Emma Hart
El crujido de las sábanas limpias tenía el olor lavanda que mi mamá siempre usaba para lavar la ropa de cama.
Me acosté de lado, mirando la cortina entreabierta de mi habitación, al otro lado del pequeño pasadizo entre las casas, la luz de la ventana de Alex seguía encendida.
Tenerlo a unos metros de distancia me producía una sensación demasiado surrealista, como si los últimos ocho años hubieran sido solo un paréntesis largo y confuso.
Cerré los ojos, dejandome llevar por la marea de recuerdos que me abrumó en el silencio de la noche.
Alex siempre había sido mi ancla, incluso cuando ninguno de los dos sabía muy bien cómo nombrarlo.
Recordé cuando cumplí doce años y mi abuela falleció; mientras todos los adultos hablaban en voz baja en la sala, Alex se pasó tres horas sentado conmigo en el césped del patio trasero, en completo silencio, simplemente sosteniendo mi mano mientras yo lloraba hasta quedarme sin lágrimas.
Él no intentó decir palabras vacías ni dar consejos al azar, solo estuvo ahí, asegurándose de que no me sintiera sola en la oscuridad.
Recordé también las tardes de tormenta durante la secundaria, cuando me daba miedo el sonido de los truenos y él abría su ventana para hacerme señas con una linterna, mostrándome dibujos ridículos en hojas de papel para hacerme reir hasta que la lluvia terminaba.
Alex siempre tuvo esa capacidad mágica que sin necesidad de hacer ruido, llenaba todos mis vacíos.
Cómo lo extrañé todos estos años…
Hubo tantos momentos en los que necesité a mi mejor amigo.
Cuando mi relación con Carlos empezó a marchitarse, convirtiendose en esa rutina fría donde ya no sabía cómo hacerme escuchar o cuando las discusiones se volvieron cotidianas y me di cuenta que él solo amaba la versión idealizada en la que quería convertirme.
O cuando la ciudad que tanto soñé de adolescente empezó a sentirse sofocante, gris y ajena, haciéndome dudar de si algún día lograría publicar mis libros o si solo estaba perdiendo el tiempo.
Incluso hace unas horas, mientras conducía sola por la autopista de regreso a los suburbios con el corazón hecho pedazos y tres maletas en el maletero, lo único que pensaba era en lo mucho que deseaba que Alex estuviera en la casa de al lado.
Deseaba tanto volver al único lugar donde nunca sentí que no encajaba.
Se me escapó una pequeña risa que intenté ahogarla con la la almohada pero terminé tapándome la boca con la sábana para no hacer ruido.
¿Será que lo manifesté?
Parecía una broma del destino haberlo deseado tanto durante la ruta en carretera y encontrármelo horas después en el pasillo de los cereales.
Aunque si de verdad tenía el poder de manifestar cosas, tal vez debería empezar a aplicarlo con más cuidado.
Quizá debería manifestar a alguien que realmente me quiera tal como soy.
Alguien que no busque moldearme a su gusto como lo hacía Carlos, que no intente cambiar mis manías ni desmerite mis sueños de escritora… alguien que me mire y simplemente decida quedarse, con malvaviscos en la acera y todo.
Volví a mirar la ventana.
La silueta de Alex se recortaba a través de su cortina, moviéndose despacio por la habitación.
Sonreí en la penumbra, sintiendo cómo la presión en mi pecho por fin cedía, aunque no sabía qué es lo que pasaría mañana ni cómo arreglaría mi vida, pero por primera vez en años, me dormí sintiendo que estaba exactamente donde debía estar.
🎸🎸🎸
El sol de la tarde cubria por completo al vecindario, pero la casa de los Reed parecía atrapada en un eclipse permanente.
Desde la ventana de mi cocina, mientras preparaba un café rápido antes de salir en dirección a la biblioteca, estuve observando la casa de al lado y si no conociera a Alex, habría jurado que la propiedad estaba completamente abandonada.
Las persianas de la planta baja estaban cerradas por completo, la entrada lucía desierta y no había el menor rastro de movimiento ni exterior ni interior.
Pero si observaba con antención, lograba ver la sombra de Alex cruzando fugazmente por el ventanal del salón.
Parecía un zombi atrapado en su propio refugio: caminando en círculos, deambulando por los pasillos a oscuras, huyendo del sol y del mundo exterior.
Alex estaba recluido, dejando que la tormenta de su mente y el “incidente” lo devoraran por dentro en el silencio de esa casa.
¡Pero de eso nada!
Después de ir a la biblioteca municipal para entregar mis documentos de contratación y arreglar los últimos detalles para empezar este lunes, pasé por la panadería del centro.
Compré dos tazas de café para llevar y una bolsa de donas azucaradas recién hechas.
Al regresar el vecindario, ignoré por completo el camino principal.
En lugar de caminar hasta su puerta de entrada y tocar el timbre como una visita formal, decidí colarme por el pasillo lateral que dividía nuestros patios; salté la pequeña cerca de madera baja –exactamente en el mismo punto donde los barrotes estaban algo flojos desde que teníamos doce años– y me adentré en su patio trasero.