Toda la mañana, Layla había hablado de los planes que tenía para mí este sábado. Yo imaginaba que se trataba de ir al centro comercial a comprar ropa, pero mi sonrisa se borró cuando me arrastró a la primera tienda que vio: “Equipo para acampar”.
Mi amiga era igual a la niña de 8 años que conocí, una amante de la vida al aire libre. La diferencia era que ella no había perdido esa pasión. No la había perdido ni en la preparatoria cuando conoció a Frank, ni la había perdido en los casi once años que llevaban de novios. Ambos, con el tiempo, crearon su propio grupo de scouts para enseñarles a niños y jóvenes acerca de supervivencia, primeros auxilios, y a disfrutar la vida al aire libre. Me invitan a todos sus campamentos, pero yo siempre les digo lo mismo: "Odio acampar".
Layla cargaba una pesada bolsa con una sonrisa de oreja a oreja. — Ya tenemos el equipo necesario para el campamento del siguiente fin de semana— Dijo.
— Me alegro por ti"
Mi tono de voz sonaba apático ya que no me interesa en absoluto los campamentos.
Cansadas de caminar, Layla y yo encontramos un asiento en el área de restaurantes del centro comercial.
— ¡Muero de hambre! ¡Comamos algo! Frank se nos unirá en un momento.
— ¿Tu novio también está de compras?
— ¡Olvidé decírtelo! Vino a hacer unas compras de última hora.
Layla aún seguía hablando cuando una persona tomó asiento junto a ella.
— ¡Por fin las encuentro! ¡Esto es pesado!
— Hola, amor, te estábamos esperando —Habló Layla, tomándolo de la mano.
Allí estaba Frank Smith. Lo miré. Era la misma persona que conocimos en la preparatoria hace once años, y aun así su mirada no había cambiado. Todavía la veía a ella con el mismo brillo en sus ojos que vi la primera vez. Recuerdo cuando se sentaba a mi lado en el salón de clases y no podía dejar de mirarla. Frank se había enamorado a primera vista de mi amiga. El mismo que la veía como si fuera la única persona en el mundo. El mismo que se convirtió en mi amigo y confidente.
Lo miraba y sonreía para mí misma. Fui testigo de lo difícil que fue para él conquistar a Layla.
Recuerdo a mi amiga hablando sin parar de otro chico, uno mayor que nosotros que nunca la miró. Pero Frank siempre estaba allí. Se pegaba a nosotras, fingiendo que se burlaba de nuestros gustos adolescentes, pero en realidad solo quería estar cerca de ella. Sus esfuerzos dieron fruto, y un día, cuando le mencionó su amor por acampar, algo hizo clic en el corazón de Layla.
Frank siempre fue mi amigo. Nunca tuve problema con que se interpusiera en nuestras charlas. A veces pienso que él me ha ayudado y me ha salvado más de una vez.
En la preparatoria, me gustaba un chico llamado Tom. Él era creído y superficial, pero yo, ingenua, estaba locamente enamorada de él. Nunca me puso atención, excepto cuando necesitaba copiar mis tareas.
Recuerdo la ocasión en que Layla enfermó y tuve que ir sola a la escuela por casi un mes. Fue en ese tiempo que un grupo de chicas, de esas que les gusta humillar a los demás, me buscó. La líder me invitó a comer con ellas. Me sentí confundida, pero también agradecida. Mientras caminábamos, una mano se posó en mi hombro. Me detuve y me giré para ver a Frank, mirándome con una seria advertencia.
— Esas chicas no son buenas personas— Me susurró. Pero la curiosidad pudo más que el miedo, y fui de todos modos.
Al llegar a la cafetería, no vi a las chicas, sino a Tom, sonriendo. Mi cabeza daba vueltas. Las chicas me observaban desde las mesas, riéndose entre ellas. Algo horrible iba a pasar.
Tom se paró frente a mí, me abrazó y susurró al oído: “Puedo darte lo que quieres”. Lo siguiente que supe fue que sus manos tomaron mis mejillas con agresividad, intentando besarme a la fuerza. Me quedé congelada, asustada, incapaz de moverme.
De repente, la presión en mis mejillas desapareció, y escuché un fuerte golpe. Frank había aparecido de la nada, empujando a Tom contra el suelo.
— Te lo dije— Dijo Frank, su voz seria.
— Lo sé. Debí haberte escuchado. Gracias. —Mi voz temblaba.
— Ni lo menciones. Le prometí a Layla que te cuidaría mientras ella no está.
Y cumplió. Desde ese día, mi confianza en los chicos se desvaneció, a excepción de Frank. Él es mi amigo, mi hermano. Me he dado cuenta de que el amor y la confianza no se basan en una atracción superficial, sino en la empatía y en la verdadera amistad. Frank y Layla son la prueba de ello, y puedo ver en la forma en que se miran, que Frank solo tiene ojos para ella.
Layla se inclinó sobre la mesa. Su voz, llena de alegría, me sacó de mis pensamientos.
— ¿Encontraste lo que hacía falta para el fin de semana, amor?
— Así es. — Frank colocó un paquete pesado en una de las sillas.
Lo miré con curiosidad. Me pregunté qué contenía, qué era tan pesado.
— ¿Qué llevas allí?
— Una gran tienda de campaña— me contestó con una sonrisa.
Miré a Layla y a Frank, tan tal para cual. Ambos adoran acampar y organizar campamentos para niños. Es divertido verlos planearlo todo, siempre y cuando no me involucren en sus planes.
—Lai, este fin de semana tendremos un campamento. En esta ocasión no habrá niños pequeños, solo estarán a partir de 10 años.
Layla me extendió un volante que describía las actividades. Lo miré por un segundo, sintiendo el papel frío en mis manos, y se lo devolví.
—Genial. Que se diviertan.
Ella no se dio por vencida. Con una sonrisa, me hizo la pregunta que yo sabía que vendría tarde o temprano.
—¿Quieres acompañarnos?
—No, gracias. Sabes que odio acampar.