Caminos entrelazados

Capítulo 3: Es necesario parar

—¡Aubrey! Dile a Aiden que estoy ocupada. —gritó Mel desde el cuarto de baño.

Cronometré el tiempo, llevaba ahí metida cuarenta minutos.

Me tomé la libertad de coger su móvil al ver que vibraba encima de la mesa. Descolgué y lo aproximé a la oreja.

—Soy Aubrey —interrumpí las quejas de Aiden sobre la hora que era.

—¡Ah, Aubrey! ¿Melissa sigue…?

—Sí. Y, por lo que sé, aún le queda un buen rato —escuché un suspiro desde la otra línea —¿Sabes? A veces no entiendo cómo la soportas como novia.

Alcé un poco la voz, lo suficiente como para saber que el plan había funcionado. Ambos escuchamos las quejas de Mel provenientes del baño.

Fuimos invitados a una fiesta en una de las fraternidades donde vivían unos cuántos amigos de Nick y Aiden. Me encontraba esperando en el salón, repiqueteando los dedos contra la parte trasera del móvil y mirándome los pies, calzados con unos pequeños tacones plateados.

Entre tanta ropa, había optado por ponerme finalmente uno de los vestidos que Phoebe, mi antigua amiga del instituto, me había regalado semanas antes de mudarme. El vestido era de un tono rojo apagado, de tirante ancho y falda larga, ajustado por la zona de la cintura. Lo que, a mi parecer, me quedaba estupendo aunque pensase que el rojo no me favorecía en absoluto.

Me llegó un mensaje de los chicos, quienes no tardarían en llegar.

La única faltante era Mel. No exagero en absoluto si confieso que tardó veinte minutos en elegir el conjunto adecuado, pues cada prenda que había sacado anteriormente del armario la lanzaba a mi cara negando con la cabeza.

Rato después —que me pareció una eternidad —timbraron a la puerta. El dúo dinámico se había presentado por fin en la casa.

—Hola chicos —saludé, dejándoles paso hacia el interior.

Ellos asintieron con la cabeza. Nick me dedicó una amplia sonrisa. Casi pude notar la forma con la que me miraba, de pies a cabeza. No parecía importarle en absoluto que me diese cuenta.

Aiden, mientras tanto, pasó una mano por la nuca y miraba la hora de vez en cuando.

—¡Melissa! —gritó al final —¡Si en cinco minutos no estás en la puerta, nos iremos sin tí!

Aguanté las ganas de reír. Nick, sin embargo, ni lo intentó.

—¿Cuánto tiempo le lleva arreglarse a Blancanieves? A este paso todos caeremos en letargo.

Me rendí al instante. Solté una enorme carcajada ante aquel comentario, siendo Nick el siguiente en reaccionar. Pasó un brazo por encima de mis hombros y se secó una pequeña lágrima, intentando calmar las ganas de echar otra risotada.

—¡Si en dos minutos no sales, dejaré que tu noviecito hable con otras chicas y no habrá nadie que lo impida! —añadió.

Y en efecto, ella apareció dos minutos después correteando por todo el piso.

—Así no se puede tratar a una dama —bufó.

—Llevas dos horas en el baño —enarqué una ceja.

— Bueno… ¿Nos vamos? —Nick puso los ojos en blanco.

—Sí por favor —suspiró Aiden, casi histérico.

Nick buscaba aparcamiento. Yo, sentada de copiloto, me limité a observar por la ventanilla cómo la gente se adentraba a lo que parecía ser una especie de casoplón de ladrillo rojizo y grandes ventanales blancos, cuya entrada adoptaba tener la forma de una rotonda cubierta de setos. El coche rodeó aquel jardín, y pude divisar más de cerca que a ambos lados crecía un hermoso césped, adornado de esculturas y plantas florales.

Era grande. Muy grande.

Ahí dentro cabría dos o tres veces la casa de mis padres.

Entramos por unas puertas dobles de cristal, sin problema, pues allí todo el mundo se veía bastante despreocupado de quien pudiese entrar. La sala —o como pudiesen llegar a llamar aquello — estaba decorada con varios sofás y sillones, todos ocupados por gente que no había visto nunca. Los pasillos se volvían bastante complicados de pasar. La pareja había desaparecido. Nick debió de verme tan pérdida en medio de la gente, pues agarró mi mano y me dedicó una pequeña sonrisa relajada. Poco después nos encontrábamos haciendo un pequeño tour, guiado por Nick, mientras saludaba a personas aleatorias que se acercaban a charlar con él. Me parecía extraño que llegase a conocer a tanta gente y, sin embargo, podía ser lo más normal del mundo si se trataba de él.

Pasado un rato, me encontraba a mí misma en la barra de la cocina sirviéndome una cerveza como si estuviese en mi propia casa. Había avisado a Nick antes de caminar por mi cuenta entre la multitud.

Él, como en la mayor parte de los casos, frunció el ceño pero accedió.

— Aburrida, ¿verdad? — escuché de pronto una voz detrás de mí. La chica, quien parecía alcanzar más de los diecinueve, se dejó caer en un taburete a mi lado.

—Un poco —asentí con una sonrisa tímida. Llevé la vista de nuevo hacia mi bebida y carraspeé antes de hablar de nuevo —. Soy Aubrey.

—Valentina.

Continuó su presentación levantando la copa con una ligera sonrisa, mientras que me analizaba muy detenidamente. Me fijé en su cabello cobrizo y en lo bien peinado que lucía.

Aunque al principio me puse muy nerviosa, resultó que Valentina era súper agradable. Me contó que estudiaba medicina. Y aunque no lo pareciese, le pegaba un montón. Además, vivía en el centro, por lo me sentí agradecida al momento de poder tener una nueva amiga cerca.

—¿Y qué hay de ti? ¿Qué estás estudiando?

—Pues… — mis mejillas enrojecieron cuando sentí que las palabras no venían a mí.

Había pasado tantos años buscando una alternativa, algo que me apasionara. Pero, sin resultado, decidí optar por seguir con los estudios hasta encontrar mi algo. Esa también era la verdadera razón por la que me había mudado. Debo de admitir que, antes de haberlo decidido, había estado muy nerviosa por ello. Nunca antes había estado tan lejos de casa. Sin mi familia, mis amigos y amigas. Y bueno… De Jack.

Jack era una razón más por la que quedarme en aquel lugar. Cuando se marchó de mi vida, pensé que podía haber sido una razón por la que yo también tendría que emprender un nuevo comienzo.




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