Campistas

La Vida de Adulto

Cuando eres joven, sientes que tienes el poder de hacer cualquier cosa, que tus sueños pueden hacerse realidad. Yo también lo sentí. Mi amor por los campamentos, la libertad al aire libre y el poder de crear mi propio mundo duró muy poco. El pinchazo de dolor en el dorso de mi mano izquierda me recordó una cicatriz que no me deja olvidar que perdí a mi pequeña prima Claris a la tierna edad de 8 años en un campamento de verano.

Aunque ese horrible incidente sucedió hace dos décadas, el pasado me sigue. Ahora soy una mujer de 28 años con responsabilidades de adulto que aún no sé cómo afrontar. Odio mi vida. Los datos siguen apareciendo en la pantalla de mi computadora, una fila monótona tras otra. El trabajo nunca termina. Ingresar "Registro de cliente: Martin Mayorga" una y otra vez es tan tedioso como el sonido del ventilador de mi ordenador. Me estiré, sintiendo la tensión en mis hombros. Me arrepiento de haber aceptado este trabajo, pero al menos me permite comer y pagar las cuentas, a diferencia de los sueños que perseguí en la universidad.

Odiaba este trabajo. Me arrepentía de haberlo aceptado, pero al menos me permitía comer y pagar las cuentas, a diferencia de los sueños que perseguí en la universidad. Estudié Psicología infantojuvenil, pero necesitaba el dinero, así que tomé la primera oportunidad laboral que tuve enfrente. Ahora me arrepiento. La vida adulta es aburrida y mis ojos se cierran por el cansancio.

El timbre me sobresaltó, sacándome de mis pensamientos. No tenía energía para levantarme, pero lo hice de todos modos. Miré por la mirilla. Layla estaba parada del otro lado. Una sonrisa cansada se dibujó en mi rostro. Mi mejor amiga desde la infancia siempre sabía cuándo la necesitaba.

— ¿Qué haces aquí tan tarde? —Pregunté, arrastrando las palabras. Mi voz sonaba cansada, quizás irritada, pero era difícil decirlo.

—¡Buenas noches a ti también, Lai! —Layla Box era la única persona que se atrevía a llamarme por ese sobrenombre, el mismo que me dio el día que nos conocimos en un campamento de verano a los siete años.

Fuimos amigas al instante. Nos unió el amor por los campamentos, pero nuestra amistad se fortaleció cuando descubrimos que íbamos a la misma escuela.

Hemos estado juntas desde la primaria hasta la universidad, aunque ella estudió Administración de Empresas y yo Psicología. Aun así, nos veíamos en el campus para el almuerzo y seguíamos en contacto. El destino nos volvió a juntar hace unos años cuando se mudó un piso abajo del mismo edificio donde vivo.

— Son casi las 11:00 p.m. ¿Puedo pasar? —Su tono, siempre alegre, tenía un toque de ironía.

— Claro —murmuré, abriendo más la puerta.

Layla siguió mis pasos y cerró la puerta tras ella. Me alegré de que estuviera allí, pero lo único que tenía en mente era la base de datos incompleta en mi ordenador. Volví a la mesa y continué trabajando.

— ¿Vengo de visita y solo te sientas frente a la computadora a trabajar? ¡Apaga eso y come algo! Estoy segura de que no has cenado aún. Traje tu helado favorito, pera con queso azul.

— Gracias. Hace mucho que quería comer mi helado favorito...

Layla no me dejó terminar la frase. Cerró mi computadora de golpe y puso sobre la mesa bolsas de comida rápida.

— ¿No ibas a cenar con tu novio esta noche? —Pregunté, sintiendo un poco de curiosidad. Sabía que Layla estaba muy emocionada por su cita con Frank, su novio desde hacía casi once años.

— Sí, íbamos a cenar, pero Frank tuvo que trabajar hasta tarde. Dijo que así podría tener libre el fin de semana. Así que vine a ver cómo estabas y asegurarme de que no murieras de hambre.

Me miró con esa calidez que solo ella tiene. Era la misma calidez con la que siempre me cuida, vigilando que coma a tiempo y duerma lo suficiente. Lo sé, soy un pésimo adulto. Ni siquiera puedo cuidarme a mí misma.

Comí con desánimo y en silencio. No tenía energía para entablar una conversación. Al terminar, la vi bostezar.

— Creo que ya me contagiaste el cansancio. ¿Puedo quedarme a dormir esta noche en tu apartamento? Mañana es sábado y tengo planes para que hagamos juntas.

— De acuerdo, no hay problema, puedes dormir en el sofá.

— Hasta mañana, Layla.

Subí a mi habitación, mi cabeza golpeó la almohada y me quedé profundamente dormida. Lo último que recuerdo haber pensado fue: "¿Cuáles serán los planes de Layla para nosotras mañana?".



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En el texto hay: supervivencia, drama, drama adulto

Editado: 29.11.2025

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