Alex Reed
El olor del aire en esta pequeña ciudad del sur de Ontario no cambia por más años que pasen.
Tiene ese gusto húmedo a hojas caídas, a pino y a un frío helado que baja desde el lago, tan distinto al aire reciclado de las cabinas de grabación o las habitaciones de hotel en las que he vivido los últimos años.
Al pisar el porche de madera de la casa de mis padres, los recuerdos me golpearon con la violencia de una corriente de aire.
Esta casa en Canadá era mi universo entero antes de que el mundo se volviera demasiado grande y ruidoso.
Pude verme a mí mismo con ocho años, llorando en los escalones de la entrada por haber perdido mi primer diente de leche, y a mi madre consolándome mientras sostenía un vaso con agua helada.
Recordé las tardes de verano en las que mi padre se quitaba el traje que llevaba a la oficina para correr detrás de mi bicicleta –ya sin ruedas de entrenamiento–, sujetándome el asiento hasta que finalmente me soltó y terminé estrellándome contra el arbusto del jardín.
También vino a mi memoria la noche del baile de graduación en la preparatoria: la corbata apretada quemándome el cuello, el sudor frío en las manos y la parálisis social que me impidió dar un solo paso hacia la pista de baile.
Pero en cada una de esas postales del pasado, la memoria dibuja siempre la misma sombra luminosa al margen.
Fue Emma quien me convenció de que el “ratón de los dientes” pagaba el doble si dejaba una nota dibujada.
Fue Emma la que corrió con un botiquín lleno de curitas de colores cuando me caí de la bicicleta, limpiándome las rodillas raspadas mientras mi papá aún venía agitado a lo lejos.
Y fue Emma quien, la noche de la graduación, al verme sentado solo y abrumado en las gradas del gimnasio, se sentó a mi lado, se quitó los tacones blancos e hizo sonar en su teléfono nuestra canción favorita de One Direction para bailar ahí mismo, en la penumbra, lejos del ruido de los demás.
Sin ella, mi infancia no habría sido más que el retrato de un niño tímido e incomprendido, pero Emma le dio melodía a mis días cuando yo no sabía cómo articular una sola palabra.
Llevo tres días encerrado en esta casa, con las persianas abajo para evitar las miradas de curiosos y el teléfono apagado dentro del cajón; fuera de aquí, las redes sociales siguen devorando los restos de Midnight Records como carroñeros.
El “incidente” –esa espiral de rumores, videos fuera de contexto y titulares sensacionalistas– nos obligó a poner un freno de mano destructivo… la gerencia nos mandó a un descanso obligatorio que se siente más como un exilio.
A las dos de la mañana, la falta de sueño y la necesidad de callar la tormenta, que crecía cada segundo, en mi cabeza me obligan a salir; tomo una gorra oscura, me subo la capucha de la sudadera y camino hasta el único supermercado de 24 horas en el barrio.
Avanzo arrastrando una cesta de plástico por los pasillos desiertos.
Doblo en el pasillo de los cereales y la ironía me golpea en el pecho como un puñetazo físico, porque fue precisamente por una caja de cereales por lo que cruzamos palabras por primera vez, a los ocho años…
En ese momento tenía las rodillas cubiertas de raspones viejos y un miedo feroz a hablar con cualquier ser humano que no fuera mi madre.
Esa tarde, las puertas de la casa de al lado se abrieron debido a una mudanza de último minuto.
🎸🎸🎸
Entre cajas de cartón y muebles envueltos en plástico, vi salir a una niña con un overol de mezclilla gastado, el cabello castaño despeinado y una caja de cereal gigante apretada contra el pecho.
Nuestras madres se saludaron en el límite del césped, intercambiando las amabilidades típicas entre vecinas y yo me escondí inmediatamente detrás de mi mamá, sujetando el dobladillo de su camiseta, deseando ser invisible.
Pero la niña no me ignoró.
Caminó directamente hacia mí, sin importarle las miradas de los adultos y se detuvo a dos pasos de distancia.
Olía a sol y azúcar
–Son Lucky Charms– dijo sin rodeos, levantando la caja de cereal como si fuera un trofeo sagrado– Los de malvavisco en forma de trébol. Mi mamá dice que son pura azúcar, pero yo le dije que el verde es un vegetal, así que técnicamente es un desayuno nutricionalmente completo.
Me quedé helado.
Mi corazón latía a mil por hora en las orejas.
Miré la caja de cereal, luego la alfombra de lunares que cubría sus pómulos y finalmente sus ojos color miel que me miraban sin prisa, esperando una respuesta.
–No… no creo que un malvavisco sea un vegetal– logré responder, con la voz tan baja que apenas superó el zumbido de una cigarra.
Emma no se burló como mis compañeros de la escuela, tampoco se desesperó por mi tardanza para hablar, en lugar de eso, sonrió de lado, mostrando un hueco en la encía donde le faltaba un diente.
–Bueno, tal vez no– admitió, sentándose sin más en la acera y dándole un golpe con la palma a la caja para abrirla– Pero son deliciosos. Soy Emma, vivo ahí ahora.