Caminos entrelazados

Capítulo 1: Un despertar diferente.

(Pip-pip, pip-pip…)

Alargué el brazo sobre la mesilla, buscando mi móvil, perezosa.

—Maldito cacharro… —vociferé, incorporándome con un suspiro.

Me calcé con mis pantuflas con estampado de lacitos azules y caminé con cautela en medio de la oscuridad hasta que agarré las cortinas, dándo un fuerte tirón para separarlas y que de ese modo entrase luz.

Abrí con torpeza la puerta de mi cuarto, recorrí el pasillo y me introduje en la cocina.

Como casi todos los días, o al menos en los que despertaba demasiado perezosa como para preparar un buen desayunó, me conformé con un bol de cereales de chocolate y un zumo de manzana.

Pasé la mano por la cara, suspiré y agarré la cuchara.

Contadas, habían sido dos la veces las cuales había tenido el mismo estúpido sueño en una semana, y era mejor no hablar del resto del año.

Habían pasado como 5 años y medio desde la última vez que lo había vuelto a ver.

A esa edad apenas tuve móvil ni redes sociales. No me llamaban mucho la atención ya que pasaba casi todo el día fuera de casa con mis amigos o simplemente nunca llegué a interesarme por ello.

Recuerdo que mi madre, preocupada de no poder comunicarse conmigo, me mandaba el teléfono fijo de la casa dentro de mi mochila en caso de que hubiese cualquier emergencia. Sin embargo, yo nunca me percataba de su presencia.

Tampoco tenía su número, ni recordaba el de sus padres. Llegué a preguntar en casa por ello pero lamentablemente no había ni rastro del maldito número. Llegué a pensar, con el paso del tiempo, en si tenía algún dato de él, como el correo electrónico u otros métodos que consiguieran ayudarme a localizarlo. Pero no había nada. Nada de nada.

Supongo que cuando eres pequeño no te detienes a pensar en todo ello, en lo que pueda ocurrir con el paso de los años. En lo que te puede acabar deparando el futuro.

Yo, sin embargo, no tuve oportunidad de recapacitar sobre un “qué pasaría si…” antes de nuestra separación.

Solo la tuve una vez.

Una triste vez.

Y lo peor fue que llegué a pensar que seguiríamos juntos.

Para siempre.

Como le prometí.

Así que nada. No quedaba absolutamente nada de él.

Tan solo unos lúcidos recuerdos y, bueno, una foto.

Una pequeña fotografía que nos habíamos tomado en el viejo lago, con una de sus cámaras instantáneas. Podía apreciarse lo vieja, pero bien conservada que estaba, pues la había estado llevando conmigo desde siempre, durante los viajes y mudanzas. Y con mudanzas me refiero a hace un año, cuando finalmente decidí dejar mi casa y trasladarme a la ciudad para continuar con los estudios en la universidad.

Dejé el bol vacío en la pileta y me adentré en el pasillo, parándome justo en la primera puerta a la derecha. Claramente, mi talento especial era hundirme en nostalgia a la hora del desayuno.

Aunque era sábado, no me permití el placer de dormir más de las diez. Eran ya las once, así que decidí abrir aquella puerta situada delante de mí.

—¡Buenos días, bella durmiente! —musité en un tono elevado de voz, apoyada sobre el marco de la puerta por la cual se accedía al cuarto de Melissa.

—¡Cinco minutos más! — suplicó ella, metiendo la cabeza entre las sábanas rosas de estampado floral al notar la luz entrar por la ventana. Me acerqué hacia las cortinas para abrirlas aún más y que la luz entrase de golpe.

—¡Aubrey! ¿Cuántas veces te he dicho que no abras las cortinas?

Solté una carcajada al escuchar aquel berrinche, casi inaudito a causa del muro de sábanas y cojines que se había instalado encima de su cabeza para impedir el paso a la claridad.

Conocí a Melissa poco después de mi aparición por la ciudad.

Ella buscaba piso pero no adoraba la idea de vivir sola, y yo, bueno, en aquel entonces escaseaba de dinero.

¿A quién se le ocurre mudarse sin un centavo?

Pues a mí, claramente. Pero gracias por recordármelo, querida conciencia.

La verdad es que desde pequeña siempre me había gustado la idea de improvisar, incluso cuando no debía. Ojalá aquello valiera para toda la vida.

Puede que no fuese una de las mejores salidas, pero me solía sacar de bastantes apuros.

De absolutamente todos se podría decir…

De hecho, si no hubiese sido por ello, no habría conocido a Melissa.

Encajamos al instante, desde el primer momento. Sin embargo, teníamos muchísimas diferencias.

Mel era la típica chica moderna que podía salir perfectamente a tirar la basura como si fuese a una gala.

Adoraba las fiestas si eso implicaba ponerse mona y salir a bailar. Además, su personalidad encajaba a la perfección con su aspecto y su ser; chica medianamente baja, de cabellos rubios veraniegos, la mar de alegre y, sobre todo, una de las personas más intensas que había conocido nunca. Un día con Mel siempre acababa siendo una nueva aventura.

En cambio, yo, bueno… La mayor parte de las veces optaba por quedar en casa haciendo algún plan sumamente tranquilo. Y, sin embargo, si me proponía salir de fiesta, habrías dado por perdido sacarme de ella.

¿Te acuerdas de aquella vez en el lago que…?

¿Eh? No, no. No recuerdo nada… Déjate de cuentos.

Respecto a mi forma de vestir, siempre intentaba salir de casa lo más arreglada posible, pero desgraciadamente me veía a mí misma como si hubiese salido de la película de Pretty Woman, siendo la Julia Roberts que necesita un cambio de look, pero que nunca lo obtenía.

La última vez que salí de casa para ir a una cena con un grupo de clase, me detuve tanto tiempo enfrente del espejo que casi echo a llorar al verme, diez minutos después, tirada en el suelo por haberme caído de bruces, a causa de tropezarme con la esquina de uno de los sillones que hay en el salón.

De pequeña no te ocurrían estas cosas.

Ahórrate las opiniones, querida amiga.

—¡Meeel! —casi soné a súplica.




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