Es la época en que viendo hacia atrás y si te habías puesto una meta para tu vida, solo puedes decir dos cosas: “lo logré” o “no me acuerdo”
Es, no querer pasar por el departamento de cosméticos en los almacenes, porque las vendedoras no cesan de ofrecerte cremas para “tu edad, y ese tipo de piel, con antiarrugas, colágeno y no sé qué cosas más”
Es cuando te ves, pidiendo ayuda para subir gradas porque te comienzan a doler las rodillas y no sabes por qué.
Es cuando, te das cuenta que ya no paras el tráfico por lo buena que estas, sino porque “a veces” te cuesta correr para cruzar la calle.
Es, cuando un día y de la nada te despiertas llorando y no sabes por qué, pero ese día amaneciste triste y ni siquiera puedes decirte a ti misma por qué razón.
Es, cuando te das cuenta que ya no tienes 15 años, pero tampoco eres anciana y te dices… entonces estoy justo en medio… ¿pero de qué?
Es, cuando en tu cumpleaños, no quieres que en tu trabajo se acuerden, porque pueden causar un incendio… ¡colocándole las 50 velas al pastel!
Es cuando, si es que la vida no te ha dado nietos, cada vez que tu hijo te dice “madre quiero hablar contigo”, sientes que se te sale el corazón o te desmayas.
Es cuando vas al banco y ves las largas colas hacia las cajas y quisieras ser de la tercera edad para acudir a esa ventanilla, aquella en la que atienden rápido pero, cuando ven tu documento te dicen: “no señorita usted esta joven aún”
Bueno… creo que eso es para mí ¡tener cincuenta años!