Caminos Trazados

RAFAEL Y CANELLO

Canello, había sido el regalo de despedida de la mamá de Rafael, justo antes de que ella muriera. María había padecido de bronquitis desde pequeña y de pronto, joven aún, cuando su hijo Rafael tenía 8 años de edad, su enfermedad empeoró convirtiéndose en neumonía.

Ella, sintiendo su fin cerca, envió a su esposo por un perrito para su hijo, pues no quería que su hijo sintiera tanto su partida y, aunque obviamente, no era lo mismo una madre que un perro, la fidelidad y el cariño de ese animalito, a la edad en que se encontraba Rafael; ella pensaba que serían clave para mitigar un poco su dolor.

Canello, que así lo bautizó Rafael por su color café rojizo, amó al niño desde que lo vio. Pablo el padre de Rafael, le había llevado a Canello, justo en los momentos en que María agonizaba por su grave enfermedad. Pablo acompañaba a María, tomando su mano en esos momentos hasta que ella ya no respondió. El, bañado en lágrimas y con un nudo en la garganta, sintiendo que un poco de su vida se había ido con María, de pronto se puso de pie junto a la ventana, metió las manos al bolsillo y se puso a observar lo único que le quedaba; su hijo. Rafael jugaba con Canello en el patio trasero de la casa, corrían como locos riendo y gritando. Canello lo perseguía colgándosele de los calcetines y Rafael reía a carcajadas. El pequeño aún no se enteraba de la enorme pérdida que acababa de sufrir.

Así Rafael de 8 años y su querido perro Canello de 3 meses, crecieron juntos.

En el pueblo todos los conocían y admiraban esa linda amistad entre el muchacho y su perro. - Pronto llegó el día en que Rafael debía ir a la Universidad, pues ya contaba con 17 años cumplidos y Canello sobrepasaba ya los 15 años. Rafael sabía que a su viejo amigo le quedaba poco tiempo, pues ya no corría ni jugaba y se pasaba el día entero recostado en su mantita, junto a la cama de Rafael.

Pronto llegó el día en que Rafael debía irse a la ciudad, iba a estudiar Veterinaria, por el mismo amor que les tenía a todos los animales. - Ese día; Rafael se encerró en el cuarto con Canello a hablar, lo miró a los ojos, besó su frente peluda…y le dijo: “Canello mi amigo, debo irme a estudiar, pero no te abandono, debes cuidar de mi padre que ya está viejo y necesita compañía, debes cuidarlo, pórtate bien y síguelo como lo has hecho conmigo todos estos años” …. Canello, con abundantes canas en su hocico, sólo miraba fijamente los ojos de Rafael y giraba su cabecita, como en signo de interrogación, quizá se decía…. “bueno y tú para dónde vas, por qué no me llevas?”. – Llegado el momento, el tío de Rafael pasó por Rafael para llevarlo a tomar el tren rumbo a la ciudad. Canello… cuando escuchó el vehículo, paró sus orejitas y se le quedó mirando, sentado en la puerta del frente de la casa…. Con una mirada triste, giraba y agachaba su cabecita, con los ojos vidriosos y una mirada interrogante en su rostro. Después vio como Rafael se subía al auto y partía. Antes de subirse al auto, Rafael se le acercó a Canello, lo acarició y le besó la frente… Canello sólo se echó sobre sus patas delanteras y bajó la mirada… era como si Canello entendiera la situación.

Rafael, desde la Universidad le hablaba muy seguido a su padre, para saber de él y de su amado perro.

Una semana después de que el chico hubiera partido a estudiar, Rafael llamó a su padre. Su padre escuchó y miró el teléfono con miedo, lo dejó sonar muchas veces, como si deseara que ya no lo hiciera más; sólo pensaba cómo le daría la noticia a su hijo. Rafael insistentemente marcaba una y otra vez, hasta que su padre se atrevió a contestar. Hubo mucho silencio en la llamada. Pablo contestó y Rafael en tono bajo y reposado le dijo a su padre: “si ya se papá, mi viejito Canello ha muerto…”- Pablo le dijo: “Pero hijo…. cómo lo supiste? - Rafael sólo pudo responder entre sollozos: “papá Canello vino a despedirse de mi anoche, sentí que se acostó en mi cama, justo como lo hacía cuando era niño, a mis pies, sentí su respiración y hasta su último suspiro; sólo te llamaba para pedirte que lo entierres junto a la tumba de mi madre” – “Pero hijo”: alcanzó a decir Pablo. Rafael sólo le dijo: “padre por favor, es lo único que te pido”.

Ahora, junto a la tumba de María, hay una pequeña tumba, del tamaño de la de un bebé que en su pequeña lápida dice: “Aquí descansa mi fiel amigo, Canello… él ahora cuida de mamá”.




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