Claudia no era muy asidua a las redes sociales, ella no les tenía confianza. Y si bien es cierto, tenía WhatsApp para comunicarse con sus familiares y amigos, también había creado un perfil de Facebook con el objetivo de poder conocer a sus familiares que vivían lejos del país. Ella era una solterona típica, pero se había considerado siempre una mujer triunfadora, pues tenía un gran empleo, buena posición social, dinero y muchos amigos.
Todo marchaba bien hasta que un día, ella sintió que había amanecido algo triste y no se explicaba por qué. Sentía soledad en su corazón y no lo entendía.
Ese día era domingo y no trabajaba. Esa sensación con la que amaneció, a cada momento se hacía más grande hasta que llegó un momento en que sintió que el corazón le explotaría sin razón. Consideraba que llevaba una buena vida junto a su perro, un gato y un canario. Sin más, ese día se dispuso a buscar ayuda a través de las redes sociales. Encendió su computadora e ingresó a su cuenta de Facebook, hizo una búsqueda rápida de grupos de ayuda para depresión, pues creía que tal vez a ella le iniciaba esa enfermedad mental tan temida. Encontró muchos grupos y buscó los que tenían más integrantes y les publicó sólo una pregunta: “¿Cuál es el sentido de la vida?”
Apagó la máquina y se acostó, con el control de la televisión en la mano, buscaba con qué entretenerse, pues aunque había recibido de sus amigas muchas invitaciones a salir, desde en la noche se sentía rara y no tenía ganas de ir a ninguna parte.
Buscando algo interesante que poder ver, encontró un programa de entrevistas, en el cual tenían en el set a un psiquiatra y se quedó observándolo, pues tal vez pudieran tratar algún tema interesante. Justamente hablaban de la depresión y trataba de lo peligroso que es creer que el paciente puede manejar esa enfermedad sin ayuda profesional. Lo estuvo observando un rato, pero de repente el sueño la venció y quedó profundamente dormida. Como había dejado abierto el Facebook en su celular, empezaron a caer notificaciones y mensajes, le caían a montones, pero al estar dormida no se dio cuenta. Sus mascotas estaban, bien cómodas en la cama con ella.
De repente algo la impulsó a levantarse, se dispuso a ir a traer una hoja de afeitar, se levantó como autómata y caminó descalza, abrió el gabinete del baño y sacó la hoja de afeitar, rápidamente pensó que no quería hacerlo ahí, porque en todo lo que se desangraba iba a tener que esperar incómoda dentro de la bañera y además encontrarían un charco de sangre y ¡oh que asco! – se dijo a sí misma.
Mejor lo haré en la cama, pues ahí la ropa de cama y el colchón absorberán toda la sangre que emane de las heridas. Regresó a su cuarto y se acomodó, pasó fuertemente la hoja de afeitar en ambas muñecas y la sangre empezó a brotar abundante. Le dolió un poco sólo el corte, pero después empezó a sentir desvanecimiento y se recostó en la almohada, ya sólo esperaba la inminente muerte. Empezó a sentir mucho frío, tal vez la muerte ya se acercaba. Ella imaginaba que tal vez todo comenzaría con unas convulsiones ó algo parecido. Trató de levantarse, pero no tenía fuerzas y pensó que entonces ya faltaba poco. De pronto, sintió como si la halaran y la arañaban, no podía abrir los ojos, los sentía muy pesados, creía que hoy si ya estaba muriendo, pero no entendía por qué sentía eso tan extraño.
Cuando Claudia abrió los ojos, estaba dormida en su cama y sus fieles mascotas trataban como locos de despertarla. Mitzu la arañaba con desesperación y Coco la halaba con todas sus fuerzas. Estaban con hambre, su dueña había dormido tanto que no les había puesto de comer. Todo había sido un sueño.
Revisó su teléfono y se percató de la cantidad de notificaciones y mensajes que había recibido. En la mayoría le preguntaban el motivo de su depresión, palabras de ánimo y demás, pero revisando encontró un mensaje especial; alguien se había preocupado aún más y le había escrito un gran texto. Era un chico, en él le decía que también sabía lo que era la tristeza, pero que nada valía la pena como para quitarse la vida y que, si deseaba platicar, pues él estaba siempre disponible.
Claudia esbozó una sonrisa de agrado. Había un desconocido que se había preocupado por su vida, ¡eso era muy importante y alentador! –
Desde esa fecha se convirtieron en grandes amigos, y se cuentan sus cosas, sus planes, sus proyectos. Claudia superó su depresión poco a poco con la ayuda médica necesaria y Omar, su amigo que siempre está bien pendiente de ella.