Caminos Trazados

LA HISTORIA DE ADELLE

Los 4 policías llevaban ya una hora tocando a la puerta del 504 en la Avenida Lizzy, donde vivía una anciana con cinco perros y un gato; todos rescatados de callejones, casas abandonadas o debajo de las llantas de autos y camiones. – En el barrio la conocían como la vieja de los perros: donde era muy querida, pues desde muy temprano en la mañana, amanecía regando su jardín, podando las plantas y recortando las rosas, que las tenía de todos los colores. Su rutina estribaba en el jardín de su casa, la limpieza de los patios y jardines y luego se recostaba en su hamaca a leer un libro, pues, aunque rondaba ya los ochenta años; tenía la vista de un águila.

Aquellos policías la conocían de años, era Doña Adelle. Ella, aunque era conocida como una anciana muy dulce y calmada, aunque si se le provocaba podía ser una fiera. Entonces, estaban en un aprieto, pues no sabían si tirar a la puerta o llamar a los bomberos. Habían sido llamados por los vecinos, pues reportaban no haberla visto en días y de la vivienda provenía un olor fétido.

Lógicamente todos pensaban lo peor, ya que ella vivía sola desde que sus dos hijos partieron al extranjero, cada uno por su lado. Javier se había ganado una beca para Islandia y Daniel y el menor se había casado al terminar su carrera de Psicología y se había ido a vivir con la familia de su mujer hasta Bélgica. Hacía aproximadamente 8 o 10 años, que nadie sabía de ellos en persona, aunque la anciana juraba que sus hijos le enviaban dinero y se comunicaban con ella semanalmente. Sin embargo, según los vecinos, hacía aproximadamente 4 días, que de la vivienda emanaba ese olor tan peculiar y horrible.

Gabriel, el supervisor de policía que andaba en el grupo tomó la decisión de tirar la puerta, pues ya tenían mucho tiempo tocando, y era extraño que ni los perros salían a ladrar. El gato que por las tardes acostumbraba a hacer su siesta en el pórtico de la entrada, no se había visto en varios días. Toda la escena en sí, daba para pensar lo peor.

Por fin, entre los cuatro decidieron, antes de tirar la puerta, probar un conjunto de llaves que cargaban en la patrulla policial; de las cuales, una logró abrir la puerta con éxito. Al abrir, el olor fue insoportable; tuvieron que taparse con mascarillas que guardaban en la patrulla, antes de poder ingresar a la vivienda.

Caminaron por la sala y el comedor, hasta llegar a la cocina donde había una tetera a la cual ya se le había secado el agua, y el olor que se sentía en el ambiente, era una mezcla de olor a muerte y gas. ¡Seguramente la llave del gas, en la cocina había estado abierta, hacía días! - Habían recorrido la casa, los patios y los jardines y ni una señal de la señora, era demasiado extraño todo, pues tampoco habían visto a los seis animales que siempre la acompañaban. - En el recorrido les llamó la atención que las tres habitaciones de la casa estaban cerradas. Aunque ellos sabían muy bien cuál era la habitación de Doña Adelle. – Se acercaron sigilosamente, pues el olor era más fuerte cada vez, hasta que abrieron la puerta de la habitación de ella, y casi de inmediato, todos retrocedieron ante la escena que tuvieron a la vista.

En la mecedora que se encontraba frente a la ventana, estaba Doña Adelle, con los ojos abiertos y una mirada vacía, con un obscuro color azul violeta alrededor, su piel estaba completamente pálida como la leche, sus manos reposaban en la mecedora, y su cabeza suavemente girada hacia la izquierda, como si mirara fuera de la ventana, sus ojos, esos ojos que en su juventud habían sido café claro como la miel, ahora se miraban de un gris traslúcido y con un vacío típico, de cuando el alma ha abandonado el cuerpo, una mirada opaca. Había quedado dibujada en su rostro, una sonrisa de tranquilidad, una sonrisa de paz. Era como si hubiera muerto sonriendo y sin darse cuenta.

A su alrededor, y como rindiendo tributo, estaban los cinco perros acostados a su alrededor y, el gato acostado en su regazo. Sus mascotas, aquellas que tanto había amado, no la habían abandonado, habían aguantado hambre y sed, tal vez muchos días. Habían permanecido fielmente junto a su ama, hasta la muerte.

Gabriel es el primero en entrar, pues todos han observado la escena desde la puerta de entrada. Al entrar se percata que el teléfono celular de Doña Adelle, había caído al suelo desde su mano derecha, y se encuentra bajo uno de los perros. Gabriel lo levanta y observa que el aparato está apagado, quizá descargado ya, después de tantos días. En su mesa de noche el cargador. Gabriel lo conecta y lo enciende; al revisarlo puede observar que la última persona con quien ella habló, fue su hijo Javier. Después no había mensajes, ni llamadas perdidas, y la llamada había sido cuatro días atrás. Justo el tiempo, en que los vecinos reportaban no haberla visto más.

Poco después, llega la ambulancia del pueblo para llevarse el cuerpo y los 6 animalitos de Doña Adelle, siguen la camilla de la ambulancia; justo como nosotros rodeamos el ataúd de nuestro ser querido cuando lo llevamos al cementerio. Todos rodearon la ambulancia, cuando subían el cuerpo sin vida de la anciana y se sentaron a observar cómo ese vehículo, se llevaba a su ama.

Poco después, la autopsia determinaba que Doña Adelle, había muerto de un paro cardíaco fulminante. “Fue tan rápido, que casi ni se dio cuenta” - dijo el Forense. -




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