Caminos entrelazados

Capítulo 2: La cena de los mil fastidios.

—A ver… Aquí pone tomate frito, perejil…

—Déjame ver — agarró el pequeño trozo de papel arrugado y lo observó por un momento —. Qué inutil, ni siquiera has anotado pasta, que es lo esencial.

—Obviamente no lo iba a anotar. Fue la principal razón por la que vinimos. —puse los ojos en blanco al ver que ignoraba completamente mis palabras.

Era por la tarde. Nick y yo habíamos pasado todo el día hablando de lo horrible cocinera que era, solamente porque le había contado una historia.

¿Que la historia iba de mí preparando unas magdalenas? Sí.

¿Que al final de la trama casi hago arder toda mi casa? También, aunque eso último no fuese del todo cierto. La realidad había sido que, mientras dejé la bandeja en el horno, mi hermano Jonathan apareció por la puerta y comenzó a meterse conmigo, como de costumbre. Consiguió que en menos de cinco minutos me hartase tanto de él, que lo perseguí por toda la casa. Y cuando volví a la cocina…

Creo que se deduce lo que ocurrió al final.

Pero Nick había dejado de escucharme, pues le pareció mejor idea reírse de mí mientras metía pequeños tarros de especias dentro del carrito.

—¿Queda por comprar algo más? —omití por un momento que seguía riéndose entre dientes.

—¿El qué? —preguntó confundido, haciendo un recuento mental de todo lo que habíamos cogido.

—Ya que estamos aquí, deberíamos de aprovechar y comprar lo que os pueda faltar en casa.

Él sonrió. Hice un ademán de poner los ojos en blanco.

—Deberías de venirte a vivir al piso.

—Para nada, estoy estupendamente con Mel.

—¡Oh, vamos…! — casi pude ver que hacía un pequeño puchero detrás de mí, cuando alcé la mirada hacia una de las estanterías —. Podemos hacer un pequeño intercambio. Mandamos a Aiden a vivir con su novia y así te quedas conmigo.

Suspiré al girarme y ver su amplia sonrisa. A veces era como un niño pequeño. Incluso siendo más mayor que yo, a menudo se comportaba como si no lo fuese.

—No, gracias. No me apetece ser asesinada por la noche —fingí una mueca de preocupación.

—Vives con Melissa, no te debe de importar tanto.

Le dí un codazo y él volvió a reír. Fingí estar concentrada en memorizar lo que teníamos que llevar, pero resultaba difícil estando con él.

—¿Podemos comprar chocolate? —vi que se paraba con el carrito al lado de la sección de dulces, y me miraba con ojos de cachorrito triste.

—Es tu casa. Haz lo que quieras.

—¿Siempre eres tan seca?

—Depende del día.

—Ya veo —puso los ojos en blanco, agarrando sin dificultad cuatro tabletas de chocolate con leche.

Llegamos a la cola para pagar. Retiré lo que había escogido y lo coloqué sobre la cinta.

Volteé hacia atrás y busqué con la mirada a Nick. Vi que se acercaba y, por desgracia, no llevaba las manos vacías.

—¿Gominolas? —enarqué una ceja.

—Exacto. Y helado, palomitas… —sonrió divertidamente.

—¿Cómo puedes comer tanto y tan mal? —suspiré —. Y aún así ni siquiera engordas.

Le dediqué una mirada de fastidio. Él me observó con una expresión curiosa, sacando de la cartera un billete.

—Lo dices como si pesaras cien kilos.

—No peso cien kilos —murmuré.

Ignoró por un momento la conversación cuando mostró una sonrisa amable hacia la cajera y agarró la bolsa. Pasó por mi lado, saliendo al exterior. No pude evitar mirar con el rabillo del ojo a la chica que vestía con un uniforme de camisa blanca, que desprendía un aroma floral que inconscientemente me provocó arcadas. Parecía haberse quedado embobada mirando a Nick. Puse una pequeña mueca y seguí a mi amigo.

Avanzábamos por las calles, ya iluminadas por las farolas aunque estas no hiciesen falta por el momento. Llevaba una bolsa entre mis dedos. Nick se las había apañado para encargarme la que menos pesaba, y él, mientras tanto, cargaba con las dos restantes a ambos lados.

—¿Te…has fijado en esa chica? —mascullé. Abrí los ojos al instante en que me percaté del modo en que lo había dicho, y de la forma repentina en la que apretaba el plástico de la bolsa en un puño. Pensé a toda velocidad cómo remendar el desastre —. Parecía estar a punto de babear mientras te miraba.

Intenté disimular, y agradecí su manera distraída de ser por un momento. Él entornó los ojos con un reflejo de indiferencia a la vez que notaba sus pasos, ahora más rezagados. Dedicó unos segundos a mirarme, casi como si me analizase entera. Eso consiguió, de alguna manera, hacerme sentir un nudo en el estómago. Bajé la mirada al instante, intentando parecer desinteresada ante mi pregunta, como si sólo se tratase de una de nuestras pequeñas bromas. Agarré el borde del jersey con la mano libre y mantuve la mirada fija sobre los coches que pasaban.

—No es mi tipo — mi cuerpo se destensó, aliviado.

—Pues era bastante guapa.

Me arrepentí al instante de haber empezado aquella conversación.

¿Porqué me sentía agobiada con el simple hecho de pensar en ello? No entendía porque me hacía sentir incómoda. Pero tampoco me esperaba aquella reacción por parte de Nick. Sin embargo, mi interés creció a medida que hablaba. A veces odiaba ser tan cotilla.

—¿Y cuál sería tu tipo entonces?

La pregunta lo pilló igual de desprevenido que a mí, supongo. Pues rezagó aún más el paso, volviéndose hacia mí con cierto desconcierto. Me observó durante un corto periodo de tiempo, pero me sentía tan avergonzada que el tiempo parecía no pasar. De repente había cambiado de expresión a una más burlona, y supe de inmediato mi error de no haberme callado la boca.

—¿A qué viene la pregunta, torbellino oscuro? —sentí que mis mejillas se calentaban al observar que contenía una risotada.

—A nad… ¿Cómo me acabas de llamar?

—Lo que oyes.

—¿Y se puede saber porqué demoni…?

—Me he dado cuenta de que siempre acabas despeinada, como un torbellino —sonrió, agarrando todas las bolsas con una mano solo para despeinarme más. Noté cómo mis mejillas se calentaban de la vergüenza —. Y aún no me has respondido.




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