Canción #1

Capitulo 2 "Como si el tiempo no hubiera pasado"

Emma Hart

Regresar a la casa de mis padres a la una de la mañana nunca estuvo en mis planes del mes, pero aquí estoy.

Después de terminar mi contrato de alquiler en el centro y empacar mi vida entera en tres maletas, conducir de vuelta a los suburbios se sentía como volver a un ritmo más lento, casi dormido.

El único problema práctico de llegar de madrugada era el estómago vacío: la nevera de mi mamá parecía un desierto y en los gabinetes solo encontré té de manzanilla.

Por eso terminé en el supermercado de 24 horas a las dos de la mañana, en pijama, con una sudadera roja y un antojo ridículo.

Necesitaba cereales, un clásico consuelo de medianoche.

Estaba concentrada en el pasillo, dudando entre la opción con fibra o la caja llena de azúcares que mi mamá solía prohibirme de niña, cuando escuché un chirrido torpe de unos zapatos.

Alcé la mirada de golpe.

Había un chico parado a un par de metros, medio escondido debajo de una gorra oscura y una capucha gruesa a pesar del calor afuera.

Tenía los hombros tensos, rígidos, como si esperara que el techo le cayera encima en cualquier momento, pero a mí no me hacía falta verle la cara completa para saber de quien se trataba.

Conozco esa postura desde que tengo ocho años, reconozco la forma en que se muerde el labio cuando está nervioso y cómo junta los pies cuando quiere volverse invisible.

–Alex– dije, y el nombre se me escapó de los labios, lleno de una sorpresa que me dio un vuelco en el estómago.

Ahí estaba.

Mi vecino y mejor amigo de la infancia.

A diferencia de medio planeta, yo no pienso en él como la estrella que sale en las pantallas o el chico del que habla todo internet últimamente debido a ese desastre mediático en el que se enredó su banda.

Para mí, Alex sigue siendo el niño callado que se sentaba en el marco de mi ventana a escucharme hablar sin parar durante horas.

Me llegaron de golpe un par de recuerdos, de cuando teníamos quince años y pasábamos los veranos tirados en el césped de su jardín detrás de la casa.

Recordé la tarde en que pasó cuatro horas enteras tratando de enseñarme a tocar tres acordes en su guitarra acústica, riéndose con paciencia cada vez que mis dedos torpes hacían resonar las cuerdas.

O la noche antes de su primer examen de conducir, cuando estaba tan aterrorizado que vino a mi casa a las once de la noche y tuvimos que comernos un bote entero de helado en las escaleras de la entrada para que dejara de temblar.

Él siempre fue así: un mar de emociones por dentro, tan delicado, pero siempre tan ridículamente leal conmigo.

Al verlo frente a mí en este pasillo frío por el aire acondicionado, no sentí la distancia de los ocho años sin hablarnos, sino que sentí una familiaridad cálida, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo.

–Emma– murmuró.

Su voz sonaba rasposa, baja, cargada de una melancolía que se le notaba a kilometros de distancia.

Me acerqué dos pasos con una sonrisa lenta, levantando la caja de cereales que tenía en la mano para mostrársela.

–Dime que no vienes a cuestionar mis elecciones nutricionales a las dos de la mañana– bromeé, tratando de aflojar la tensión en el aire– Porque te recuerdo que fuiste tú el primero en probar los malvaviscos en la acera.

Alex parpadeó, tomado por sorpresa, y por un segundo vi cómo la rigidez de sus hombros cedía apenas un milímetro mientras la sombra de una sonrisa, casi invisible, se dibujaba en sus labios.

–Aún sigo pensando que los malvaviscos no son vegetales– contestó con voz grave.

–Un detalle técnico– dije guiñándole un ojo, aunque la atmósfera entre los dos seguía teniendo ese toque incómodo y abrumador de dos personas que se quisieron mucho pero no saben por dónde empezar a reparar el silencio– ¿Qué haces aquí a esta hora, Alex? Pensé que… bueno, no esperaba encontrarte en el pasillo de los cereales.

Él bajó la mirada hacia su cesta casi vacía, ajustándose la gorra con timidez.

Se le notaba exhausto, con unas ojeras marcadas y esa mirada abrumada de quien lleva días peleando contra sus propios pensamientos.

Podía notar cómo evitaba sostenerme la mirada por demasiado tiempo.

A través de los ojos de una amiga que lo conoce desde que no sabía amarrarse los cordones, dolía verlo de esa forma; tenía la misma expresión de vulnerabilidad que ponía de niño cuando algo lo rebasaba.

Recordé la semana pasada, cuando el “incidente” de Midnight Records explotó en todas las redes sociales, vi los titulares, la lluvia de críticas y la tormenta que crecía cada segundo sobre su banda.

Tuve el teléfono en la mano durante más de una hora, con su número archivado en mis contactos, debatiéndome si escribirle o no, quería decirle que estaba ahí… pero me detuvo la culpa. Llevábamos años sin hablar, sentí que irrumpir en su vida justo en su momento más bajo se vería como si buscara saciar mi curiosidad o que estaría invadiendo un espacio que ya no me pertenecía.




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