Caminos entrelazados

INTRODUCCIÓN

Todavía recuerdo esa noche, una noche como otra cualquiera.

Había llovido aquella tarde, por lo que el césped de aquella antigua casa, igual que el resto, aún se conservaba húmedo. La brisa sacudía los árboles, ofreciéndoles un divertido baile nocturno que, desde pequeña, disfrutaba observar desde el cristal que separaba mi cuarto del exterior.

Aburrida, leía uno de mis libros preferidos tumbada sobre la superficie de la cama, cubierta con uno de mis pijamas preferidos cuyo estampado simulaba la silueta de Hello Kitty.

Mi habitación era como casi todas las habitaciones de los niños de temprana edad. En el sentido de “temprana edad” era por mi costumbre a pertenecer más a los ámbitos de los niños. Mientras que las niñas jugaban a ser perfectas, a cuidar bebés y muñecas de plástico, yo vivía por y para el desorden, el caos y sobre todo, para todo lo bueno que había experimentado con las enseñanzas de mi hermano mayor y mi padre.

La lluvia seguía golpeando los cristales, como si intentara colarse dentro. El aire olía a tierra mojada, y en el interior de aquellas cuatro paredes solo se oía el pasar de las hojas y el crujido del techo.

Todo estaba tranquilo cuando de pronto escuché un fuerte estruendo proveniente de lo que creía que se trataba el exterior. Por un momento rondó en mi cabeza la idea de que a mi madre, la mujer más torpe que había conocido en mi vida pero igual de entrañable y cariñosa cuando quería, se le hubiese caído algo en el cuarto de estar, o que mi padre, quién veía los partidos los sábados a la misma hora, hubiese armado un alboroto a causa de un gol repentino.

Volví a escucharlo.

No se trataba de nada de eso, ni siquiera del crujido de las ramas.

Fue más fuerte, más cercano.

Erguí mi cuerpo rápidamente y recorrí aquellas cuatro paredes con la mirada, en busca de algún indicio del causante. Al tornar la vista hacia mi derecha, divisé que la ventana se encontraba abierta.

Que raro… Juraría que la habíamos cerrado al entrar.

Me levanté avancé lentamente, con ese tipo de valentía que uno solo saca a la luz cuando la curiosidad mata al miedo. Estaba a punto de cerrarla cuando una voz rompió el silencio.

—Hace una noche estupenda, ¿no crees?

Puse una mueca al mismo tiempo que me alejaba del ventanal con los brazos cruzados. Las personas normales y corrientes saltarían instintivamente del susto, se les aceleraría el corazón de la sorpresa o bien caerían al suelo repentinamente por un infarto.

Yo no.

Ya estaba bastante acostumbrada a esas “bromas”, repetitivas y a la vez de mal gusto. Y en parte le tengo que dar las gracias al mundo del cine, que había sido de bastante ayuda ya que con el paso del tiempo dejé de tener casi temor por nada.

Me acerqué de nuevo, ahora con bastante indiferencia de la que podía haber tenido anteriormente. Refugié mis manos, frías por el cristal, bajo la sudadera y esperé a que la voz volviese a llenar la estancia.

La figura se asomó por el ventanal, abriéndolo de par en par y saltando desde el alféizar al suelo de madera, sonriendo como si acabara de hacer el acto más heróico del mundo.

—Ya no se puede hacer ni una mísera broma contigo, pecas —Musitó, dándome la espalda para cerrar las puertas de cristal.

—Puedo fingir que me asusto si lo deseas —ironicé a su vez —. Además, deberías de culparte a tí mismo por engancharme al mundo cinematográfico del terror. — reí, recalcando lo último en un intento de que sonase más divertido.

—Y hablando de cine… — comentó, sacando un viejo portátil cubierto de pegatinas que guardaba siempre en su mochila llena de pines de Superman. —¿A quién le apetece ver una película? He oído que hay una segunda parte de La Llorona y estaba reservándola para verla contigo.

Puse los ojos en blanco.

—Qué caballeroso por tu parte.

Él se abalanzó sobre el colchón como si fuese el último trozo de tarta en una fiesta de cumpleaños , haciendo que yo rebotase directamente al suelo, pero por suerte para mí caí de pie. Lo observé buscando la portada como un poseso en una página web, mientras que yo me alejaba hacia la pared de la izquierda, en donde tenía colocado unos de mis pósters favoritos de Tarantino, entre otros, y el cual a mi madre nunca le había llamado la atención. Tomé un extremo y tiré lo suficiente de él como para levantarlo y dejar visible un pequeño hueco en la pared, donde escondía todos aquellos tesoros que no quería que me pillasen sin permiso.

Entre ellos, golosinas.

Cuando el vídeo ya se descargó, me dí la vuelta, apagué las luces y ambos nos acurrucamos entre los cojines para ver mejor la pantalla.

Pasó media, como mucho una hora, pero yo no estaba atenta a ello. No había prestado mucha atención en todo este tiempo, sobre todo aquellos últimos diez minutos. Estaba demasiado ocupada contemplando su cabello, y cómo mis manos jugaban a enredarse en él.

Siempre iba despeinado, aunque ciertamente le sentaba de maravilla.

Mientras tanto, él continuaba poniéndo toda su atención en el espectáculo audiovisual, con un puñado de gominolas metidas en la boca y acostado sobre mi regazo.

—Como se nota que en cualquier momento aparecerá por el pasillo… —rompí el silencio con la intención de que aquel comentario le molestase.

Colocó su dedo índice sobre la comisura de mis labios en señal de silencio, sin apartar la vista de la escena. Y, efectivamente, la mujer cubierta por un velo apareció del mismo modo que lo había predecido.

—Joder. —murmuró para sí, aunque era difícil de escuchar entre mis carcajadas de fondo. Pero poco duraron al ser interrumpidas en el momento que vi volar un cojín que dió de pleno en mi cara. Ahora quien reía era él.

Habían pasado veinte minutos desde nuestra última pelea de cojines. Esta vez interrumpí su gran momento de incertidumbre al estornudar y, por más ridículo que sonase, aquello hizo que me replanteara volver a estornudar en mi vida. Terminé en el suelo, con un paquete de mis regalices de Coca-cola, que tanto me gustaban, enredadas por todo mi pelo. Sin embargo, no debió de importarle demasiado mis quejas sobre el tiempo que me transcurriría sacarme todo el azúcar derretido y pegajoso de la cabeza, pues observé desde el plano bajo del suelo cómo abría un paquete de patatas y retomaba la película por donde se había perdido.




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