Camille Montfort

Capítulo 6 - La corriente subterránea

Capítulo 6 - La corriente subterránea

El descenso al Sector 4 se realizaba a través de un colector de aguas pluviales en desuso, ubicado en los márgenes industriales del puerto de Belém. Camille levantó la rejilla de hierro fundido con un esfuerzo sutil, deslizándose hacia la oscuridad con la gracia silenciosa de un depredador. El hedor a lodo, óxido y combustible de lancha inundó sus agudos sentidos, pero su mente vampírica filtró el residuo biológico, aislándola en una burbuja de gélida concentración.

Caminaba por el colector abovedado. El agua le llegaba a los tobillos, teñida por los efluentes del río Amazonas. A medida que avanzaba hacia el norte, el zumbido antinatural en su nuca —un eco de su compleja y maldita creación— se intensificaba, convirtiéndose en una vibración armónica que resonaba directamente en sus huesos. El mapa mental que había trazado tras la muerte del vampiro en el club Ánima se proyectaba en su memoria como una brújula de sangre y venganza.

Doscientos metros río adentro, la mampostería de ladrillo dio paso a un túnel cilíndrico de hormigón armado, perforado directamente bajo el lecho fluvial. Aquí, la presión del agua se manifestaba en un murmullo constante y sordo: el peso del gran río cerniéndose sobre su cabeza como una lápida líquida.

Una puerta de acero estanco, blindada con pestillos hidráulicos, bloqueaba el acceso. No había cerradura electrónica; el mecanismo respondía a un sensor de proximidad que medía la temperatura y el pulso, buscando la firma fría de los no-muertos.

Camille se detuvo frente al metal. Su temperatura basal, regulada artificialmente para imitar la de un cadáver fresco, se ajustó al milímetro.

—Identificación confirmada. Bienvenido, sujeto de prueba —una voz sintética y fría resonó desde un emisor en el marco de la puerta.

El cerrojo neumático se retrajo con un silbido. Camille empujó el acero y entró en la guarida.

El Sector 4 no era una cueva húmeda; era un laboratorio clínico de estética brutalista. Paredes de azulejos blancos inmaculados, iluminados por luz fluorescente que zumbaban a una frecuencia insoportable. Mesas de acero quirúrgico, centrifugadoras y tanques de criopreservación llenos de un líquido ámbar poblaban la estancia. En el centro, sobre una plataforma elevada, un sistema de diálisis masivo filtraba hemoglobina a través de columnas de resina y tubos de vidrio. El olor a ozono y sangre fresca era abrumador.

—Vaya, vaya... —una voz ronca rompió el zumbido de las máquinas—. Parece que el prototipo fallido ha aprendido a seguir las migas de pan.

De entre las sombras proyectadas por los tanques salieron tres figuras. Llevaban batas de laboratorio manchadas de coágulos oscuros, pero sus rostros demacrados y la palidez cadavérica de su piel delataban su estirpe. Eran vampiros de la guardia personal del Científico, monstruos curtidos en la noche de la selva.

El que estaba en el centro, alto y de hombros angulosos, sonrió mostrando una hilera de colmillos afilados.

—El Científico nos advirtió que su creación defectuosa andaba suelta —escupió el vampiro, lamiéndose los labios con una lengua bífida—. Pensamos que te desangrarías sola en la humedad de la calle. En su lugar, has venido a la despensa.

—No soy un producto defectuoso —respondió Camille, ladeando la cabeza mientras sus ojos inyectados en sangre se fijaban en ellos—. Soy la corrección de su error. ¿Dónde está el arquitecto?

—El Creador no recibe juguetes rotos —rugió el vampiro de la izquierda, lanzándose al ataque con una velocidad que distorsionaba el aire.

El tiempo pareció detenerse para los sentidos hiperdesarrollados de Camille. Vio la trayectoria del puño del vampiro, un gancho directo a su mandíbula. Decidió no esquivar. Dejó que el golpe impactara. Un chasquido sordo resonó en la sala, astillando ligeramente su pálida piel, pero el dolor no hizo más que alimentar su ira sobrenatural.

Los ojos inyectados en sangre del vampiro se abrieron con sorpresa al sentir la densidad del cuerpo de Camille; era como golpear hierro puro.

—Imposible... ¡Se supone que eres frágil! —balbuceó el agresor.

Camille contraatacó con la eficiencia de una guillotina. Su mano derecha se cerró alrededor de la muñeca del vampiro, aplicando una fuerza de torsión que hizo estallar el cúbito y el radio con un chasquido asqueroso. El atacante aulló de agonía. Sin soltarlo, ella lo utilizó como escudo humano en el momento exacto en que los otros dos se abalanzaban sobre ella.

El segundo vampiro impactó contra su compañero, derribándolo sobre una mesa de instrumental médico. Las bandejas de acero cayeron al suelo en una cacofonía ensordecedora.

El tercer vampiro, el líder, optó por la brutalidad. Desenvainó un machete de combate con runas grabadas y cargó contra las piernas de Camille, buscando seccionar sus tendones.

Camille saltó con agilidad inhumana, impulsándose con fuerza antinatural. Al caer, aterrizó con sus botas directamente sobre el hombro del líder, hundiéndolo en el suelo de baldosas. El impacto rajó la clavícula del vampiro, haciéndole escupir bilis negra.

—¡Maldita arpía! —gritó el líder, intentando clavar el machete en el tobillo de la intrusa.

Camille se agachó, atrapó la hoja de acero con la palma de la mano desnuda y la rompió en dos pedazos sin esfuerzo. Sus dedos se cerraron alrededor de la garganta del líder, levantándolo del suelo hasta que sus pies pálidos quedaron a medio metro de las baldosas.

—El científico —repitió Camille, con una voz que heló la sangre de los presentes—. Dónde está.

El vampiro, con las vías respiratorias aplastadas, intentó arañar sus brazos. Las uñas surcaron la piel de Camille, revelando un tejido pálido y frío, surcado por venas oscuras y una densidad sobrenatural, pero ella no mostró el menor atisbo de flaqueza.

Los otros dos vampiros se levantaron de los escombros, con los colmillos babeando bilis negra, listos para una embestida final. Al ver la mirada gélida de Camille, el líder logró articular un último estertor:




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