A veces pienso que esta vida es un verdadero infierno. La felicidad es fugaz y el castigo es doloroso. Las personas buenas son las que más rápido se van con él. Los que tenemos el corazón envenenado nos quedamos, sufriendo, sobreviviendo.
La muerte es incierta, no sabes cuando llega ni cómo lo hará. Estar bebiendo una taza de café riéndote de un chiste por la mañana y por la noche notando los primeros síntomas de una maldita enfermedad.
Te preguntas qué hiciste para merecerlo, te preguntas a quien heriste, qué hiciste mal, que te faltó. No hay respuesta, no en ese momento. Te asalta de un momento a otro, para cuando el doctor te da el diagnóstico ya es tarde. Y lo es aún más, cuando solo te dan tres meses de vida.
Si estás en mi lugar, debes saber bien cómo se siente. Perderte a ti misma, perder un padre, una madre, un hermano, tu abuelo, tu abuela u otro ser querido. Los he ido perdiendo uno tras otro, es lo que diría mi madre. Llorando cuando nadie la ve, en la oscuridad de su habitación. Sola. Así se siente y así va quedando.