Capítulo 12: La sombra insaciable
El aire estalló en un latigazo de velocidad pura. Camille se proyectó hacia adelante con la fuerza de un resorte desatado, sus músculos convertidos en una máquina de precisión y venganza, dispuesta a desgarrar el cuello engabardinado y acallar la máscara metálica del Científico. Sus colmillos, afilados como cuchillas de obsidiana, ansiaban la carne que latía bajo el traje impecable; la inercia de su acometida la convertía en un proyectil imparable, guiado por el eco de la sangre del centinela y por el recuerdo de meses de confinamiento, experimentos y tormentos silenciados.
Sin embargo, el impacto esperado nunca llegó a consumarse en carne blanda. En el preciso instante en que sus garras iban a seccionar la yugular del arquitecto, una repentina y violenta onda de choque cinética brotó de la consola holográfica. Un campo de contención de alta densidad —un escudo repulsor de plasma comprimido— se encendió con un zumbido sordo, interponiéndose como un muro invisible. El cuerpo de Camille colisionó contra la barrera con un impacto sordo que hizo estremecer los cimientos de la sala. El impacto la repelió en el aire, pero giró con la destreza felina de un depredador, aterrizando en cuclillas sobre el borde de la consola, astillando el cristal táctil bajo las suelas de sus botas.
Esperaba ver al hombre temblar, empuñar un arma desesperadamente o gritar órdenes a una guardia que ya no respondía. Nada de eso ocurrió. El Científico retrocedió un paso con lentitud glacial y calculadora, manteniendo las manos vacías sobre los flancos de su gabardina. Su rostro, oculto tras la máscara metálica y los destellos del vocoder, no expresaba terror, sino un frío y metódico análisis.
—Humanizar o hacer más cínica la réplica: 'He calculado cada variable de este encuentro, Camille. Tu rabia es predecible, y no pienso morir en tu carnicería. Disfruta de las cenizas'. No voy a regalarte mi vida en una carnicería sin sentido. Mi función aquí ha concluido; el colapso ya está en marcha.
—Tus palabras no detendrán mi pulso —siseó ella, enseñando los dientes con una mueca de furia salvaje, dispuesta a reanudar la acometida.
Pero él no pretendía aguardar la segunda acometida. Con un movimiento fulminante que desmentía su aparente calma, accionó con el talón un interruptor maestro oculto en la base de la plataforma. El suelo bajo sus pies se abrió, revelando una trampilla de evacuación de emergencia. Un cilindro de descenso rápido, blindado con una aleación de titanio negro, se disparó hacia las profundidades del subsuelo con un silbido neumático ensordecedor. Cuando Camille volvió a lanzarse, veloz como una centella, sus garras solo rasgaron el vacío y golpearon con violencia las compuertas que ya se cerraban de forma hermética con un estruendo metálico e irrevocable.
Un rugido de rabia sorda, visceral, brotó de su garganta. No había logrado atraparlo. Desafiando las leyes de la física, aquel arquitecto del dolor se había escurrido entre sus dedos como mercurio por una rendija.
Los destellos bermellones de la inminente autodestrucción inundaron la estancia con un parpadeo frenético. Las sirenas de evacuación rompieron el silencio clínico con un ulular rítmico que exigía presteza. Camille no se demoró en lamentaciones. Giró sobre sus talones y se lanzó por los conductos de servicio paralelos, persiguiendo el rastro térmico residual que el descenso del cilindro había dejado en los sensores de la estructura.
Se desató entonces una cacería feroz por las entrañas del complejo moribundo. Camille volaba a ras de suelo, saltando de viga en viga a través de los desniveles industriales, destrozando con las manos desnudas las tuberías de vapor que obstaculizaban su paso y abriéndose camino a golpes de pura energía orgánica corrosiva. El complejo crujía bajo una agonía de metales retorcidos y chispas eléctricas; las paredes gemían y el suelo temblaba con sismos intermitentes provocados por la reacción en cadena de los núcleos de energía.
Vio a lo lejos, a través de una pasarela de rejilla metálica suspendida sobre un abismo de cables de alta tensión, la gabardina oscura del Científico que huía hacia el sector de hangares subterráneos. Aceleró el paso, sintiendo que la distancia se acortaba palmo a palmo. Aunque sus pulmones no requerían aire convencional, la tensión del acoso bombeaba una adrenalina oscura y febril a cada rincón de su anatomía. Estuvo a punto de darle alcance, con los dedos extendidos hacia el dobladillo de la gabardina, cuando el hombre se deslizó en el interior de un túnel de transporte magnético de carga pesada, activando el cierre de seguridad electromagnético desde el panel de control remoto.
Variar el obstáculo. En lugar de otro campo de fuerza, el Científico podría activar una trampa física, derrumbar el techo del túnel o soltar una sustancia química que obligue a Camille a retroceder. Se puso en pie en una fracción de segundo, sacudiéndose los escombros de los hombros, y se arrojó contra el campo magnético, golpeándolo con los puños y los dientes hasta hacer saltar chispas cegadoras. El túnel ya estaba vacío; el contenedor blindado en el que huía el Científico se desplazaba a velocidad supersónica hacia el exterior del complejo, rumbo a la superficie y a los acantilados azotados por la brisa marina.
Camille se quedó inmóvil en el umbral del túnel vacío, con el pecho agitado por un fuego invisible y las pupilas dilatadas por una frustración absoluta. Se le había escapado. Había saboreado la cercanía de su pulso, había sentido el calor de su huida, pero él seguía respirando, protegido por capas de metal, distancia y cálculo. En aquel instante, mientras el eco del convoy se desvanecía en las profundidades, Camille cerró los ojos y formuló un juramento mudo, tallado a fuego en el rincón más hondo de su conciencia fracturada: «Juro que jamás cejaré en tu búsqueda. No importa cuántos abismos cruces, cuántos circuitos rompas ni cuánto tiempo te ocultes; te cazaré hasta que el último latido de tu pecho se extinga entre mis manos».