Camino a la locura - Segunda noche

En la fogata (03)

-Creo, padre, que nadie dormirá esta noche.

Todos asentimos nerviosos pero muy satisfechos por la increíble historia que nos acababa de relatar.

-Hija, son sólo invenciones. Pero que no te quepa la menor duda que jugar con esas cosas nunca depara nada bueno. Los pactos son tratos que se deben cumplir, y negociar uno con seres desconocidos traerá consecuencias desconocidas.

Mi mente divagaba al terminar de escuchar la historia, sin poder sacar las consecuencia que podría traer el decapitar a un animal con tus propias manos.

Pero ese sueño…

Mi hermano me pidió que lo acompañara a orinar a un costado del campamento. Luego de haber vaciado su vejiga, encontramos una hermosa libélula que revoloteaba afanosamente alrededor de nosotros. Mi hermano, entusiasmado, corrió tras ella.

Traté de detenerlo, pero algo me decía que lo dejara. Yo también había sido niño, y ese tipo de aventuras jamás se olvidan.

Y jamás se olvidaría.

Varios metros más allá, luego de perseguir durante un largo minuto a la libélula, mi hermano lanzó un grito que sólo yo pude oír, notando una gran sorpresa y miedo en él.

Al llegar a su lado, estaba de pie, con ambas manos tapando su boca, las que por la situación pude entender que trataba de contener las ganas de vomitar. Lamentando en voz alta dijo:

-Hermano, acaso eso es…

-Si -le dije -es la cabeza de un perro.

De pronto mi mente comenzó a dar vueltas y a recordar el sueño. Mi hermano corrió despavorido regresando al campamento, mientras yo me quedé congelado mirando la escena.

Era el mismo animal de la pesadilla.

Caminé unos metros más allá y pude encontrar el cuerpo. Ambos, cabeza y cuerpo, se encontraban en un temprano estado de descomposición, y la sangre los rodeaba en un considerable charco espeso y rojizo.

La voz dentro de mi cabeza reía al notar mi sorpresa y miedo, sabiendo el temor de transformarme en aquello que me había mostrado hace un tiempo.

Increíblemente, casi sin sentir asco ni pesar, tomé el cuerpo y lo arrojé al riachuelo que corría en las cercanías, haciendo lo mismo con la cabeza.

Me enjugué las manos en las frías aguas, teniendo un terrorífico deja vu mientras las miraba y vía cómo el agua colorada se deslizaba entre mis dedos.

Volví a reunirme con mi familia.

Mi hermano se encontraba abrazando a mi madre, y los demás se sobresaltaron al verme salir tan de repente de entre los árboles.

-¿Es verdad lo que dijo Bill?

-Si, mamá, un pobre animal estaba muerto más allá. Noté rastros de una gran pelea. Posiblemente un animal más grande lo haya asesinado.

Mi padre me miró, estudiándome. Sentía la desconfianza en sus ojos.

Finalmente me senté y mi hermana, para restarle tensión y angustia al ambiente, continuó con su siguiente relato, titulado:




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