse. Su
extremidad izquierda apresó la muñeca del comerciante, fracturando el cúbito con un crujido limpio y
seco, semejante al de una rama muerta al partirse. Él abrió la boca para gritar, pero la otra mano de
Camille ya estaba en su garganta, presionando la tráquea con una precisión quirúrgica que sofocó el
alarido antes de que el aire pudiera escapar.
Lo arrastró hacia el callejón, levantando sus cien kilos de peso sin alterar un solo latido de su propio
ritmo cardíaco. Lo estrelló contra el ladrillo húmedo, dejándolo suspendido a centímetros del suelo.
El hombre la miró a los ojos. En ese instante de sobriedad absoluta que solo el terror terminal
impone, la altivez se evaporó, reemplazada por una lucidez aterradora. Observó las pupilas de la joven:
fijas, dilatadas y carentes de humanidad. Comprendió, mientras su visión se nublaba por la falta de
oxígeno, que no había sido emboscado por una mujer, sino por algo que simplemente estaba
cumpliendo una función.
Mientras la vida abandonaba los ojos del comerciante, un impulso ajeno a su nueva naturaleza recorrió
el brazo de Camille: una mano humana habría temblado, un corazón humano se habría acelerado por
el horror. Ella, en cambio, solo sintió un vacío gélido. Por un instante, el olor a ron del hombre le trajo
el recuerdo fugaz de un baile en París, un aroma a lavanda y valses que se desvaneció al contacto con la
realidad del callejón. Sacudió la cabeza, expulsando el fantasma de aquella mujer perfumada. No había
espacio para la nostalgia en un sistema diseñado para la supervivencia. Con la misma frialdad con la
que había cazado, dejó caer el cuerpo —ahora una simple cáscara inerte— y se perdió en la niebla,
dejando atrás un rastro de olvido.
Y, en el silencio del callejón, Camille abrió la boca para comer.