En la época de violencia en Colombia, el país estaba sumido en guerra; la guerra de los mil días; 1130 días, realmente. Empezó el día 17 de octubre de 1899, y no acabaría, sino hasta el 21 de noviembre de 1902. Cabe decir que nunca vi el final de dicha guerra. Mi muerte fue el 21 de octubre del año 1901. Ese día, con la llegada del crepúsculo, se oyeron cuatro disparos. Tirado en el suelo evoco los recuerdos de mi niñez y de mi corta vida adulta. Veo a mi padre, a mi madre, a mi abuelo. Todo pasa como fotografías de un ayer agridulce, de los recuerdos más amargos de mi vida. Deje viuda a mi esposa y huérfano de padre a mi hijo. Los dejé solos en una época donde el amor solo se transmitía con violencia. En una época donde cambiamos los besos por balas, flores por armas y los abrazos eran para los muertos. Mi desgracia fue nacer bajo el apellido Saavedra. Nacido en cuna de oro. Ser privilegiado en un país sin privilegios. Adoctrinado a tener pensamientos de “conservador”.
<<Desde el 4 de octubre de 1849, día que formalmente fue instituido el partido conservador… fui miembro. – decía mi abuelo, frunciendo el ceño. - No, no solo un miembro cualquiera. Un fundador de un partido que representa los verdaderos valores de esta nación… nación aún en crecimiento>>.
Siempre vestía con su traje de soldado; nunca fue a la guerra, pero presumía de hazañas y logros inexistentes durante las guerras civiles previas a su muerte. Sus únicos logros fueron patrocinar y ocasionar que jóvenes mueran por viejos ricachones. Murió un 19 de octubre a los 60 años. El caballo vio un ratón y, al asustarse, lo tiró al suelo rompiendo su cuello. En su testamento, un ochenta por ciento de su fortuna la dejo para el partido conservador. Para ser más preciso a Jorge Ayala, futuro candidato a la presidencia. Y, quien, en palabras suyas, decía: “después de Juan Roa Sierra. Ayala, es el segundo colombiano mas patriota que he conocido”.
Mi abuelo, Raúl Saavedra, un aristócrata; un descendiente de familia noble española; Un hombre gordo, de papada prominente. Un bigote estilo húngaro. Una mirada fría; mirada que heredó mi padre. Y, eso no sería lo único que heredaría, porque también, lo hizo su disgusto por las bajas clases. Aborrecía la pobreza y, por ende, a las personas pobres. Por suerte, yo, heredé la mirada pasiva, casi triste de mi madre, la altura de mi padre y el carácter heredado de los Saavedra.
En el año de 1880, a mis 10 años, nos mudamos a la costa caribe; cabe agregar que la razón por la que nos fuimos de Panamá se debió a que los campesinos, molestos por la falta de pago por parte de mi abuelo, y las brasas de rencores anteriores, en contra de la burguesía colombiana, desemboco en una protesta que de a poco escalaba a más.
⎯ ¡Estos hijos de puta, ya no quiere plata, ahora quieren es sangre! - grito mi abuelo. - ¡nos vamos!
⎯ ¿para dónde? – preguntó mi madre.
⎯ Si es posible, para la mierda… Pero, aquí, yo no me quedo un minuto más.
Decidido a pasar el mal trago. Raúl, aceptó la invitación a cabalgar en Cúcuta. Su mal aventurado viaje lo llevó a la muerte, al gobierno enriquecerse y nosotros, su familia, vivir de los sobrados que no regaló al partido, y, a ese pequeño porcentaje, le dejo a mi padre un medallón de oro. Mi padre, Miguel Saavedra, un hombre alto, delgado, de tez pálida y ojeras sombrías. Su atractivo no se encontraba en su apariencia ni físico. Mas bien, era lo enigmático de su ser; decía mi madre. Estaba callado, solo hablaba si era necesario. Nunca supe como hizo para sacarnos de una posible pobreza. <<Supongo que vendió el medallón, pensé, en ese momento>>.
⎯ Un buen apellido, solo eso se necesita para ser alguien en este país. – decía, con orgullo. – nunca lo olvides.
Era estricto. Me educo para ser “gente de bien”. Frase que se había comenzado a popularizar entre los godos de Bogotá. Posiblemente, él, creía que yo me volvería presidente; obviamente después de él. En su cabeza quería formar una dinastía de poder. Una persona que no puede arreglar sus problemas no podría solucionar los problemas de 2.363.054 de personas (según Tomas Cipriano de Mosquera, esta era la población de Colombia en 1852). Mi padre de un momento a otro enloquecía con ataques de furia, hablaba de Dios y del diablo como un mismo ser, un mismo ente, llamado humanidad. Todo empezó cuando en el patio de la casa, afirmo ver al diablo en persona. Se obsesiono con que el viejo jancito; uno de los empleados más viejo de la familia. Lo acusaba de ser el demonio en persona. Una vez intento matarlo, pero el rifle no disparo. Mi madre tuvo que despedir al pobre viejo y mandarlo a trabajar para unas primas en Antioquia. Sus delirios fueron en aumento, hasta el punto de que se vestía como el libertador Simón Bolívar y golpeaba a los sirvientes con un garrote; esto solo ocurría cuando mi madre, ocupaba, de hacer las obligaciones de mi padre, pero sin que nadie supiera que ella se encargaba de todo.
⎯ ¡Esta familia nunca vera la pobreza! – decía. - ¡no mientras este viva y con salud!
Así fue como su sueño de una "dinastía de poder”, acabaron en nada, y, de hecho, fue la causa de su muerte en 1889, cuando convencido de que tenia que liberal Cartagena de la opresión del partido Liberal, se armó con un rifle. Dispuesto a matar a cuanto “matacuras” se le atravesara. Vio una pareja y los acuso de ser antipatriotas. Tomo el rifle y disparo. Mato a la mujer, en cuanto al hombre, qué de manera rápida saco su machete y, asestando dos en la cabeza a mi padre, lo mato. Solo unos cuantos se armaron y comenzaron lo que se conocería en esa época como “la cacería de los cachiporros”. Mientras, Los liberales llamaron al incidente como: “la caída del conservador Bolívar”. Recuerdo las palabras de mi madre antes de que mi padre buscara su muerte. Posiblemente por la enfermedad de la malaria que contrajo una tarde de septiembre de 1885, durante otra guerra civil. La fiebre y vomito se curaron, gracias a los doctores que había enviado mi tía desde Bogotá. Mi tía; hermana gemela de mi madre, pero con menos gracia y más soberbia. Ella estaba casada con Santiago Núñez, (hermano de Rafael Núñez, presidente del partido Liberal, que en ese entonces recibía apoyo del partido conservador). A pesar de la asistencia de los doctores, no hubo nada que hacer. Y, lo más seguro, el dolor constate de cabeza fue lo que provoco su locura.