Canción #1

Capitulo 3 "Letras olvidadas"

Alex Reed

El porche de la casa de los Hart seguía oliendo a pintura fresca y a las ortensias del jardín, igual que hace ocho años; incluso la tabla de madera crujió en el mismo punto exacto de siempre cuando me senté junto a Emma.

Apoyé los codos sobre las rodillas mientras ella vertía la leche fría directamente dentro de la caja de los Lucky Charms que habíamos abierto entre los dos.

Nos turnábamos para comer con un par de cucharas de plástico que Emma encontró en su cocina.

Estar así, hombro con hombro bajo la luz cálida del farol de la entrada, desató una marea de recuerdos en mi mente.

Me vi a los doce años, sentado en este mismo escalón intentando disimular el temblor en mis manos mientras le leía mi primer poema; a los catorce, cuando nos quedábamos hasta tarde viendo las estrellas y soñando despiertos con lo que haríamos al crecer.

En ese entonces, el futuro era una promesa brillante y luminosa, no el campo de minas en el que se convirtió después.

–Bien, Reed– dijo Emma, dándole un mordisco a una cucharada repleta de malvaviscos– Ocho años en un par de minutos… empieza tú.

Negué con la cabeza, dibujando una sonrisa tímida mientras me ajustaba la gorra hacia atrás.

–No, no, las damas primero… ¿Qué te trajo de vuelta exactamente esta noche?

Emma suspiró, dejando la caja en el escalón entre los dos y mirando en dirección al jardín cubierto en penumbras.

–Acepté un trabajo de medio tiempo en la biblioteca municipal, empiezo el lunes– relató, encogiéndose de hombros con una mezcla de ilusión y cansancio– Y bueno… Carlos y yo terminamos hace tres semanas.

Un vuelco violento me sacudió el pecho.

Carlos, el novio del que me había enterado por publicaciones en redes sociales hace dos años…

Hice mi mejor esfuerzo para mantener mi rostro completamente neutral, tragándome el nudo que se me formó en la garganta y controlando el latido acelerado de mi corazón; no quería que Emma notara lo mucho que esa sola frase alteraba todo mi universo.

–Lo lamento, Emma– dije con la voz más serena que pude fingir– Sé que llevaban tiempo.

–Si, pero era el momento– suspiró, restándole importancia con un gesto de la mano, aunque vi una pizca de tristeza en sus ojos– Necesitaba una pausa de esa etapa, de esa ciudad, de todo… Mis padres se fueron hace dos días a un crucero de seis semanas por su aniversario de bodas, así que me dejaron la casa sola– sonrió levemente– Es el lugar perfecto para reorganizar mi vida.

–¿Y la escritura?– pregunté suavemente, recordando a la chica que llenaba cuadernos enteros con historias llenas de magia.

Emma bajó la mirada a sus manos, jugando con el borde de su prenda roja.

–Sigo en ello, pero… no ha pasado mucho, Alex– se mordió el labio inferior– Siento que me quedé estancada. Mandé tres manuscritos a editoriales este año y solo recibí cartas de rechazo automáticas– suspiró con cansancio– A veces pienso que el sueño de ser escritora profesional no es para mí.

Verla dudar de su talento me dolió más de lo que esperaba; siempre fui yo el inseguro, el que necesitaba que ella lo empujara a creer en sus propias palabras.

–Ese sueño sigue siendo tuyo, Emma– le dije, mirándola fijamente a sus ojos color miel– Eres la persona más talentosa que conozco, las editoriales solo se están tardando en darse cuenta.

Ella me regaló una sonrisa cálida que me reconfortó por dentro, y luego inclinó la cabeza en mi dirección.

–Tu turno. ¿Qué hace la estrella musical en los suburbios?

Evité su mirada por un segundo, sintiendo el peso denso del “incidente” sobre mis hombros.

No quería manchar esta noche hablando de las redes sociales, los contratos congelados ni los titulares sensacionalistas.

–Llegué hace un par de días– comencé a explicar, manteniendo mi atención en la caja de cereal– Técnicamente es la casa de mis padres pero… se las compré hace dos años– sonrio de lado– Les regalé la casa que siempre soñaron cerca del lago, como les prometí de niño, pero me dejaron las llaves de esta por si alguna vez necesitaba desaparecer un tiempo.

–Es un lindo detalle– dijo suavemente– ¿Y la música? ¿Sigues componiendo?

Apreté la cuchara de plástico entre los dedos, sintiendo como el vacío volvía a oprimirme el pecho.

–No… No he tocado el piano ni he escrito una sola nota desde antes de… de que detuvieramos la gira. Creo que la cabeza no me da para nada de eso ahora.

–¿Y los chicos de la banda?

–Seguimos en contacto por el grupo de chat, pero la verdad es que solo hablo en serio con Milo– admití con una sonrisa. Milo siempre había sido el único en Midnight Records que entendía mi silencio tanto como Emma– Los demás están manejando el caos a su manera.

Emma no me presionó para que hablara sobre el escándalo que la banda atravesaba; en lugar de eso, estiró la mano y rozó apenas mis dedos con los suyos sobre la madera de los escalones, un gesto pequeño pero tan lleno de calidez que me congeló la respiración en un instante.




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