Camino de tinieblas

CAPITULO 3

El Guardián del Cruce

La neblina se cerró detrás de Ariann como si el mundo hubiera decidido olvidarla.

Cuando se volvió, ya no había sendero.

Solo vacío.

Un silencio espeso la envolvía. No era un silencio tranquilo. Era uno que parecía observarla.

El suelo bajo sus pies era distinto. Piedra oscura, fría, como si no perteneciera a ninguna tierra conocida. A su alrededor, el aire vibraba con una tensión invisible.

La Sombra permanecía a su lado.

Inmóvil.

Como si estuviera esperando algo.

Ariann avanzó con cautela.

Cada paso resonaba demasiado fuerte.

Demasiado vivo.

El espacio se abrió frente a ellos en un gran claro.

Y entonces lo sintió.

Antes de verlo.

La presencia.

-Tiene cruzado.

La voz no venía de ningún lado.

Venía del lugar mismo.

La niebla se asienta.

Y de ella comenzó a surgir una figura.

No apareció.

Se reveló.

Primero el bastón.

Luego el manto oscuro.

Después de la máscara agrietada.

El Guardián.

Su sola presencia hizo que el aire se volviera más pesado.

Ariann retrocedió un paso.

-Ya estás dentro del Cruce -dijo el Guardián-. Ahora no hay senderos que elegir. Consecuencias en solitario.

La Sombra no se mueve.

Pero su silencio se volvió más denso.

-¿Qué es este lugar? -preguntó Ariann.

El Guardián inclinó la cabeza.

-El punto donde las almas dejan de mentirse.

El viento desapareció.

Incluso el sonido pareció detenerse.

El Guardián tocó el suelo con su báculo.

Y el mundo respondió.

La tierra se quebró.

No como destrucción.

Sino como recuerdo.

De las grietas comenzaron a salir una niebla oscura.

Pero no era niebla.

Eran imágenes.

Fragmentos.

Voces.

Ariann sintió que el pecho se le cerraba.

Y entonces las vio.

Su madre.

Su hermana.

Su propia infancia.

Momentos que no deberían estar allí.

Momentos que dolían demasiado.

-No... -susurró.

Las imágenes se volvieron más claras.

Más crueles.

Más reales.

Un grito.

Una caída.

Un silencio que nunca debió existir.

Ariann cayó de rodillas.

-¡Basta! -gritó.

Pero el Cruce no obedecía.

El pasado estaba vivo aquí.

La Sombra habló por primera vez.

Su voz fue baja.

Fría.

-No puedes huir de lo que eres.

Ariann apretó los dientes.

Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso.

-No soy esto...

El Guardián avanzó un paso.

El suelo tembló.

-No eres lo que niegas -dijo-. Eres lo que recuerdas cuando todo lo demás desaparece.

El relicario ardió.

Un dolor intenso cruzó el pecho de Ariann.

Como si respondiera a las imágenes.

Como si las reconociera.

Respiró hondo.

Temblaba.

Pero no retrocedió.

Por primera vez, no cerró los ojos.

Miró.

Directo.

Sin huir.

-No puedo cambiarlo -susurró-. Pero tampoco voy a dejar que me destruya.

El silencio cayó.

El Guardián se detuvo.

La niebla se estabilizó.

Las imágenes dejaron de atacarla.

Como si algo hubiera cambiado.

La Sombra retrocedió levemente.

El aire se volvió más ligero.

El Guardián inclinó la cabeza.

-Entonces ya diste el primer paso fuera del pasado.

La tierra volvió a sellarse lentamente.

Las grietas desaparecieron.

El Cruce respiró... y se calmó.

Ariann se puso de pie con dificultad.

El relicario seguía tibio.

Vivo.

El Guardián la observará en silencio.

-Esto no ha terminado -dijo al fin.

Y por primera vez, Ariann entendió que el Camino no era una serie de pruebas.

Era una transformación.

Y ella apenas estaba comenzando.




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