Capítulo 15: El pulso roto
El tiempo de las palabras se había consumido por completo en la penumbra del vapor. La marea seguía rugiendo allá abajo, golpeando los cimientos del dique seco como un recordatorio implacable de que la tregua había muerto.
La reacción de Camille fue pura furia táctica. No le dio tiempo al arquitecto de clavar el compuesto químico; con un giro de muñeca que dislocó parcialmente su propia articulación para ganar ángulo, atrapó el antebrazo metálico del hombre y lo dobló hacia atrás con un crujido seco de aleación y tendones sintéticos. El Científico emitió un grito ahogado a través del vocoder, un sonido agudo y electrónico que se quebró en mil pedazos de estática cuando Camille le propinó un cabezazo brutal directo al visor de su máscara.
El vidrio blindado estalló en una constelación de grietas opacas. El líquido refrigerante y aceite espeso comenzaron a gotear de las cavidades faciales del científico, manchando su barbilla de una sustancia negra y viscosa. Pero ella no se detuvo. Sus manos, manchadas de sangre y sudor salino, se abalanzaron sobre el núcleo expuesto de su pecho, allí donde las válvulas de infusión regulaban su frágil existencia artificial. Clavó los dedos en los conductos blandos, desgarrando mangueras de presión y arrancando los sellos de seguridad con una fuerza sobrehumana que desafiaba su propio agotamiento.
—¡El código... no te pertenece! —rugió Camille, con la saliva mezclada con sangre goteando sobre el pecho destrozado del hombre.
Cada segundo de lucha era una carrera contra su propia resistencia. Los tubos rotos escupían chorros a alta presión de líquido vital y vapor hirviente que quemaban los antebrazos de Camille, pero la descarga de dolor solo alimentaba su frenesí. Un zumbido ensordecedor comenzó a brotar del interior del Científico; el reactor auxiliar de su pecho estaba entrando en una fase de colapso sistémico debido a la rotura de los reguladores principales. Las chispas saltaban en abanico, iluminando la oscura catacumba de metal con destellos azulados que parpadeaban como luciérnagas moribundas.
El Científico se desplomó de rodillas sobre las rejillas oxidadas, incapaz de sostener su propio peso. Su estructura cibernética fallaba de forma intermitente, las extremidades contraídas en espasmos mecánicos. Con una lentitud desesperada, alzó una mano temblorosa hacia el rostro de Camille, intentando rozar su sien para descargar un último pulso de desactivación neuronal, pero sus dedos cayeron inertes a medio camino, golpeando el suelo metálico con un sonido hueco.
Estaba prácticamente acabado. El núcleo de su pecho emitía un pitido agudo, monocorde y agónico, anunciando que la muerte cerebral y el apagón definitivo de su sistema respiratorio artificial eran cuestión de minutos. Camille alzó las garras, tensando los músculos de los hombros, lista para atravesar el último bastión de su caja torácica y extirpar de una vez por todas la fuente de la señal que la había perseguido por medio mundo.
Sin embargo, el destino del abismo tenía otros plazos.
Un cambio sutil, casi imperceptible al principio, comenzó a filtrarse desde las altas aberturas del dique seco, donde las compuertas superiores daban al exterior. Una línea de luz pálida, cenicienta y despiadada empezó a rasgar la penumbra perpetua de las tuberías. No era el resplandor cálido de los generadores ni el parpadeo eléctrico de las consolas; era la claridad fría e implacable del nuevo día filtrándose a través de la herrumbre y el hormigón.
El primer rayo de sol directo, rebotando en la superficie espumosa del agua exterior, penetró como una lanza blanca en el sector inferior. La transición no fue un simple aviso luminoso; fue un golpe tan seco y tajante como un puñetazo, deteniendo de golpe la inercia asesina de la sala.
Para Camille, la luz del amanecer no representaba la salvación; representaba una sentencia de combustión. Su piel modificada, adaptada a la oscuridad perpetua de las simas y las trincheras industriales, reaccionó al contacto con un siseo inmediato. Un humo fino, acre y blancuzco comenzó a elevarse desde sus hombros y antebrazos allí donde la claridad del alba rozaba su carne, quemando sus tejidos con la virulencia de un ácido invisible.
Un gruñido de dolor puro, mezclado con una rabia infinitamente más profunda que la quemadura, escapó de su garganta. Sus garras titubearon a solo milímetros de abrirle el pecho por completo. La frustración la desgarró por dentro con más ferocidad que el calor del alba: no había sido la fuerza del hombre la que le arrebataba la venganza, sino el maldito calendario, el giro inexorable de la Tierra que le robaba su trofeo en el último segundo. El arquitecto vivía por pura casualidad astronómica, y esa espina se clavó en su memoria con la certeza de una condena futura.
En el suelo, el Científico yacía medio deshecho, con el pecho abierto en canal, el vocoder emitiendo un gorgoteo mecánico y estático que apenas lograba articular un par de sílabas rotas: —La... marea... te... alcanzará...
No había tiempo para rematarlo. El sol seguía trepando inexorablemente por el horizonte marino, inundando el dique seco con una claridad que desnudaba los rincones más oscuros del complejo. Camille apretó los dientes, sintiendo cómo el fuego del alba devoraba la superficie de su piel. Lanzó una última mirada cargada de un odio inextinguible al cuerpo maltrecho del arquitecto y, con un salto felino y desesperado, se precipitó hacia las sombras profundas de las galerías de servicio secundarias, huyendo de la luz que acababa de salvarle la vida al hombre.
El Científico quedó atrás, abandonado en la penumbra residual del sector inferior. A través de las grietas milimétricas de su visor destrozado, el sensor óptico principal captó el parpadeo ceniciento del nuevo día filtrándose entre el óxido. Su mente sintética, operando bajo un umbral crítico de errores, registró el dato con fría futilidad: había sobrevivido al colapso, pero ya no era un arquitecto intocable, sino tan solo un resto náufrago esperando a que la marea —o la próxima visita de la criatura— terminara el trabajo.