Capítulo 14: El vapor y la carne
El contorno de los cobertizos quedó atrás cuando Camille se deslizó por el flanco del dique seco, donde las tuberías titánicas exhalaban un vapor denso y sofocante que se enroscaba en sus extremidades como una piel falsa. El calor de los generadores submarinos no era el sol del mediodía que la había acorralado en la caliza; era una humedad densa, cargada de salitre recalentado y el olor metálico del óxido disuelto, un ambiente que hizo que las costras de sus antebrazos se reblandecieran ligeramente, filtrando un sudor denso mezclado con restos de su propia sangre oscura.
No había ruidos mecánicos limpios en su cabeza, sino el latido espeso del residuo táctico que su organismo seguía digiriendo. Cada bocanada de aire húmedo quemaba el fondo de sus gargantas, pero lejos de debilitarla, esa fricción avivaba el picor frío en la comisura de sus labios. Sus colmillos rozaron de nuevo la piel del labio inferior, un recordatorio físico de que el hambre y la rabia compartían el mismo torrente sanguíneo.
A pocos metros, entre las cortinas de vapor que vomitaban las válvulas de purga, una figura se movía con torpeza contenida. El eco de la frecuencia magnética que vibraba en su pulso se intensificó, un tirón visceral en sus sienes que le indicó la dirección exacta. El Científico no estaba usando vehículos ni escoltas mecánicas en ese recoveco; se desplazaba a pie, arrastrando el peso de su equipo de contención a través de las rejillas de servicio del sector inferior.
Camille se encogió sobre una tubería maestra, con los músculos de los muslos temblando levemente por el esfuerzo acumulado y la tensión de la caída previa. No emitió sonido alguno. Sus dedos se cerraron sobre la superficie rugosa de la conducción de vapor, lista para dejarse caer sobre la siguiente pasarela y cerrar la distancia antes de que el hombre alcanzara la esclusa de escape.
El salto fue un latido seco. Aterrizó a espaldas del hombre sobre la rejilla de metal oxidado, el golpe de sus pies apenas un susurro ahogado por el bramido del vapor. El Científico se detuvo en seco, el estuche magnético colgando de su arnés con un repiqueteo metálico. No giró el torso de inmediato; conocía el peso de la presencia que lo acechaba.
—Sabía que la biología imperfecta tardaría en asimilar el código —dijo el hombre, su voz distorsionada por el vocoder filtrando un tono plano y metálico en medio de la humedad—. Te sobró orgullo en el acantilado, Camille.
Camille dio un paso al frente, la suela de su bota raspando el hierro. Su respiración era pesada, un fuelle de carne viva que contrastaba con la fría inercia del equipo del científico.
—El código ya es mío —respondió ella, la voz áspera por la deshidratación y el esfuerzo, vibrando con un rencor visceral—. Y tú te estás quedando sin pulso que apagar.
El Científico giró lentamente el rostro, la penumbra de la gabardina ocultando sus facciones bajo la sombra del cuello alto. Los dedos protegidos por guantes de compresión tantearon el seguro lateral del contenedor magnético.
—No vine a negociar la retirada —replicó el vocoder, con una estática breve que acentuó la rigidez de su postura—. Vine a comprobar si la variable sigue siendo tan destructiva como predijimos... o si la cal y la marea ya empezaron a disolverte.
Camille no replicó con palabras. Los músculos de su espalda se contrajeron con la violencia contenida de un resorte orgánico, y el aire entre ambos pareció densificarse ante el inminente choque.
El aire caliente de la purga se rasgó con un chasquido de carne en tensión. Camille embistió antes de que los dedos enguantados del Científico terminaran de liberar el seguro del contenedor. No hubo elegancia en la maniobra, sino el empuje bruto de un cuerpo guiado por la fiebre de la sangre ajena; sus manos se cerraron sobre la solapa de la gabardina, buscando el cuello, buscando el punto donde la respiración artificial del vocoder se conectaba con la clavícula humana.
El hombre no retrocedió. Su peso muerto se ancló a la rejilla con una rigidez calculada, y un latigazo metálico —un vástago de contención desplegado desde la manga— golpeó con fuerza el costado de Camille. El impacto le arrancó un siseo ahogado, un dolor agudo que le recorrió las costillas, pero las fibras de su abdomen se contrajeron al instante, anulando el retroceso y devolviendo el golpe con un rodillazo directo al esternón del contrincante.
El crujido del armazón del Científico retumbó bajo el vapor. El vocoder emitió un graznido distorsionado, una modulación rota que escupió estática antes de estabilizarse en un tono más grave:
—Eficiente... pero predecible. La carne siempre cede al castigo.
—No vengo a resistir —escupió Camille, con los colmillos rozando la piel expuesta de su cuello mientras la fuerza de su agarre empezaba a deformar el tejido del abrigo—. Vengo a arrancarte la frecuencia.
Con un tirón visceral, desgarró la parte frontal de la gabardina. Bajo la tela oscura no había un cuerpo común; la estructura que sostenía al arquitecto era un entramado denso de válvulas de purificación y tubos de infusión que latían al compás de una bomba externa, un sistema parásito que competía directamente con el pulso magnético que ella llevaba marcado en las venas. El Científico alzó el antebrazo, con los dedos listos para clavar un inyector de supresión química en el hombro de la criatura, pero el temblor en su propio pulso traicionó su falsa calma.
La marea seguía rugiendo allá abajo, golpeando los cimientos del dique seco como un recordatorio implacable de que el tiempo de las palabras se había consumido por completo en la penumbra del vapor.