Campistas

El Registro

Era viernes por la mañana, y estaba evitando levantarme de la cama. Hoy era el día que había prometido a mi amiga ayudar a registrar a los niños del campamento.

El autobús partiría al mediodía, y yo estaría en las faldas de la Montaña del Río Claro para ayudar con el registro. Nada más. Por eso mi atuendo era sencillo: una camisa tipo polo blanca, un pants de ejercicio negro y tenis azules. No haría fogatas ni excursiones. Mi pañoleta y mis insignias scout estaban perdidas en algún rincón de mi apartamento, y la verdad es que lo prefería así.

La hora de partir se acercaba. Layla había subido a mi habitación para cambiarse. Extrañamente, se estaba demorando demasiado. El silencio de arriba me hizo sentir que algo andaba mal, así que grité para ver qué pasaba.

—¿Lista para irnos? ¿Qué te toma tanto tiempo?

Unos segundos después, Layla bajó las escaleras. Tenía puesto su uniforme de guía, el cual no era muy diferente al que usábamos de niñas. La pañoleta anudada a su cuello y el uniforme impecable. Me hizo sentir una punzada de dolor. Era un uniforme que me recordaba una época que había intentado olvidar.

El uniforme consistía en una camisa manga corta azul y pantalones cortos del mismo color, que acompañaba con unos tenis negros y calcetines hasta la rodilla. Un sombrero de copa marrón completaba el atuendo, pero lo que más me llamó la atención fue la pañoleta amarilla y brillante, llena de insignias que ha obtenido durante sus diez años como campista scout.

Layla bajó las escaleras, y pude ver que la maleta que había traído la noche anterior estaba llena y se veía pesada.

—¿Qué tanto llevas en la maleta? —Pregunté.

—Ropa y otros artículos de higiene personal. Cosas que necesitaremos para el campamento.

Me limité a asentir, sintiendo un nudo en el estómago. Era tarde. El arrepentimiento comenzaba a hundirse en mí. Ya era demasiado tarde para echarme atrás.

El autobús tomó el camino que nos llevaría a la Montaña del Río Claro. El aire se hizo pesado de repente. El paisaje era familiar, y una oleada de recuerdos dolorosos me golpeó. Las lágrimas amenazaron caer por mis mejillas. No podía permitirme arruinar el viaje para Layla, así que me esforcé por contenerme. Layla sonreía, ajena a mi tristeza.

—¡Ya estamos aquí! —Dijo Layla con una voz llena de emoción, observando cada rincón del lugar mientras bajaba del autobús.

Acto seguido, me arrojó la maleta negra. Era tan pesada que casi me caigo.

—¿Qué tienes aquí? ¿Piedras? ¡Es muy pesada! —Me quejé.

Layla soltó una pequeña risa y luego su sonrisa se desvaneció un poco.

—Sabes, Lai, hace mucho que no vengo a este lugar... de hecho, la última vez fue...

Dejó su oración inconclusa. Supongo que vio mi rostro palidecer, porque me miró con una expresión de dolor.

Justo cuando el silencio comenzaba a ser incómodo, se rompió. Frank apareció luciendo el mismo uniforme que Layla. Al verme, su rostro se iluminó.

— ¡No puedo creer que estés aquí, Larisa! Mi novia merece un aplauso por convencerte —Dijo, sonriendo de oreja a oreja.

Layla y yo sonreímos por su mal chiste.

— No lo hizo. Solo vine a ayudar con el registro y luego tomaré el último autobús a la ciudad —Respondí con firmeza.

El rostro de Frank cayó, pero se recuperó rápidamente.

— Es una pena, porque Marcus está preocupado por ser el mal tercio en este campamento —Comentó Frank, mirándome con picardía.

— ¿Quién es Marcus? —Pregunté, sintiendo que la curiosidad me invadía.

— ¡Ah, no te lo dijimos! —Exclamó Layla, con su entusiasmo habitual.

— Marcus es el guía principal. Es amigo de la infancia de Frank, son como hermanos, y conoce este lugar mejor que nadie. Él será quien nos guíe al lago.

Layla debe conocer muy bien al amigo de la infancia de su novio, porque lo presentó con una naturalidad que me sorprendió.

De pronto, una nueva voz se unió a nuestra conversación.

— ¿Estamos listos para el registro?

— Claro, amigo. Te presento a Larisa, la mejor amiga de mi novia. Ella nos ayudará hoy con el registro de los campistas —Dijo Frank, con un gesto hacia mí.

Marcus giró en mi dirección. Me ofreció un apretón de manos, y su sonrisa era amigable, casi contagiosa.

— Mucho gusto, soy Marcus Brown. Es un placer conocer a nuevos guías.

— El gusto es mío —Respondí, aceptando su mano

— Soy Larisa, pero no soy guía Scout. Solo vine a ayudarlos con el registro y luego tomaré el último autobús a la ciudad.

Marcus se acercó un poco más y susurró a mi oído, con un tono lleno de picardía:

— ¿No puedes pensarlo mejor? No quiero ser el mal tercio entre estos dos tórtolos.

Una risa escapó de mis labios. Layla, que nos observaba, interrumpió la conversación con una sonrisa de oreja a oreja.

— Perdón por interrumpir, pero los niños campistas están aquí, debemos comenzar con el registro. Lai, puedes ayudar a Marcus y yo me quedo con Frank.

— Claro —Respondí.

Marcus y yo acomodamos rápidamente la mesa de registro. Poco a poco, el silencio del lugar se rompió con el bullicio de los niños. Fueron desfilando uno a uno, sus uniformes impecables y sus rostros llenos de una alegría y entusiasmo que me hizo sonreír a pesar de mí misma. Sus risas resonaban en el aire, y al verlos, una oleada de recuerdos me invadió.

Una pequeña campista con cabello castaño y ojos claros interrumpió mis pensamientos.

— Hola, soy Jess Fulga. Tengo diez años y vengo a registrarme. Pertenezco a la tropa de los Zorros. Mucho gusto.

— El gusto es mío, pequeña. Mi nombre es Larisa, y espero te diviertas —Dije, sintiendo que mi propia voz se suavizaba por la emoción.

La sonrisa de esa niña hizo que una sonrisa genuina se dibujara en mi rostro, algo que no había sentido en mucho tiempo. Marcus lo notó.

— Los niños tienen ese efecto en las personas —Dijo

— Pueden hacer que un día horrible se vuelva uno muy colorido con solo sonreír.



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En el texto hay: supervivencia, drama, drama adulto

Editado: 29.11.2025

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