Otra aburrida semana laboral ha terminado. La pantalla del ordenador se ha apagado, y por fin puedo relajarme. El silencio del apartamento me envuelve. Tengo tres días completos para mí. Eso significa que tengo tiempo para descansar, leer libros y ver películas.
Estaba a punto de ir a la cama cuando el timbre sonó, sobresaltándome. Miré por la mirilla. Del otro lado estaba Layla. Mi mejor amiga no estaba sola. En su mano, llevaba una maleta. Abrí la puerta, sintiendo una punzada de desánimo.
— ¿No deberías estar preparándote para el campamento de mañana? — pregunté, arrastrando las palabras.
Layla se deslizó dentro de mi apartamento, arrastrando la maleta detrás de ella. Se sentó en la silla del comedor y me miró con una sonrisa irónica.
— Buenas noches, Lai. ¿Te mataría saludar por una vez?
— Lo siento. Buenas noches —Dije, sentándome a su lado.
Mi mirada se clavó en la maleta. ¿Qué estaba haciendo aquí?
— ¿Para qué es esa maleta? — ¨Pregunté con curiosidad.
— Es para empacar tus cosas para el campamento de mañana.
Me quedé helada. La incredulidad me invadió.
— Creí haber dicho que no me gustan los campamentos.
— ¡Vamos! —Layla sonrió, su voz entusiasta
— Será divertido, sé que tienes el día libre. ¡Sal de la rutina y diviértete! Antes adorabas acampar. ¿Recuerdas cómo tú, Claris y yo nos divertíamos explorando en el bosque?
El nombre de mi prima se sintió como una daga en mi corazón. Me quedé sin aliento, y el mundo se detuvo por un instante. Layla notó el cambio en mi rostro; su sonrisa se desvaneció, dándole paso a una expresión seria y triste.
— Sabes que no soy una buena campista y habrá niños a nuestro cargo. Además, no estoy acostumbrada a tratar con ellos. —Mi voz, temblorosa, apenas fue un susurro.
— ¿Pero qué dices, Larisa? ¡Lograste ganar veinticuatro insignias con solo ocho años! Eso es muy difícil, en especial para un niño pequeño.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. La ira, el dolor, y el resentimiento de veinte años se apoderaron de mí. La voz me salió de un grito:
— ¡Pero no pude obtener la insignia del buen guía! — Layla suspiró, derrotada.
— Lo que sucedió con tu prima Claris fue hace mucho tiempo y fue un accidente. No fue tu culpa, las tres éramos niñas y no medíamos los peligros.
— No quiero volver a pasar por lo mismo de nuevo. No quiero guiar a nadie a su muerte.
Mis lágrimas se desbordaron, pero las sequé de inmediato, antes de que Layla pudiera notarlo. Ella me miró con una expresión de dolor.
Layla, con un tono comprensivo, me volvió a dar el volante del campamento. Su voz era suave, casi un susurro.
— Dales una nueva oportunidad a los campamentos. Tal vez vuelvan a ser divertidos y no dolorosos.
Dudé. Me quedé mirando el volante en mi mano, y lentamente, lo desplegué. La verdad es que quería creer en ella. Comencé a leer el volante.
Las actividades del campamento parecían divertidas, y estuve a punto de aceptar, hasta que mis ojos se detuvieron en el nombre del lugar de la excursión. "La Montaña del Río Claro".
El volante se resbaló de mis dedos y cayó al suelo. Mi corazón dio un vuelco. Me levanté de la silla de golpe, la silla rasgó el suelo del comedor. No sentía las piernas.
— ¡Irán a la Montaña del Río Claro?!— Mi voz se elevó más de lo que pretendía, y se rompió en un grito
— ¡Sabes perfectamente que ese lugar es peligroso! ¡Hay muchos derrumbes en esa zona! Si antes era no, ahora es un no absoluto.
Layla se levantó de su silla. Se acercó a mí con una expresión seria.
— Te prometo que no tomaremos la ruta del río. El guía principal encontró un lago al otro lado de la montaña, al contrario del río.
Volví a sentarme, mi cuerpo temblaba por la conmoción. Layla regresó a su asiento a mi lado.
— Escucha—Dijo, con un tono suave y comprensivo.
— Si realmente no quieres acompañarnos, está bien. No voy a insistir más.
Me sentí aliviada. Demasiado aliviada.
—Gracias— Susurré.
Layla rompió el silencio.
— ¿Puedo pedirte un favor?
La miré, confundida.
— Ayúdanos a recibir a los niños. En este campamento solo habrá tres guías y no seremos suficientes para el registro. Cuando terminemos, puedes volver en el último autobús a la ciudad.
Lo pensé por un momento. Solo ir a la Montaña del Río Claro para registrar a los campistas y luego volver a casa. No tendría que quedarme para las actividades ni lidiar con mi miedo.
— Está bien, lo haré. Pero solo terminaré el registro y tomaré el bus de vuelta a casa —Dije, tratando de sonar severa, pero mi voz se suavizó cuando mi amiga de la infancia me tomó en un gran abrazo.
— ¡Muchas gracias! Sabía que podía contar contigo.
Su alivio fue contagioso. Suspiré, devolviéndole el abrazo. Cuando nos separamos, miré la hora. Era muy tarde, y sentía el peso del cansancio en mis párpados.
— Ya es tarde, me iré a la cama. Mañana el viaje será largo.
Layla se rio en voz baja, con sus ojos brillando.
— ¿Puedo dormir en tu sofá esta noche?
Una pequeña risa escapó de mis labios.
— Sabes que siempre puedes dormir aquí. Buenas noches, Layla.
— Buenas noches, Lai.