Caminos Trazados

COOCIENDO A UN FAMOSO

Era un día de otoño, desde la ventana de mi cuarto observé como las hojas de los árboles caían suavemente al son del viento que las llevaba al suelo, la variedad de colores que observé iban desde amarillos, naranjas rojizos y hasta uno que otro color ocre; algunas hojas ya marchitas y secas, las que habían caído al inicio de la estación, formaban la primera capa del suelo alrededor de los árboles.

Observé como un niño atravesaba el parque de en frente, con su bicicleta. El viento de la época, hacía que su cabello se agitara tan suave y de una manera casi armoniosa. – Observaba a través de la ventana, mientras sentada frente a mi tocador y el closet abierto, pensaba ¿qué ponerme?, ¿cómo arreglarme?, ¿qué zapatos iban bien con este o aquel vestido? ¿Usaría el estampado o mejor el rojo? – No me decidía - El maquillaje definitivamente debía ser suave, pues era de día y el sol estaba en su mejor posición. – ¡Estaba tan emocionada!; no dejaba de pensar, si era cierto lo que vivía.

Mientras, en la esquina de mi habitación, y sobre la cómoda, a la par de mi cama, un reproductor de sonido tocaba mi canción favorita: “Señora de las Cuatro Décadas”.- Después de tanto pensar y combinar mentalmente entre vestido, maquillaje y zapatos; me decidí por el vestido verde de seda, que caía libremente sobre el cuerpo, sin ajustes, ni tirantes incómodos, con los hombros y espalda semidesnudos. Ya vestida y maquillada, parada frente al espejo, cerré los ojos y escuché: ”……. siente las mismas cosquillas que sintió hace mucho más de veinte……”. - Así, justo como me sentía ahora, esas cosquillas o mariposas en el estómago, como si tuviera quince años de nuevo.

Habíamos quedado a las doce del mediodía en punto; no quería llegar tarde, pero tampoco tan temprano. Él, había ofrecido pasar por mí, pero no acepté, el restaurante quedaba tan sólo a unas cuadras de mi apartamento y yo quería caminar y sentir esa brisa otoñal, quería disfrutar del paisaje, que, en esa época para mí, tenía un encanto fascinante.

– Por fin llegué, subí los cuatro escalones y el portero del restaurante me abrió amablemente la puerta, cuando le di mi nombre, me acompañó a la mesa previamente reservada.

El, aún no llegaba, me senté y pedí al mesero un agua mineral, no quería que me encontrara bebiendo un trago de ningún tipo, al fin y al cabo, no era algo que me agradara del todo.

Sentada, sola en la mesa, en aquella esquina, observaba el restaurante y su decoración. Era un lugar muy acogedor, con tenues luces, cortinas de color marrón y amarillo, mantel blanco y lámparas de madera en forma de esfera que, en su interior, con el foco amarillo, brindaba un reflejo de color rosa.

Mis pensamientos, entre lo bello y acogedor del ambiente, divagaban con el encuentro que se aproximaba ¿cómo llegaría vestido?, ¿formal o informal?, ¿sobre qué versaría la plática?, ¿le agradaría mi vestido, o cómo llevaba mi cabello sobre los hombros? Pensaba y pensaba tantas cosas.

Repentinamente, mientras observaba las lámparas sobre la mesa, mi mirada bajó suavemente, para encontrarse con la suya. Ya había llegado y apenas, me había dado cuenta. Su mirada, esa mirada que me devoraba, al punto de sentir, que mi piel ardía como si quemara.

Lo observé, ambos sosteníamos la mirada, callados, no nos saludamos, sino que sólo me sonrió y dio media vuelta alrededor de la mesa, tomó mi mano y la besó suavemente. Cerré los ojos, queriendo guardar ese instante, para que durara el resto de mi vida, y solo pude decir: “Ricardo”, de pronto abrí los ojos.

Yo estaba en mi cuarto, ¡me había quedado dormida con la televisión y el DVD encendido! El concierto de Ricardo Arjona se repetía una y otra vez……. todo, había sido sólo un sueño.

Un sueño nada más.




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