Capítulo 4 - El precio de la anomalía
La lluvia en Belém no limpiaba nada; simplemente desplazaba la mugre, reorganizando el lodo y la
inmundicia sobre los adoquines centenarios. Camille observaba el cielo plomizo desde un balcón
desconchado en la Ciudad Vieja. El agua golpeaba el zinc de los tejados con una percusión irregular,
un ruido blanco que le permitía procesar su entorno sin las distracciones de la conversación humana.
Llevaba tres noches activas. Tres noches de consumo eficiente. Sin embargo, la eficiencia tenía un
coste inesperado: la visibilidad. El puerto, con sus almacenes de caucho y sus callejones sin salida, se
había convertido en un tablero de ajedrez donde las piezas se movían con una lentitud exasperante.
Camille no solo había despertado el interés de los patrulleros, quienes ahora recorrían la zona con
linternas de carburo y rostros tensos, sino que había atraído algo más sutil, algo que vibraba en la
frecuencia de las sombras.
A sus oídos llegó el sonido de unos pasos. No eran los pasos pesados y descuidados de un estibador, ni
el arrastre errático de un borracho. Era una marcha cadenciosa, casi aristocrática, que ignoraba los
charcos con un desdén calculado. Ella no se giró. Su sistema sensorial, ese mapa de datos que ahora
constituía su brújula moral, le informaba de que el recién llegado no era una amenaza inmediata, sino
una interrupción necesaria.
—La discreción solía ser la moneda de cambio en esta ciudad —dijo una voz masculina. Tenía el
timbre del terciopelo y la sequedad de la ceniza—. Pero veo que tú prefieres pagar con estrabismo y
fracturas óseas.
Camille se dio la vuelta. El hombre estaba apoyado en el marco de la puerta, un espectro vestido con
un traje de lino que parecía haber sido cortado en otra década. Su piel tenía esa translucidez
marmórea que solo se adquiere cuando el flujo sanguíneo ha dejado de ser una prioridad.
—No estoy aquí para negociar el estilo de mi alimentación —respondió ella. Su voz era plana,
desprovista de las inflexiones sociales que una vez poseyó.
El hombre soltó una carcajada breve, desprovista de hilaridad.
—Nadie habla de estilo, pequeña anomalía. Hablamos de supervivencia. Los patrulleros de la policía
han empezado a notar patrones. Cuerpos vacíos, sí, pero extrañamente intactos en sus órganos, sin la
huella de la violencia que deja un depredador... convencional. Están buscando a un asesino, pero
pronto empezarán a buscar algo que no puede ser clasificado. Y cuando la clasificación se vuelve
difícil, la humanidad tiende a quemar aquello que no comprende.
Camille inclinó la cabeza, analizando la estructura de los músculos faciales de su interlocutor. Estaba
tenso. Había miedo subyacente bajo la superficie de su elegancia.
—¿Entonces eres el comité de bienvenida? —preguntó ella—. ¿O solo un administrador de
territorios preocupado por su cuota de mercado?
—Soy una advertencia —el hombre se separó de la pared, caminando hacia el centro de la estancia.
El aire a su alrededor parecía enfriarse, un fenómeno que Camille registró como una fluctuación
térmica.
—En Belém, hemos aprendido a coexistir con la penumbra. El equilibrio es frágil. Si te conviertes en
un incendio forestal, todos los que vivimos en este ecosistema seremos consumidos. ¿Quién te creó?
Porque con certeza no fuiste forjada en nuestro linaje. Tu firma energética es... ruidosa. Inestable.
Camille registró una chispa de irritación: un residuo fantasma de la mujer que fue, un eco de
hormonas inútiles. Su sistema aisló el impulso al instante, enviando la señal a una partición muerta de
su consciencia. Su ritmo cardíaco, que había repuntado por una fracción de segundo, se estabilizó de
golpe mediante un proceso de reajuste térmico interno. Cuando volvió a alzar la vista, su rostro era
una máscara inerte, carente de cualquier trazo de humanidad; no estaba allí para hablar de su linaje ni
para justificar su existencia ante una élite parasitaria que se escondía en los salones de té mientras ella
devoraba la escoria del muelle.
—Estoy buscando a mi creador —dijo ella, soltando la verdad como quien lanza un dardo—. No me
interesa vuestro equilibrio ni vuestra jerarquía. Solo quiero que el responsable de esta mejora se haga
cargo de las consecuencias.
El hombre se detuvo. Sus ojos, aunque oscuros en la penumbra, brillaron con una intensidad
depredadora que, por un segundo, no encontró eco en la mirada de aquella mujer. Ella era una pantalla
en blanco, un vacío de datos.
—Buscas a alguien que con toda probabilidad no desea ser encontrado —replicó él, con un matiz de
lástima—. O, peor aún, alguien que te diseñó precisamente para ser un caos. ¿No te has preguntado
nunca por qué tu "sed" es tan eléctrica, tan insaciable? Tal vez no seas un error. Quizás seas el arma
que alguien dejó activada en un cuarto lleno de porcelana.
El subtexto colgó en el aire, denso como la humedad del río Amazonas. Camille no respondió. En su
interior, el zumbido eléctrico, esa necesidad punzante, comenzó a intensificarse al escuchar la mención
de su propio propósito.
—Vete —dijo ella, al final—. Y dile a los que envían a sus lacayos que si vuelven a acercarse, no
será una conversación lo que encuentren. Será una disección.
El hombre inclinó la cabeza, una reverencia irónica que no llegó a sus ojos.
—La arrogancia es un rasgo humano que nosotros deberíamos haber superado hace siglos, pero veo
que a ti te sienta como una armadura. Ten cuidado, pequeña. La policía de Belém es lenta, pero los
que realmente controlan esta ciudad no tienen paciencia para las variables incontrolables.
Desapareció en la negrura del pasillo con la misma fluidez con la que había llegado. Camille