Mientras esperaba la hora del último autobús, no tuve más remedio que ayudar a los campistas con sus tiendas. Con desgana, los observé. Pero no pude apartar la vista de Ariel, quien ató el nudo de su tienda con una destreza sorprendente. Hizo un nudo de nueve, uno de los más difíciles. Verlo me hizo sentir un escalofrío. Al ver ese nudo los recuerdos asaltaron mi memoria.
— Claris, aún no consigo hacer el nudo de nueve; ayúdame a fijar la tienda de campaña —Le rogué, sintiéndome frustrada.
Ella sonrió, su voz resonando con la seguridad que yo no tenía.
—¡Claro! Enseguida voy, pero esta vez te enseñaré a hacerlo y tú la fijarás sola —Me dijo.
—Está bien —Respondí, aunque sabía que, si la tienda no se caía, sería un milagro.
— Hola, Larisa... Larisa, ¿estás bien?
La voz de Marcus me sacó de mi ensueño. Tan inmersa estaba en mis recuerdos que no noté que me estaba hablando, o que la oscuridad de la noche ya nos había cubierto.
— Lo siento, solo recordé algo, pero estoy bien. ¿Necesitas algo? — Pregunté, sintiéndome tonta.
— No exactamente. Solo venía a decirte que en un rato comienza la caminata nocturna y luego haremos una fogata. ¿Quieres acompañarnos?
Miré mi atuendo: un pants de ejercicio y una camisa. Definitivamente no era ropa de campamento.
— No lo creo, Marcus. No estoy vestida para eso. Estoy esperando el último autobús para irme a casa —Hablé tratando de sonar convincente.
Él me miró con una mezcla de lástima y frustración.
— ¿Aún quieres irte? El accidente en la carretera a la ciudad fue fuerte y no la despejarán pronto.
Incrédula, saqué mi celular. Gracias al cielo, todavía había señal. Con un escalofrío en la espalda, leí las noticias: la carretera estaba bloqueada. Mi plan de escapar se había esfumado. Por hoy, estaba atrapada en el lugar que más temía.
— Aunque quisiera acompañarlos, no puedo. Mi calzado y mi ropa no son adecuados para las caminatas y las excursiones.
Marcus suspiró, frustrado.
— Muy bien, pero ¿puedes quedarte aquí un momento mientras Frank y yo vamos por leña? Layla está cuidando a los campistas más pequeños. Solo tienes que vigilar las maletas y asegurarte de que los niños no se alejen del campamento.
— Creo que puedo hacer eso —Respondí con desgana.
Él me dio una sonrisa de agradecimiento y se fue con Frank hacia el bosque para conseguir leña. "¿Qué tan difícil puede ser cuidar maletas y a unos niños por unos minutos?", me pregunté a mí misma.
Me senté en una roca, observando cómo la oscuridad se adueñaba por completo del lugar. El silencio era sepulcral, solo roto por el sonido de algún insecto lejano. Estaba aburrida, sin nada que hacer. Me repetí una y otra vez que no debería estar aquí, que no pertenecía a este lugar.
Unos pasos apresurados y murmullos rompieron el silencio. A lo lejos, vi a Brad y a Ariel correr hacia el corazón del bosque. Un segundo después, Sofí se dirigió al mismo lugar. Sin pensarlo, la detuve, agarrándola del brazo.
— ¿A dónde vas? —Cuestioné.
— Brad le tomó la pañoleta a Ariel y corrió al bosque. Los estaba siguiendo para detenerlos —Respondió Sofí, con la voz entrecortada.
La palabra pañoleta me golpeó como un puñetazo. Al verla correr tras ellos, me sentí transportada a ese día, a la última vez que había visto la pañoleta de Claris en mis manos.
— ¡Layla, Claris, traten de alcanzarme! —Grité con una carcajada
— De lo contrario, la pañoleta de Claris caerá al río.
La voz de Layla, que sonaba como si estuviera a punto de colapsar, llegó a mis oídos.
— ¡No corras tan rápido, Lai, Claris y yo no podemos alcanzarte!
Y luego, el grito lleno de pánico de Claris.
—¡Ve más despacio, prima, está lloviendo y el suelo está lleno de lodo! ¡Está muy resbaloso!
—¡Ouch! Larisa, me estás lastimando el brazo.
La voz de Sofí me sacó de mi trance. La solté de inmediato, sintiéndome aturdida.
— Lo siento —Murmuré.
Mi mente corrió a toda velocidad. El bosque es un lugar peligroso, aún sin derrumbes ni lluvia. No podía dejar que esos dos niños se perdieran solos.
— Sofí, ¿viste por dónde se fueron?
— Sí —Respondió ella.
— Por favor, llévame allí.
Instintivamente, tomé la pesada maleta negra que Layla y Marcus me habían encargado y, junto a Sofí, me adentré en el bosque a buscar a ese par de revoltosos.
Afortunadamente, los encontramos rápido. Brad, con su muñeco de Batman en la mano, estaba de pie sobre una roca amenazando a Ariel con tirar su pañoleta al suelo. El otro chico intentaba detenerlo, su rostro pálido de miedo. Ambos llevaban mochilas pequeñas, lo que hizo que un nudo se formara en mi estómago. Esto no era solo una pelea, era algo más.
— ¡Qué hacen aquí! ¿Saben que entrar al bosque solos es peligroso? —Dije, mi voz más alta de lo que pretendía.
Los dos chicos dijeron "lo siento" al unísono.
— Deberían agradecer que Sofí los vio correr o ahora mismo estaríamos buscándolos por todas partes.
— Ariel quiso robar mi muñeco de acción —Brad acusó, su voz llena de resentimiento.
Mi mirada se fijó en los ojos claros de Ariel.
— ¿Es eso cierto?
Ariel negó con la cabeza, pero no dijo nada. Me pasé la mano por el pelo, sintiendo un nudo de frustración. ¿Cómo se supone que debía manejar esto? Tomé una respiración profunda.
— Volvamos al campamento.
Me di la vuelta para empezar a caminar, solo para detenerme en seco. De pie, justo detrás de mí, estaban Jess y Arthur.
— ¿Qué hacen ustedes aquí? —Pregunté, mi voz una mezcla de enojo y asombro.
— Escuché que entraron al bosque, así que los seguí creyendo que ya había comenzado la caminata nocturna —Respondió Jess con una calma que me irritó. Me volví hacia Arthur.