Caminos Trazados

RIGOBERTO

Rigoberto era un viudo, que rondaba los setenta años, sus tres hijos habían emigrado a España en busca de un mejor futuro, y entre los tres le habían regalado ocho nietos, de los cuales sólo conocía a dos. Y como él residía en Perú, el viaje hasta España le era muy largo y costoso. Sus hijos muchas veces le ofrecieron el pasaje, pero él nunca quiso que gastaran su dinero. Se había quedado viviendo solo después que su esposa murió, hacía un par de años, dejándole un gran vacío en el corazón, aún la extrañaba mucho.

Había sido fumador toda su vida, pero lo dejó cuando su esposa enfermó, pues no quería afectarla más en su salud. Ahora que ella no estaba, su vicio había vuelto y no lo podía dejar, pues pensaba que ahora que vivía solo, a nadie afectaría.

Su rutina diaria, después de jubilarse siempre había sido la misma, despertaba a las 5 de la mañana, salía a caminar por el parque en compañía de su fiel amigo Coqui y luego regresaba a casa. Veía un poco de televisión, y por las tardes se reunía con algunos amigos a jugar cartas o ajedrez en el parque de la colonia.

Últimamente, la tos que había tenido toda su vida y que lo dejó mientras estaba enferma su esposa, había vuelto. Tosía con mucha fuerza sobre todo, muy temprano en las mañanas y ya entrada la noche. Sin embargo, él creía que era cuestión del clima y tal vez una leve alergia. Con el paso de los días y poco a poco, sintió que la tos era cada vez más fuerte y de vez en cuando escupía sangre. Esto le preocupó mucho, y aunque estaba consciente de que debía verlo un médico, no se lo mencionó a sus hijos por no preocuparlos.

Decidió que, en cuanto tuviera tiempo asistiría al médico para un chequeo, pero los días pasaban y siempre había una excusa. Esa mañana se despertó con un gran acceso de tos que lo hizo sentarse y escupir en las sábanas. La mancha de sangre que dejó era demasiado grande y se asustó, así que llamó a su médico de cabecera y le comentó. El Dr. Juárez le dijo que lo esperaba por la tarde y que ambos irían al hospital para unos exámenes. Ese día don Rigoberto no pudo levantarse de la cama y se quedó acostado hasta el mediodía, hora en que una vecina que tenía un humilde comedor, le llevaba el almuerzo. Se levantó, abrió la puerta, recibió el plato de comida y le pagó, cerró la puerta y se dirigió al comedor. Pensó que después de almorzar, le quedaría tiempo como para descansar, luego bañarse y salir donde el doctor.

“Hoy si” – se dijo a sí mismo “hoy si mi amor, creo que ya voy a ti”, lo dijo como si hablara con Claudia, su difunta esposa. Luego sonrió frente al espejo y se dejó ir una suave cachetada para no derramar lágrimas como cada vez que la recordaba.

Almorzó, descansó un rato y luego tomó el autobús para ir a la clínica, donde lo esperaba su amigo, el doctor. Mientras iba en el autobús, observaba las calles de la colonia, y recordaba todas las veces que la había recorrido en coche, cuando iba a la escuela a dejar a sus hijos. Cómo había deseado con su esposa, haber tenido una niña, pero el Creador sólo le brindó niños. Para Claudia y para él sus hijos eran su adoración y se dedicaron por entero para que sus hijos tuvieran una buena educación. Esperaban mucho para ellos, querían que tuvieran y cumplieran grandes metas en su vida.

A través de la ventana, miraba los árboles, los autos y pensaba, cómo había cambiado todo en esa hermosa y pequeña colonia. El autobús se detuvo y el bajó, a sólo dos calles de la parada se encontraba la clínica del doctor. Él ya lo esperaba, vestido con su traje, el maletín en la mano y su gabacha de médico. Él también tenía ya sus años, y conoció a Claudia y a Rigoberto poco después de casarse, cuando por una gripe mal cuidada de Claudia, se los recomendaron y lo fueron a visitar.

Cuando el doctor Juárez, vio a su amigo Rigoberto entrar, pensó “ya estamos viejos” – “vámonos”-, le dijo y se subieron al auto. El doctor Juárez era unos ocho años menos que Rigoberto y aún podía manejar.

Atravesaron el pueblo, iban platicando de los hijos, política y las tardes de ajedrez de los miércoles.

Llegaron al hospital y se bajaron, entraron y fueron directo a emergencias. “buenas tardes doctor Juárez” – se escuchaba por los pasillos por donde iban. El doctor era muy conocido ahí, pues ahí había realizado sus prácticas, y luego se quedó ejerciendo.

“Hola Verónica”- le dijo a una enfermera y le entregó una orden de exámenes que decía “urgente” – “me haces el favor de llevar al Sr. Pérez a que le realicen estos exámenes, deseo el resultado ahora mismo, es más creo que lo esperaremos” – y entró a la clínica a atender a otros pacientes, mientras su amigo iba a realizarse sus exámenes.

Una hora después venía Verónica con su amigo. Ella traía un sobre blanco y grande con el resultado de los exámenes. El doctor Juárez, la notó extraña, pero no quiso preguntar y sólo le dio las gracias.

El doctor abrió y observó el resultado de los exámenes, agachó la cabeza y se quitó los lentes - “Siéntate Rigo” – le dijo.

-“amigo, la situación no es nada fácil, lo que tienes es realmente grave”-

-“oh vamos doctorcito, no seas dramático, lo más que puede ser es que vaya a morir, y eso ya lo espero desde hace mucho. Tú sabes que primero partió mi amor y creí que moría cuando eso sucedió, así que la muerte la estoy esperando hace mucho, vamos dime ¿cuantos meses me quedan de vida?”

“Rigo amigo, estas en etapa terminal de cáncer en los pulmones, necesito que quedes ingresado, pues por la gravedad de tus síntomas, si no me equivoco, te queda a lo mucho unos días …. una semana de vida”.




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