Capítulo 10 — La purga del depredador
La travesía hacia la Isla de las Cobras ignoró las proyecciones del Filtro. Camille descartó los algoritmos de eficiencia: su hambre se había transmutado en una sed punzante, una fiebre que le quemaba las venas y agudizaba sus sentidos hasta el límite.
El Filtro —esa presencia intrusiva que ella ya no identificaba como guía, sino como un parásito— martilleaba su consciencia con advertencias cíclicas: [Niveles de reserva al mínimo. Deterioro inminente del tejido].
Camille se refugió en un almacén portuario. Sus ojos, capaces de diseccionar el espectro térmico a cincuenta metros, localizaron el rítmico latido de un guardia. Para ella, la sangre dejó de ser combustible para convertirse en un mapa de información. Al alimentarse, Camille absorbía la vitalidad, los miedos residuales y la esencia cruda de su presa.
El guardia fue un susurro. Camille lo alcanzó con la gracia de un depredador que ha trascendido el esfuerzo. Al hundir los colmillos, el alivio fue una expansión radical de su consciencia: sus facultades se dispararon, su piel cobró una densidad nueva y sus reflejos adquirieron una precisión quirúrgica. Sin embargo, el alivio duró poco. Al soltar el cuerpo, un dolor mecánico y gélido le atravesó la base del cráneo: el castigo del Científico. El dogal neuronal detectaba la liberación de dopamina y forzaba un reinicio de sistema.
La descarga amenazaba con incinerar sus nervios. Camille cayó de rodillas sobre el concreto mientras el sistema intentaba formatear su voluntad. Apretó los dientes, saboreando el gusto metálico de su propia sangre. Se concentró en la calidez recién ingerida, utilizándola como catalizador para sellar sus pensamientos. Si el Científico buscaba una marioneta, se había equivocado de creador.
Se incorporó, recuperando el control. Su mirada era antigua, cargada de una sed depredadora ajena al laboratorio.
—¿Crees que puedes purgarme? —gruñó. Su voz, un chirrido de piedra contra metal, parecía venir de un lugar mucho más profundo—. Cada vez que intentas someterme, me haces más fuerte.
Camille se despojó de la rigidez del código. Se infiltró en un carguero que transportaba suministros hacia el sur, moviéndose entre las sombras con una presencia tan gélida que incluso las alimañas se dispersaban a su paso. Al avistar la costa rocosa de la Isla de las Cobras, se arrojó al agua. Emergió sobre la arena negra con la velocidad de un proyectil. El aire de la isla era una mezcla tóxica de ozono, químicos estériles y el aroma acre de otros vampiros.
Los sensores de movimiento ocultos en la maleza la rastreaban con haces rojos. Al contacto con su firma térmica —alterada por la sangre reciente—, las luces vacilaban y morían. El Filtro, en su agonía, proyectaba datos incoherentes: «Error de síntesis. Identidad no localizada. Error 404». Camille esbozó una sonrisa sombría; ya no veía el mundo en líneas de código, sino en un despliegue visceral de latidos y texturas.
Un centinela de la jerarquía antigua le salió al paso cerca de los laboratorios. El vampiro se detuvo, olfateando el aire con sus ojos nublados por los siglos.
—Tú —siseó, mostrando colmillos amarillentos—. La que fue enviada a borrar a Julian. Hueles a sangre fresca y a algo... defectuoso. ¿Has roto tus cadenas?
Camille no respondió. La criatura se lanzó con una velocidad cegadora, pero para ella, el tiempo se estiró. Esquivó el ataque con elegancia y le arrancó el brazo desde la articulación. El sonido del hueso fracturado resonó como un disparo. Antes de que el antiguo reaccionara, ella lo inmovilizó y hundió los dedos en su cuello.
Esta vez, devoró.
Sintió el torrente de memorias ajenas: guerras silenciosas, rutas de patrullaje y una ubicación específica dentro del complejo que aquel centinela guardaba como un secreto absoluto. Soltó el cadáver y se limpió los labios. El Filtro intentó emitir una alarma de sobrecarga, pero ella la aplastó con una voluntad de hierro. Ya no era una marioneta; era una depredadora que acababa de ascender en la cadena alimenticia.
Miró la torre central, donde las luces artificiales cortaban la niebla. El secreto recién extraído le indicaba una arteria del laboratorio, una ruta oculta que ni siquiera los guardias conocían.
—Ya estoy aquí —susurró, con el peso de los siglos ajenos en su voz—. Prepara tu última lección, Científico. Porque hoy, la alumna va a superar al maestro.
Camille se internó en las sombras. Su nueva fuerza vibraba en cada fibra de su ser. La confrontación final había comenzado.