Capítulo 5 - La anomalía de Belém
El club "Ánima" era un estallido de estridencia en el corazón de Belém. El aire, saturado por el olor a tabaco barato, perfume sintético y el sudor de doscientas almas aglutinadas, vibraba al ritmo de un bajo que golpeaba el pecho de los asistentes como un martillo neumático. Camille permaneció junto a la barra, una isla de inmovilidad en medio del caos coreografiado de la pista de baile. Su sistema sensorial procesaba la escena: la música se traducía en frecuencias; la gente, en perfiles térmicos y vectores de movimiento.
El club operaba bajo una lógica de frenesí organizado. Las luces estroboscópicas, cortantes y violentas, fragmentaban la realidad en mil pedazos, creando una ilusión de movimiento que Camille utilizaba a su favor para ocultar su inmovilidad. Analizó el sudor que perleaba en la nuca de una mujer a dos metros; detectó un incremento en su ritmo cardíaco, una dilatación pupilar fruto de la euforia inducida por la música y las sustancias que circulaban por el ambiente. Era un ecosistema de depredación encubierto por una capa de neón. Ella no buscaba compañía; catalogaba amenazas. Su arquitectura interna descartó al 98% de los asistentes como 'ruido de fondo': tejido orgánico, agua, sales, carbono. Pero entonces, la detección pasiva marcó una desviación en el ruido. Tres firmas térmicas con una temperatura basal de diecisiete grados. No estaban allí para bailar. Estaban allí para cazar.
Su presencia allí no era fruto del azar. A través de la red de datos biológicos que su arquitectura interna escaneaba sin descanso, había detectado una anomalía: una firma energética fría, desprovista del ritmo errático del corazón humano. Había tres de ellos. Tres depredadores ocultos tras la fachada de jóvenes adinerados, moviéndose con una cadencia que, para el ojo inexperto, resultaba elegante, pero que para ella era una señal de advertencia.
Un individuo se acercó. Tenía rasgos toscos, una mandíbula que parecía forjada en granito y ojos hundidos que escaneaban a la presa con una voracidad sin disimulo. Se detuvo a su lado, invadiendo su espacio personal con la confianza de quien posee la noche.
—Te ves demasiado rígida para este lugar —dijo él, inclinándose. Su aliento apestaba a alcohol y a una putrefacción oculta—. ¿Qué tal si salimos? Conozco un callejón donde la música no mata la conversación.
Camille giró la cabeza. Su rostro, una máscara de porcelana inerte, no mostró desprecio, ni siquiera curiosidad. Sus sensores registraron la tensión en sus antebrazos, la aceleración de su flujo sanguíneo artificial y el deseo predatorio que emanaba de sus poros. Era uno de ellos. Un espécimen de esa raza antigua que se alimentaba de la vitalidad ajena mientras ella lo hacía de respuestas.
—No —respondió ella. Su voz, plana y despojada de inflexiones, cortó el ruido ambiental.
El sujeto soltó una carcajada, una serie de gruñidos que mostraban unos caninos ligeramente más largos de lo normal.
—No acepto negativas. Venga. Tenemos mucho de qué hablar.
La insistencia del tipo era una oportunidad. Camille necesitaba información sobre el arquitecto de su existencia, y aquellos que se escondían en la penumbra solían guardar los mapas de los bajos fondos. Con un movimiento deliberado, ella se levantó. Sus botas golpearon el suelo con un chasquido metálico. Sin decir una palabra más, encaminó sus pasos hacia la salida, sintiendo cómo el sujeto la seguía, su pisada pesada y falta de gracia marcando el compás de su propia perdición.
La calle estaba desierta. La lluvia de la madrugada había dejado los adoquines relucientes y el aire pesaba con la humedad del río. El callejón, un corte oscuro entre edificios coloniales desconchados, los recibió con un silencio denso. Camille se detuvo al llegar a una zona donde la luz de una farola parpadeante arrojaba sombras alargadas sobre las paredes.
—Tu arrogancia tiene un precio —dijo el individuo, cerrando la distancia entre ambos. Sus dedos, terminados en uñas que empezaban a tornarse garras, se crisparon—. ¿Quién eres? Ningún humano entra en el Ánima con esa mirada vacía.
—Busco respuestas —respondió Camille, dándose la vuelta. Su tono carecía de miedo—. Y tú sabes quién creó mi diseño.
El vampiro tensó los músculos. Una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro, revelando colmillos que brillaban bajo la luz mortecina.
—Un diseño, ¿eh? Te han engañado. No eres más que carne con engranajes, un juguete que se ha roto antes de tiempo.
La provocación del vampiro disparó una alerta roja en el núcleo de su consciencia. El intento de procesar la palabra "juguete" generó un conflicto en sus subrutinas de identidad. ¿Era un producto? ¿Un objeto? Su lógica central procuró acceder a un archivo de memoria etiquetado como 'Origen', aunque el acceso fue denegado por un bloqueo interno. La discrepancia, una breve estática gris en su campo de visión, fue suprimida en milisegundos. No importaba la definición. Importaba la supervivencia. Camille activó su protocolo de combate; la calma absoluta se apoderó de sus articulaciones, bloqueando cualquier rastro de duda.
Sin aviso, el sujeto se lanzó hacia adelante. Su cuerpo se convirtió en un borrón de velocidad sobrenatural. El aire silbó al ser rasgado por su acometida. Cualquier humano habría sido decapitado antes de procesar el movimiento, pero Camille no era humana. Para ella, el tiempo se estiró hasta detenerse. Los fotogramas de la acción se desglosaron en su procesador: la contracción del cuádriceps, el ángulo de giro del hombro, la trayectoria del zarpazo dirigida a su cuello.
Camille se desplazó. No fue una esquiva, fue una reconfiguración de su espacio. Su cuerpo se inclinó en un ángulo imposible, dejando que el aire de la garra del vampiro rozara su mejilla. Al mismo tiempo, su brazo derecho se disparó con la precisión balística de un pistón hidráulico. Su mano, cerrada en un puño de acero, impactó en el plexo solar del agresor.