El inicio del sendero
Hay caminos que no se eligen.
Son ellos los que te encuentran.
Ariann lo comprendió demasiado tarde.
La noche parecía no tener fin. El cielo estaba vacío, sin luna ni estrellas, como si el universo hubiera olvidado cómo iluminar aquel lugar. El aire era pesado, húmedo, y cada respiración resultaba pesada, como si el propio bosque intentara detenerla.
El sendero era estrecho, apenas visible entre árboles retorcidos que se inclinaban sobre él como figuras observando en silencio. Sus ramas crujían con el viento, produciendo un sonido suave... casi como un susurro.
Ariann avanzaba.
No sabía desde cuándo.
Ni hacia dónde.
Solo sabía que detenerse no era una opción.
Entre sus manos apretaba un pequeño relicario de plata. Estaba frío, pero su peso parecía aumentar con cada paso. No era un simple objeto. Era lo único que le quedaba de algo que su mente se negaba a nombrar.
De vez en cuando, la idea de regresar apareció como un eco lejano.
Pero desaparecía igual de rápido.
Detrás de ella no había nada.
Solo vacío.
Solo pérdida.
Un viento más fuerte atravesó el bosque.
Las ramas se agitaron con violencia.
Ariann se detuvo.
Entonces lo escuchó.
—Ariann...
Su cuerpo se tensó.
La voz no parecía venir de ningún lugar concreto. No era un eco. No era un recuerdo. Era real.
Giró rápidamente.
La oscuridad entre los árboles parecían moverse, pero no había nadie.
Solo niebla.
Respiró hondo.
Intentó convencerse de lo que había imaginado.
Pero la voz volvió.
Más cerca.
Más clara.
—Ariann... no temas.
El relicario vibró en su mano.
Frío y ardiente al mismo tiempo.
El bosque entero parecía contener la respiración.
Y entonces lo vio.
Al otro lado del sendero, una figura comenzó a formarse desde la oscuridad.
No caminaba.
Flotaba.
Su forma era inestable, como humo intentando recordar una silueta humana. No tenía rostro. No tenía rasgos. Solo una presencia que pesaba en el aire.
Ariann retrocedió.
—¿Quién eres? —preguntó.
El silencio respondió primero.
Luego la figura habló.
—Soy aquello que siempre ha estado contigo.
El viento se detuvo.
—Soy lo que dejaste atrás.
Las ramas crujieron.
—Soy tu sombra.
El bosque parecía cerrarse un poco más.
El relicario cayó al suelo con un leve tintineo.
La figura lo observó.
Como si lo reconociera.
Como si entendiera algo que Ariann aún no podía ver.
—Buscas respuestas —susurró la Sombra—. Pero toda respuesta exige un precio.
Ariann sintió un nudo en la garganta.
Sus piernas temblaban.
Aun así, no huyó.
Algo dentro de ella —antiguo, profundo, desconocido— la mantenía en pie.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
La Sombra no respondió de inmediato.
Luego habló, más suave.
—Que sigas el camino.
Y el sendero... pareció responder a esas palabras.
Ariann tragó saliva.
No confiaba en aquella presencia.
Pero tampoco podía ignorarla.
Recogió el relicario.
Lo sostuvo contra su pecho.
Y dio un paso.
Luego otro.
La Sombra avanzó en silencio a su lado.
El sendero se extendía más allá de lo visible, como una herida abierta en la noche.
Y Ariann comprendió algo que no podía explicar.
No estaba caminando hacia el Camino de Tinieblas.
El Camino de Tinieblas la estaba guiando a ella.
Editado: 09.07.2026