Ella se acostó y casi de inmediato se quedó dormida en un sueño profundo, pese a que hacía mucho calor y había dejado la ventana abierta. Las cortinas se elevaban suavemente por la entrada atrayendo las caricias del viento a la habitación.
Él, aprovechó la ventana, pues era una invitación a sus deseos. La había observado por la tarde, mientras paseaba por el jardín, justo como un león vigila a su presa y sólo espera la oportunidad. Pero ahora, cuando la vio en su cama, se acercó lentamente y observo que dormía de forma tan placentera, casi sintió la paz que ella sentía… así dormida.
Su hermoso cuerpo sólo estaba cubierto por un camisón blanco translúcido, que dejaba entrever sus partes más íntimas como, la curva de su cintura, sus pechos, cadera y sus piernas. Su cabello dorado como el sol, caía a un lado y su hermoso cuello descubierto, le invitaba a beber.
El se sentó suavemente sobre la cama, le tomó con una mano bajo la cintura y la otra bajo el cuello y se preparó……su cabeza caía suavemente y se apoyaba a su pecho. El, la abrazó hacia su cuerpo y la acarició, acercando suavemente su brazo, y de repente, ahí estaba ese cuello que tanto había deseado desde la primera vez que la vio…, pero… ¿qué le pasaba? ¡no podía!, sencillamente no podía succionar el delicioso líquido rojo que tanto había deseado.
Así, que suavemente colocó sus labios en los de ella y la besó. Fue un beso largo, húmedo y apasionado, que ella extrañamente, aunque dormida lo correspondió. Con sus labios poseyó todo su interior. Al besarla, pudo observar mentalmente toda su vida, su niñez, su adolescencia, su juventud, su transformación hasta ser aquella mujer que tenía en sus brazos. No podía…. ese cuello que tanto había deseado…. no pudo, no lo haría… quería poder volver a besarla algún día…… otra noche, otro atardecer.
Al amanecer, Nicol abrió los ojos, se estiró sobre su cama. “Ahhh” … se sentía tan bien, quizá un poco acalorada, pero lo más probable es que se debiera a la época del año, pues los meses de marzo y abril en la costa centroamericana, son de los más calurosos del año.
Se sentó en la cama, se puso sus pantuflas y se paró frente a la ventana. Le extrañó mucho comprobar que estaba abierta, cuando ella, con seguridad, por la noche y antes de acostarse, la había cerrado. Terminó no dándole importancia, pues sentía que había descansado tan bien, que no quiso entretenerse con ese detalle.
Se acarició el cuello, especialmente aquella parte que había sido acariciada. Los labios le ardían como si hubiera estado bajo el sol. Algo en ella la hizo sentirse bella y sensual, pensó que tal vez el calor le estaba afectando y decidió ducharse para luego bajar al comedor.
Salió del baño, caminó lentamente de la ventana hacia la cómoda, donde se encontraba el espejo de medio cuerpo, allí se vio los labios, estaban de un color rojo cálido, rojo sangre. Se dijo a si misma que era extraño, pues el día anterior no había utilizado labial y, además acababa de ducharse, pero no le dio más importancia. Apartó la vista del espejo y vio hacia la ventana, se sentía observada. Se cepilló el cabello frente al espejo, lo dejó sobre la cómoda y fue hacia el closet para vestirse. Escogió un vaporoso vestido floreado, descubierto de hombros y espalda. Su cabello rubio, caía libre sobre sus hombros y contrastaba con los colores del vestido. Su rostro sin maquillaje y con ese color rojo extraño en los labios se miraba perfecta.
Más tarde, mientras los meseros arreglaban las mesas, se paró junto a la puerta que daba al jardín y recordó aquel día. El día de la boda que no se realizó, porque el novio nunca se presentó. Sin embargo, ahora no le importaba, se sentía abrumada, envestida por una repentina ráfaga de viento. Se abrazó a sí misma, acariciando sus brazos. Aquel dolor que la había abrumado por tanto tiempo, se había esfumado y ahora se sentía repentinamente, rebosante de amor, deseosa de placer. Sintió en su cuerpo un repentino golpe interno, que la hizo dar un pequeño salto en su lugar. Miró hacia el jardín, que por la hora ya estaba a oscuras y, a lo lejos pudo ver tras la oscuridad, un par de ojos rojos que la observaban y, sentía que la llamaban. Eso la mantuvo atenta largo rato, tanto así que no se sentó a cenar.
Quienes la observaban, dicen que, como presa de un hechizo, bajó lentamente las gradas que la separaban del jardín y caminó lentamente, dirigiéndose al bosque que estaba contiguo al jardín. Según dicen, la llamaron, pero ella no escuchaba, estaba inmersa en un hechizo inexplicable que la hacía caminar más y más hacia el bosque.
Dicen quienes la observaban que el bosque se la tragó, pues nunca más nadie la volvió a ver.