Cicatrices
Mi cabeza palpitaba de dolor y mi visión era borrosa cuando abrí los ojos. La tormenta, el desborde del Río Claro y el derrumbe de la cueva volvieron a mi memoria.
— ¿Dónde están los niños? —Pregunté con tono de urgencia al no tener a los jóvenes campistas a la vista.
El dolor en mi cabeza se hizo más fuerte cuando me levanté veloz del frío suelo. Una voz familiar intentó tranquilizarme.
— No te preocupes, ellos están bien. En este momento están con Marcus y Frank curando sus heridas.
Giré mi vista hacia la dueña de la voz. Mi mejor amiga, Layla, me regaló una sonrisa tranquilizadora en el momento en que nuestras miradas coincidieron, pero pude notar que esa sonrisa también denotaba preocupación.
— Vuelve a acostarte, recibiste un pequeño golpe en la cabeza. Tómalo con calma, ahora todo está bien.
Por un momento había olvidado la herida en mi cabeza. Palpé el lugar donde hacía unos minutos sentía sangre brotar, pero ahora solo pude sentir una pequeña bandita en ese mismo lugar.
— La herida no fue grave, simplemente fue un raspón que sanará en poco tiempo.
Apenas escuché las palabras de mi amiga, ya que estaba ocupada observando mi alrededor. Me encontraba dentro de una pequeña tienda de campaña, recostada en una bolsa de dormir que supuse, pertenecía a Layla.
Mi vista volvió al exterior de la carpa y pude notar que la lluvia había disminuido, tanto que solo se observaban pequeñas gotas de rocío en lugar de la feroz tormenta que nos atrapó en la Montaña del Río Claro.
— ¿Dónde estamos? —Pregunté confundida.
— En el campamento. Hallamos el muñeco de acción de Brad frente a un peñasco; creímos que se trataba de una fracción de una montaña, pero resultó ser una enorme roca bloqueando la entrada de una cueva.
— ¿Cómo nos encontraron?
— Estábamos buscándolos y escuchamos los gritos de auxilio en el interior de la montaña. Cuando notamos que se trataba de una roca bloqueando la cueva, quisimos retirarla rápido antes de que la cueva colapsara, pero…
Layla no quiso terminar esa oración, así que yo lo hice por ella a través de un pequeño susurro.
— La cueva se derrumbó con nosotros dentro, ¿cierto?
— Sí, por suerte pudimos sacarlos rápidamente antes de que sucediera otra tragedia.
— ¿Qué tan lastimados están los chicos?
— Solo tienen raspones y moretones, nada grave. Tu golpe en la cabeza era lo que nos preocupaba, pero al parecer no fue nada serio.
Layla perdió su mirada a la nada con una expresión de arrepentimiento.
— Lo siento —Susurró luego de algunos segundos de silencio.
— ¿Por qué te disculpas?
— Si no hubiera insistido en que vinieras, nada de esto hubiera sucedido. Estaba aterrada, creí que la historia de hace veinte años se repetiría de nuevo; sé que odias acampar, pero…
Ya no podía escuchar las palabras de arrepentimiento de mi amiga, así que la interrumpí tratando de hacerla sentir mejor.
— Honestamente… Fue divertido. —Hablé con una sonrisa en mis labios.
Layla me observó de pies a cabeza con expresión de sorpresa. Luego se levantó de su asiento con urgencia.
— ¿A dónde vas? —Cuestioné, confundida por su acción.
— Voy a buscar a Marcus o Frank para que llamen a una ambulancia. El golpe debió ser lo suficientemente fuerte como para que digas que este hecho fue divertido.
— ¿Qué? —Pregunté mientras me sentaba lentamente en la bolsa de dormir.
Estaba confundida por las palabras de mi amiga, pero no pude evitar dejar escapar una pequeña risa por lo que acababa de escuchar.
— Layla, estoy bien. Si dije que fue divertido es porque en realidad lo fue; había olvidado lo mucho que me gustaba acampar y gracias a lo que sucedió estos dos días recordé por qué amo hacer esto.
Pude observar a Layla guardar silencio ante mis palabras. Ella tenía una expresión similar al miedo en su rostro.
— Creí que en este campamento te perdería también —Susurró mi amiga al borde del llanto.
— Este incidente no fue culpa tuya, los chicos y yo nos adentramos al bosque sin autorización…
Rápidamente Layla me interrumpió, elevando su tono de voz.
— ¿Qué hubiera sucedido si se repetía la historia de Claris? Nunca me hubiera perdonado si algo así vuelve a suceder.
— Pero no sucedió, ¡mírame! Estoy bien y tú misma me dices que el resto de los campistas no sufrieron heridas graves.
— Simplemente no quiero que te sientas culpable de nuevo, no quiero que evites acampar nuevamente por temor a perder a alguien cercano y querido; no quiero que te culpes por no poder ayudar ese día, por sentirte inútil e impotente todos estos años por no poder detener a Claris o…
Ya no podía seguir escuchando. Abracé a mi mejor amiga para calmarla.
— Layla, por favor, detente —Supliqué.
En mis cursos de psicología aprendí un comportamiento inconsciente del ser humano llamado “proyección”, el cual consiste en que una persona refleja sus miedos sobre otra persona.
Al escuchar el arrepentimiento de mi amiga, comprendí que era la propia Layla quien se sentía impotente y culpable por no poder ayudar, pero de manera inconsciente se estaba proyectando en mí.
Luego del incidente, hace veinte años, nunca hablamos con nadie sobre ese hecho, ni siquiera entre nosotras.
En el Río Claro, cuando relaté la historia a los chicos, tuve la oportunidad de llorar, desahogando mi carga emocional. Eso fue liberador. Creo que Layla debe hacer lo mismo.
Layla, alguien me dijo que no es bueno contener tus emociones; eso es más doloroso que el hecho en sí —Susurré en su oído abrazándola fuerte, mientras recordaba las palabras de Arthur a las orillas del Río Claro.
Al cabo de unos segundos, noté que algo húmedo caía sobre mis hombros: eran las lágrimas de mi amiga que brotaban por su rostro. No rompí el abrazo mientras lloraba; ella necesitaba el mismo consuelo que yo obtuve de los jóvenes campistas.