Érase una vez un pequeño unicornio que vivía en un establo, lleno de unicornios, todos habían nacido ahí y habían estado siempre en cautiverio. Eran parte de la colección de un joven, al cual le gustaban mucho y no sabía el daño que se le causa a esa criatura al tenerla encerrada.
Pues un día el joven decidió sacar al pequeño unicornio a dar un paseo. Le enseñó el exterior de todo el lugar donde habían vivido por años, le permitió salir, cuando el nunca antes lo había hecho.
- Su propósito era enseñarle a una triste mujer, los poderes que todos tenemos, cuando queremos. El hombre decidió mostrarle al mismo unicornio de qué era capaz, para que la mujer supiera de lo que ella también era capaz. Así que se propuso llevarlo a conocerla y, le dijo que volara, que él lo seguiría a pie.
¡Le mostró al pequeño Unicornio, que él podía volar! – Le enseñó que puede cambiar de colores! - Le enseñó que su cuerno es mágico y que a lo que él apunte, vida le da. Él lo hizo para que la mujer, como el unicornio, supieran que ella también tenía muchos poderes y el primero que le mostró el pequeño unicornio a ella, era el poder de la imaginación, la creatividad y sobre todo le enseñó que “querer es poder”.
Él en su intento por querer ayudar a la mujer, no sabía lo que hacía, pues también le enseñaba a este pequeño animalito, que no era de fantasía, que era real, que podía hacer grandes cosas, que sus poderes eran mágicos. En el afán de enseñarle a ella, que también tenía sus poderes, lo primero que hicieron ambos fue bautizar al pequeño unicornio y le llamaron “Coketo”, él que no sabía lo que era un nombre y pregunto que qué era eso.
Ella muy amable y amorosa le contó, que, así como ella tenía su propio nombre, él también lo tendría. Le dijo, que ahora cada vez que escuchara esa palabra “Coketo”, él podía salir volando e ir donde ella o donde lo llamara su dueño.
Después de una larga charla entre los tres: el joven, la mujer y Coketo; el joven había logrado su cometido con la mujer.
El pequeño Coketo, sin saberlo, había cumplido un propósito, y, además, él siempre había querido saber qué había fuera de ese corral, siempre tuvo la curiosidad de saber qué era eso puntiagudo y dorado que tenía sobre su hocico, y por qué tenía alas como los pájaros. Él ahora sabía que sus compañeros y él eran Unicornios, una raza extinta de caballos mágicos; por eso aquel joven en sus ansias por evitar que la especie desapareciera, los mantenía en aquel corral.
Coketo, ahora, había cumplido un propósito y era el de enseñar a aquella mujer, que “todos tenemos poderes ocultos y que no utilizamos”, “que lo primero que debemos saber, es que sí podemos, para lograrlo” , “que sí queremos podemos hacer todo lo que nos propongamos” , “que todos los días se aprende algo nuevo” , “que podemos ser quienes queremos ser, no importa que no sepamos para qué tenemos ese o aquel don, pues algún día lo descubriremos nosotros mismos”; pero sobre todo Coketo le enseñó a aquella mujer “que el mundo de fantasía es bello y que los hombres podemos mezclarlo con la realidad a nuestro antojo” porque al hacerlo mejoramos nuestra vida y la de quienes nos rodean.
Coketo mostró, que aún en la tristeza se puede sonreír, cuando tenemos motivación y alguien que nos quiere y, también que todo está en ponernos metas. Coketo demostró que la vida es mejor, si tenemos un Unicornio de mascota, pues él nos escucha siempre, nos consuela cuando estamos solos o tristes, nos hace sonreír, aunque queramos llorar y cuando nos apunta con su cuerno, su magia nos enseña mundos maravillosos, sus alas nos llevan a volar a lugares que siempre han sido desconocidos para cualquier mortal, pero aquel que quiere puede ver.
Coketo nació en la mente de aquel joven con un gran propósito que era: “enseñar a creer en uno mismo, enseñar a ser mejor, enseñar a ser feliz con lo que somos, enseñar que podemos, si queremos” -
Coketo regresó a su corral, donde ahora vive a gusto con sus compañeros, pues les contó todo lo que había hecho y fue capaz de hacer ese día. Ahora podía volar, cada vez que lo llamaran y también cuando él quisiera. Coketo era y enseñó a aquella mujer lo que era la felicidad, mezclando la fantasía!
(Dedicado a un chico muy especial, al cual le debo mucho)