Camille Montfort

Capítulo 11: La brecha en la torre central

Capítulo 11: La brecha en la torre central

El calor de la sangre del centinela aún le recorría las sienes como un pulso ajeno, pesado, voraz y cargado de un eco metálico que amenazaba con fracturarle el pensamiento. Cada latido suyo competía con la memoria residual del hombre caído, un residuo de vida ajena que se negaba a extinguirse del todo en su torrente sanguíneo. Camille avanzó por el conducto de servicio secundario, una garganta estrecha de acero galvanizado y cables de fibra óptica expuestos que descendía con pendiente pronunciada por el flanco oeste de la torre central. El aire ahí dentro olía a ozono quemado, a sudor viejo de mantenimiento y a grasa industrial. El Filtro ya no emitía advertencias estructuradas ni directrices de eficiencia en su conciencia; su frecuencia se había fracturado por completo en un zumbido agudo, estático e impotente, similar al gemido agónico de una pantalla descompuesta bajo la persistente lluvia ácida del exterior.

A través de las rejillas de ventilación dispuestas a intervalos irregulares, los destellos azulados de los laboratorios principales iluminaban de forma intermitente el trayecto, proyectando sombras alargadas y danzantes sobre su silueta encorvada. Vio los tanques de estasis, torres colosales de cristal blindado donde las siluetas pálidas de otros sujetos permanecían suspendidas en un denso líquido amniótico, prisioneras bajo la fría geometría de los electrodos de control. Vio también el ir y venir mecánico de los técnicos menores, cuyas batas grises se movían con una precisión coreografiada, obedeciendo los protocolos inflexibles del Científico como autómatas desprovistos de iniciativa o voluntad propia. Pero para ella, el complejo ya no representaba un laberinto indescifrable ni una amenaza inescrutable: las coordenadas sustraídas de la memoria táctil del centinela le señalaban el núcleo exacto, el punto ciego absoluto donde el código primario del dogal neuronal se conectaba de manera física y vulnerable con la consola central del sistema.

Al llegar a la compuerta de acceso restringido, la placa electrónica de la pared parpadeó en un rojo frenético, emitiendo un repiqueteo sordo. El sistema de seguridad intentó bloquear el paso de manera automática al detectar una anomalía crítica en su firma biológica y térmica, desestabilizando los campos de contención del perímetro. Camille no buscó una tarjeta para acceder que ya no poseía, ni recurrió a un hackeo convencional por medio de terminales externas. Con una calma gélida que contrastaba con la furia sorda de sus músculos, apoyó la palma de la mano desnuda directamente contra la pantalla táctil y dejó fluir el remanente de energía celular, calor y memoria fragmentada que había arrancado a su presa anterior. Inundó los microchips de silicio con una sobrecarga orgánica, corrosiva y letal. El metal del panel chasqueó con violencia, chisporroteó en una cascada de chispas verdosas que iluminaron sus ojos felinos, y el pesado pestillo neumático cedió al fin con un suspiro denso, abriendo el vano hacia la oscuridad del sanctasanctórum.

El interior del despacho principal era un recinto de proporciones vastas pero de una austeridad casi religiosa, despojado por completo de adornos o distracciones humanas, dominado por hileras de pantallas de monitoreo en blanco y un silencio clínico que parecía congelar el ambiente. En el centro exacto de la sala, frente a una vasta consola de mandos holográfica que proyectaba la topografía tridimensional de la isla y sus flujos de energía en tiempo real, una figura solitaria aguardaba de espaldas. Envuelto en una gabardina impecable, el hombre daba la sensación de estar ajeno al colapso estructural que ya comenzaba a propagarse de manera irreversible por los cimientos y conductos del complejo.

—Llegas tarde, Camille —dijo el Científico sin volverse, su voz profundamente alterada por un vocoder metálico de baja frecuencia que distorsionaba las consonantes y parecía enfriar el aire a su alrededor—. El sistema ya ha registrado el noventa y ocho por ciento de tu desviación en los registros principales. La secuencia de purga es completamente irreversible, un bucle del que no puedes salir por más que rompas los cimientos de este lugar.

Camille no respondió con verborrea; las palabras pertenecían a un mundo de contratos y cadenas del que ya se había despojado. Dio un paso firme y calculado sobre el suelo pulido, sintiendo cómo sus colmillos latían con una sed helada, punzante, y cómo cada fibra de su musculatura tensada exigía el salto definitivo, ineludible, sobre la yugular del arquitecto de sus tormentos.




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