Camille Montfort

Capítulo 8 - La alta sociedad de los muertos

Capítulo 8 — La alta sociedad de los muertos

Río de Janeiro no duerme; simplemente se emborracha, suda y grita. Camille odiaba la ciudad. En la selva, el Filtro le servía como brújula; aquí, la metrópoli era un ataque epiléptico constante. Los cables de alta tensión, las señales de Wi-Fi, el millón de dispositivos móviles… todo vibraba en un espectro que le taladraba los dientes. Para un vampiro antiguo, la cuidad era una granja de sangre; para ella, era un vertedero de estática.

Llegó al edificio en Leblon, una aguja de cristal y acero que desafiaba la gravedad. No subió por el ascensor. Escalar la fachada exterior, con los dedos hundidos en el hormigón como ganchos de carnicero, le resultó más natural que pedir permiso en la recepción.

Camille se detuvo un instante en la cornisa, suspendida en el vacío. Desde la altura de la planta cuarenta, Río no era una ciudad; era una inmensa placa base, un enjambre de señales parpadeantes bajo la piel de neón. El Filtro procesaba el caos: millones de datos, llamadas y deseos que flotaban en el aire como partículas de polvo cargadas de estática. Ella no pertenecía a ese circuito, pero por primera vez, el ruido empezaba a tener sentido.

Entró en el despacho de la planta cuarenta rompiendo el ventanal. El cristal templado estalló con un sonido de cristalería fina siendo aplastada por una bota militar.

Él estaba allí. Sentado detrás de un escritorio de caoba que costaba más que la vida de diez personas, sosteniendo una copa de Château Pétrus.

El despacho no olía a sangre, sino a cuero español, a tabaco de hoja y al zumbido eléctrico de un aire acondicionado de alta gama que trabajaba en exceso contra el calor tropical. Sobre la mesa de caoba, un iPad mostraba gráficos financieros de una empresa fantasma de exportación de café; números fríos, limpios, que no decían nada de los siglos de sed que él albergaba en sus venas. Era una oficina diseñada para proyectar poder y orden, un escenario perfecto para un depredador que se creía el dueño del mundo. El hombre del traje. O, como lo conocía la historia, Julian. Un antiguo. Un aristócrata del hambre que vestía seda italiana para ocultar años de putrefacción.

—Llegas tarde, Camille —dijo Julian, sin levantar la vista de sus papeles. Su voz era una caricia de terciopelo sobre una hoja de afeitar—. Y traes una peste terrible. A ozono, a metal quemado… y a algo mucho más desagradable.

Camille se puso en pie. El suelo de mármol se agrietó bajo sus botas cubiertas de barro amazónico. Sus ojos, antes humanos, ahora procesaban la habitación como una secuencia de datos: la frecuencia cardíaca de Julian (demasiado lenta, casi inexistente), la temperatura ambiente, la densidad de los objetos.

—Sé que sabes dónde está —dijo ella. Su voz era una lija—. El Científico. ¿Dónde?

Julian dejó la copa con una elegancia que resultaba insultante. Se levantó, alisándose la solapa de su traje a medida. Era alto, pálido con una palidez que no venía de la falta de sol, sino de la ausencia de alma.

—¿El Científico? —se rio, un sonido seco, como hojas muertas arrastradas por el viento—. Eres tan lineal. Te crearon para ser un sabueso, y sigues olfateando el rastro equivocado.

Julian dio un paso adelante. Sus ojos brillaron con un matiz hipnótico, una luz dorada y antigua diseñada para someter la voluntad de cualquier criatura inferior. Fue un error de cálculo fatal.

«Obedéceme», no lo dijo, pero la orden golpeó la mente de Camille como un martillo de demolición.

Camille sintió el tirón en su nuca, esa vieja programación, pero el Filtro reaccionó al instante. Él desplegó su voluntad, una marea de terror atávico tejida con siglos de dominación aristocrática. Para cualquier otra criatura, habría sido una condena. Para ella, fue un archivo corrupto. El Filtro analizó la 'magia' en milisegundos: un comando de voz antiguo, un protocolo de autoridad que ya no tenía permisos de administrador en su sistema. Lo escaneó, lo clasificó como 'código legado' y lo borró de su consciencia antes de que pudiera causar una sola lágrima. Donde antes habría habido sumisión, ahora solo había una lectura de datos. Camille procesó la "sugestión" de Julian como una línea de código maliciosa.

—Tu protocolo de control —dijo Camille, y su voz no tenía nada de humano— es una arquitectura obsoleta.

Julian frunció el ceño, su máscara de arrogancia tambaleándose por primera vez. —Qué insolente. Los cachorros siempre mueren antes de aprender modales.

Se movió. Fue un borrón de velocidad sobrenatural. Julian estaba frente a ella, con los dedos convertidos en garras de marfil, buscando su garganta para arrancarle la columna vertebral. Era una ejecución elegante, un movimiento que había perfeccionado durante quinientos años.

Pero Camille no era rápida. Era inevitable.

Se agachó un milímetro, dejando que las garras de Julian rasgaran su chaqueta, y le lanzó un puñetazo directo al esternón. El impacto no sonó como carne frente a carne; sonó como un accidente de tráfico. Salió despedido, atravesó su escritorio de caoba y se estrelló contra la pared opuesta.

El antiguo vampiro se levantó, escupiendo un coágulo de sangre negra. Su rostro, antes perfecto, estaba distorsionado por una furia primitiva. Las cortinas de seda se incendiaron por el calor que emanaba de su cuerpo.

—¡Soy la jerarquía! —rugió, lanzándose de nuevo.

Esta vez, Camille no esquivó. Recibió el impacto, clavó sus garras en los hombros de Julian y, con una fuerza mecánica que ignoraba cualquier principio de palanca, lo estampó contra el suelo. El mármol saltó en astillas.

Ella se arrodilló sobre su pecho, ignorando los golpes que él le lanzaba al rostro —golpes que habrían matado a un oso, pero que para una vampira solo eran vectores de fuerza—. Camille se inclinó, acercando su cara al de él. El zumbido en su nuca era ahora un grito de guerra digital.




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