Camille Montfort

Capítulo 7 — La frecuencia de la selva

Capítulo 7 — La frecuencia de la selva

La salida del colector no fue una huida, fue un cambio de ecosistema. Cuando cayó la noche, Camille emergió a la superficie en la periferia de la selva, donde los edificios de hormigón se rendían ante la asfixiante embestida de la vegetación tropical. La oscilación en su nuca había dejado de ser un murmullo; ahora era un diapasón constante, una frecuencia de 60 hercios que le provocaba espasmos involuntarios en los músculos del cuello.

No necesitaba un mapa. La conexión era geométrica y dolorosa.

Caminó durante tres días. No como un humano, sino como una anomalía en el sistema. Se desplazaba por la espesura con una velocidad que borraba sus contornos, saltando entre las copas de los árboles cuando el terreno se volvía impracticable, o caminando por el lecho del río con los pulmones detenidos, ignorando la presión del agua y el acecho de los caimanes. Para la fauna del Amazonas, ella no era un ser vivo; era una ausencia, un hueco en el tejido de la realidad que los animales evitaban por instinto puro.

Al llegar a la zona de la Triple Frontera —el punto donde Brasil, Colombia y Perú se funden en una neblina de contrabando y sombras—, el ambiente cambió. El aire aquí no olía a naturaleza; olía a química sintética y descomposición acelerada.

Camille se detuvo sobre una rama a veinte metros de altura, observando la aldea fronteriza que se extendía a orillas del río Solimões. A esa distancia, su visión vampírica no solo detectaba el calor de los cuerpos, sino los campos electromagnéticos que emanaban de una estructura inmensa, semioculta bajo un domo de redes de camuflaje y vegetación sintética. El complejo del Científico no estaba escondido en una cueva, sino integrado en el ecosistema.

La interferencia en su nuca vibró con tal intensidad que Camille cayó de rodillas sobre la rama, clavando sus garras en la madera podrida. La frecuencia ya no era solo una coordenada; era un código de acceso. Una secuencia binaria que se filtraba en su consciencia, obligándola a recordar.

Dato 01: La fragilidad es una opción. Dato 02: El dolor es el catalizador.

—Está jugando conmigo —susurró. Su voz sonaba distorsionada, como si el aire alrededor de su garganta se hubiera vuelto denso.

Bajó del árbol con la fluidez de una gota de mercurio. Frente a ella, la entrada al complejo estaba custodiada por algo peor que los vampiros: tres figuras mecánicas, armaduras articuladas de quitina y acero hidráulico que patrullaban el perímetro con escáneres térmicos. El Científico había dejado de confiar en la carne.

Camille ajustó su postura, dejando que sus rasgos se tensaran hasta adquirir esa expresión de depredador absoluto. Si quería entrar, no podría usar la sutileza. El pulso en sus huesos le enviaba un mensaje claro: Destruye lo que se interponga.

Se agachó, preparándose para saltar, cuando algo la detuvo. Un olor. No era ozono, ni sangre, ni óxido. Era un aroma dulce, floral, casi nostálgico. Un perfume que su cerebro recordaba como el de un hogar que nunca existió. Alguien estaba esperando en la puerta principal y no llevaba armadura.

Era una muchacha que portaba un cántaro hacia el interior de la estructura.

La decisión fue instintiva, una respuesta a la urgencia química que le dictaba su cuerpo. Por un segundo, antes de que el depredador tomara el control, su mano derecha tembló, una resistencia inútil ante el hambre que la arrollaba. Pero el instinto ganó. La muchacha, ajena a la sombra que la acechaba, ni siquiera tuvo tiempo de soltar el cántaro. El choque del barro contra el suelo fue el único sonido; el de su vida apagándose, un mero suspiro ahogado entre los dedos de Camille.

Fue un acto brutal y eficiente: la presión sobre la carótida, el desgarro preciso, el calor de la vida fluyendo hacia sus entrañas frías. Por un instante, la vibración en su nuca se acalló, reemplazada por la satisfacción sombría de una depredadora que vuelve a estar completa.

Sin embargo, al soltar el cuerpo y ver el cántaro hecho añicos, un vacío atronador la golpeó. Una imagen intrusa cruzó su mente: una tarde de verano, el sonido de agua fresca cayendo en una fuente. Era el fantasma de una vida que, quizás, nunca fue suya, pero que le quemaba como ácido. Camille cerró los ojos, apretó los puños y forzó el interruptor mental. El pitido volvió, ahogando el recuerdo bajo el peso de su diseño. La mujer había muerto con la chica; solo quedaba el arma.

Limpió sus labios con el dorso de la mano, forzando a sus dedos a detener el temblor, y arrastró el cuerpo inerte tras unos helechos antes de acercarse al perímetro. La puerta del domo seguía abierta. El sistema, confundido por la firma térmica residual de la chica que Camille acababa de consumir, no opuso resistencia.

Camille se deslizó al interior.

El lugar era una simbiosis grotesca entre la selva y la ingeniería. Grandes raíces aéreas se entrelazaban con tuberías de acero que palpitaban con un fluido verdoso. No había olor a ozono, sino a tierra fértil y formaldehído. Mientras avanzaba, el laboratorio parecía reaccionar. En las columnas de cristal, especímenes inacabados golpeaban los vidrios al notar su paso. El suelo metálico vibraba con un latido grave, como si el propio complejo estuviera digiriendo la energía de los ocupantes.

La armónica en su nuca se intensificó, convirtiéndose en un patrón rítmico que la guiaba hacia el centro, donde un gigantesco árbol sintético, una estructura de circuitos y nervios, se alzaba hasta la cúpula.

Camille avanzó, sus botas húmedas dejando huellas de lodo y sangre. De repente, una voz resonó en los altavoces, clara y cargada de una familiaridad enfermiza:

—Te tomó tres días llegar, Camille. Estaba empezando a pensar que los vampiros de la guardia habían logrado destruir el mejor de mis prototipos. Acércate al núcleo. El árbol tiene sed, y tú necesitas entender por qué fuiste creada con ese hambre que acabas de saciar.




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